Video

lunes, 10 de agosto de 2009

El derrumbe de Uribe (I)

Por: GABRIEL ANGEL

Alvaro Uribe Vélez tuvo un sueño alguna vez. Juraba que llegado él a la Presidencia de la República, rodeado de un equipo de técnicos interesados de manera exclusiva en el desarrollo y el bienestar de la patria, desprendido de compromisos políticos clientelistas, acompañado por el cerrado apoyo de inmensas multitudes, apuntalado por el poderío militar de las fuerzas armadas, contando con la colaboración eficaz de la aplastante mayoría parlamentaria e inspirado por los más altos valores éticos, lo tenía todo en las manos para construir un país maravilloso. Era el 7 de agosto de 2002 y confiaba ciegamente en lograrlo.

Quizás no le alcanzaría un solo período de gobierno. Por eso en sus cálculos estaba la posibilidad de duplicarlo con el aplauso general. Aspiraba a ser amado y recordado como el hombre que transformó por completo la faz de Colombia y supo enrumbarla por caminos de paz, desarrollo económico, justicia social y modernización acelerada. El finado Alfonso López Michelsen prometió en su momento hacer del país el Japón de Suramérica. Una meta que resultaba poco ambiciosa para el proyecto redentor de Álvaro Uribe.

Su sueño, sin embargo, terminó convertido en la más triste de las realidades. Su equipo de técnicos resultó ser el más vulgar de los conjuntos politiqueros de que se tenga noticia en ninguna Administración anterior. Hasta el punto de que un buen número de ellos camina asustadizo por entre las líneas del código penal. La lista es muy larga y basta ejemplificarla con sus ex ministros de interior y justicia. Para no hablar de los probados vínculos de la mafia del narcotráfico con la familia del actual.

Nunca antes se vio en Colombia un gobierno que riñera de tal modo con las más altas cortes y tribunales de la justicia. Y por la razón más triste, porque un increíble número de resoluciones judiciales se ocupan de la conducta de los más caracterizados personajes de su malhadado mandato. Jamás otro Presidente peló el cobre del modo como lo hace ahora Uribe para apoderarse del control de la Fiscalía General de la Nación. Precisamente porque en manos de ésta, reposan un impresionante número de investigaciones penales contra sus hombres de mayor confianza. Empezando por sus héroes de la patria, que resultaron ser despiadados asesinos de inocentes. Pretende que el ministro suyo que institucionalizó tal práctica, se encargue ahora de repartir múltiples y decorosas absoluciones, del mismo modo que antes repartió medallas y vacaciones tras cada crimen consumado.

Las multitudes prefabricadas como comité de aplausos por Uribe, no han sido otra cosa que el producto de la movilización permanente promovida por las agigantadas fuerzas militares y de policía entre sus allegados. El fanatismo fundamentalista de los uribistas no se diferencia en nada de la doctrina de la seguridad nacional que durante años inyectaron los norteamericanos en la mente de los ejércitos de América Latina. Sin hacer cuenta de los seguidores conseguidos a punta de motosierra y amenazas por los grupos paramilitares, que de paso se encargaron de limpiar campos y ciudades de cuanto personero de la oposición pudiera organizar y movilizar sectores populares a la lucha por los cambios democráticos. El verdadero partido político de Uribe no esa colcha desprestigiada de grupos uribistas, sino la coyunda Ejército y Autodefensas que impuso el terror en nombre de una inexistente seguridad para el pueblo.

La apabullante aplanadora uribista en el Congreso de la República resultó apenas fiel reflejo de su verdadero partido político. Una verdadera vergüenza nacional dedicada a traficar con actos legislativos y leyes a cambio de sumas de dinero, prebendas y cargos públicos. Por tal motivo buena parte de ella se encuentra hoy sub júdice. De semejante vertedero no podían surgir paces distintas a los Acuerdos de Ralito y sus leyes de reinserción. Impunidad y recompensas para quienes vendan el alma al diablo por unas cuantas monedas. Al fin y al cabo ellos, que todo lo miden y cambian por dinero, no pueden distinguir la oprobiosa realidad que da origen al conflicto. Retrato fiel de la concepción moral que se afincó en el Estado con Uribe.

Gracias a las políticas económicas vigentes, crecieron aún más los patrimonios y ganancias de los monopolios inversores en Colombia. Los dividendos del sector financiero se triplicaron año tras año, pero paralelamente la miseria creció y se extendió por campos y ciudades. No hay asomo alguno de equidad o justicia social. Después de veinte años de esfuerzos gubernamentales, los antes llamados desechables consiguieron la respetable denominación de recicladores, pero el uribismo les prohibió recoger basuras. Privilegiada actividad que se reserva a empresarios tan audaces como los hijos del señor Presidente de la República.

Se asimila de tal modo al fracaso el apellido de su jefe, que los uribistas comienzan a mirar hacia los partidos liberal y conservador a fin de aterrizar sin tener que cargar con tan infamante herencia. La segunda reelección o su tercer mandato han adquirido desde ya un desprestigio tan alto, que sólo los más comprometidos con el Presidente por obra de sus intereses burocráticos o de contratos se atreven a defenderla. El uribismo se derrumba, se hunde en el piélago de la corrupción y los crímenes. Nada podrá impedir su caída. La llegada del partido demócrata al poder en los Estados Unidos lo dejó además en el aire. Sin el seguro sostén del fundamentalismo republicano. Ni siquiera la entrega de la soberanía nacional con la instalación de bases gringas en el territorio patrio, le va a servir, como cree, para recuperar la confianza de Washington. No alcanza a percibir la repugnancia con la que es visto en Norteamérica, en donde son otros por ahora los intereses que cuentan.

El último año de gobierno de Álvaro Uribe está llamado a convertirse en la descomposición total de su obra. Le resultará imposible seguir ocultando su verdadera naturaleza. Cada día vendrá con la pérdida de otro de sus antiguos incondicionales. Irá quedándose solitario. Sólo un desesperado acto de fuerza o corrupción desmedida conseguirá mantenerlo por más tiempo en el poder. Sin embargo los tiempos que corren no están ni para lo uno ni para lo otro. Quizás lo más conveniente para él fuera procurar reconciliarse con la mayoría de los adversarios creados con su gestión, en procura de salir lo menos posible lastimado de ella. Hacia un tranquilo retiro. Pero su orgullo no va a dejarlo.
Alguien dijo que cuando Dios quiere perder a un hombre lo vuelve soberbio.

Uribe se encuentra completamente perdido. La gran incógnita es lo que vendrá tras él. Cuál modelo de dominación ensayarán las clases dominantes en Colombia. ¿O se habrá abierto al fin la puerta para una alternativa popular?

1 comentarios:

  1. FARC es heroes, en la ciudad nuestras
    voces os apoyan, admiramos su valor
    su cultura su verguenza, ahora vemos que este pueblo hambriento e ignorante,
    solo nocesita es sangre y que este pais necesita una leccion equiparable a la voladura delas torres en new york, tan grande y diciente y por lo mismo util,
    pues esta es la que nos esta haciendo mas daño: volemos pues a RCN

    ResponderEliminar