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lunes, 27 de agosto de 2012

21 de agosto Trece años de la masacre de La Gabarra

Por: Rubén Zamora

Los pueblos dejan borrar de su memoria algunos episodios pero hay otros que jamás olvidan. En el duro y complejo trasegar de la resistencia contra los mercaderes del terror, algunos hechos adquieren dimensiones legendarias como consecuencia de los límites a los que llega el horror. Es el caso de la terrible masacre ocurrida en la región del Catatumbo, en la que los extremos de la degradación afectaron no sólo a grandes comunidades humanas sino a la naturaleza misma.

Hay quienes afirman que la violencia es una maldición irremediable que persigue las fuentes de toda riqueza. En realidad no se trata de ningún designio sobrenatural. Lo acaecido en el Catatumbo viene a demostrar una vez más que las poderosas multinacionales inversionistas en carbón, palma, petróleo y la biodiversidad reclaman a físico plomo los territorios habitados por los colonos e indígenas. En estas materias los capitalistas son como bestias feroces que actúan con impresionante alevosía, movidos por el afán de aniquilar a sus presas a fin de acumular fortunas.

El 29 de mayo de 1999 fue lanzado el paramilitarismo sobre el Catatumbo, con el apoyo y la protección de las fuerzas militares y de policía. Pero las cosas no les resultaron tan fáciles.  En su recorrido criminal, los verdugos hallaron fuerzas guerrilleras dispuestas a interponer al precio de su propia vida, los sagrados intereses de las comunidades de la región. Socoavó, una vereda cercana al casco urbano de Tibú, se convirtió en el primer escenario de combate de las FARC-EP contra el paramilitarismo, al cual siguieron innumerables e incesantes acciones insurgentes.

La masacre anunciada por Carlos Castaño para el corregimiento de la Gabarra no pudo consumarse aquel día. Sólo cuando se produjo el respaldo de la fuerza pública por medio de la presencia terrestre de tropas y el apoyo aéreo, la horda paramilitar fue capaz de penetrar al caserío. Para la historia de la infamia quedará el recuerdo de una tropa asentada en la vieja base a fin de controlar todas las entradas por las que pudiera la población recibir apoyo, para permitir enseguida con una simulada retirada, la libre entrada de los asesinos que cobraron la vida a por lo menos 90 habitantes.

Los hechos tuvieron lugar el 21 de agosto. Ese día, a las 21 horas, la sangre salpicó todas las paredes y callejuelas del poblado, mientras el Ejército decía ocuparse en un falso hostigamiento que le impedía brindar la mínima solidaridad a las víctimas indefensas. La cifra exacta de los decesos resulta incierta. 40 cadáveres quedaron expuestos en las calles, mientras que un número indeterminado, cercano a medio centenar, fueron lanzados al río Catatumbo. Los cuerpos desfilaron aguas abajo en un trágico cortejo que permanecerá imborrable en la memoria de los sobrevivientes.

Honor a los mártires de la Gabarra y toda la región. Al altar de los caídos jamás llevaremos lágrimas, llevaremos la profunda convicción de luchar para que su crimen no quede impune.

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