Video

lunes, 27 de agosto de 2012

A PROPÓSITO DE LOS 22 AÑOS DE SU MUERTE Memoria de una entrevista con Jacobo Arenas

Por: Gabriel Ángel

A fines de mayo de 1988 fui enviado por primera vez a Casa Verde, el campamento del Secretariado Nacional de las FARC. Para entonces contaba tan solo con un año de militancia en la organización y pertenecía al Frente 19, que operaba en la Sierra Nevada de Santa Marta y comandaba Adán Izquierdo. Las figuras de Manuel Marulanda, Jacobo Arenas, Alfonso Cano y demás comandantes del movimiento se me dibujaban por entonces con una dimensión mítica, así que la misión constituía para mí una experiencia de extraordinaria trascendencia.

Pese a que el motivo de mi viaje había sido ampliamente discutido por el cuerpo de mandos, en realidad ignoraba la verdadera dimensión del papel que me correspondía desempeñar.

No era más que una víctima inconsciente de las circunstancias. Una semana antes, el camarada Adán nos había comunicado que una Compañía del Frente, al mando suyo, se aprestaba a trasladarse a la parte alta de Santa Marta, a la región de Guachaca y sus alrededores, en la que comenzaba a hacerse fuerte un bandido llamado Hernán Giraldo, quien combinaba su actividad de jefe mafioso dedicado al tráfico de marihuana, con la persecución a los militantes y simpatizantes de la Unión Patriótica y el Partido Comunista. Sus vínculos con el Ejército eran públicos, y se sabía que sus sicarios contaban con la protección y apoyo de la Policía. La idea era librar una pequeña guerra contra él y su banda, hasta lograr su aniquilación.

Estaba claro que las tropas iban a tomar partido por él, así que se preparaba todo para una expedición de serias implicaciones. Sin embargo, un suceso inesperado vino a frustrarlo todo.

Uno de esos días, se presentaron al campamento del Frente dos mandos enviados por el Secretariado. Se trataba de Solís Almeida y un tal Pedro Páramo, que algo más de un año después desertó. Llevaban consigo un correo en que se informaba al camarada Adán la decisión de desdoblar el Frente en tres. Uno que debía trasladarse a la serranía de Perijá, al oriente de Valledupar, y otro más arriba, en la misma cordillera oriental, por los lados del centro y sur del Cesar. Solís y Pedro iban a ser los mandos del primero de ellos. Los otros mandos deberían salir del 19. Aquello cayó como una pedrada en la dirección del Frente.

El propio Adán sostenía que en el pleno del Estado Mayor Central celebrado en diciembre y enero últimos, los camaradas habían comentado con él la posibilidad de crear un Frente en el Perijá, partiendo de la comisión que el 19 tenía trabajando en esa área. Según su parecer, aquello no había quedado determinado del todo en el Pleno. Y menos aún, que en lugar de uno fueran dos los frentes a crear, lo cual obligaba a disgregar los algo más de cien guerrilleros con los que contaba el 19, en tres grupos de alrededor de 30 hombres, de los cuales sólo uno permanecería en la Sierra Nevada para cubrir toda el área y las distintas tareas en desarrollo.

El asunto fue comentado a los trescuadros que habíamos ingresado de la ciudad un año atrás. Uno de ellos era Simón Trinidad. Incluso se nos planteó la cuestión de que si así eran las cosas, cada uno de nosotros debería partir en uno de aquellos grupos con distinto destino. La eventualidad de tal suerte nos golpeó en profundidad. Habíamos ingresado al 19 como producto del trabajo político de Adán Izquierdo en la costa, él era una destacada personalidad que admirábamos y respetábamos en alto grado, no queríamos separarnos de su lado. Pensábamos en cuál iría a ser nuestra suerte en manos de otros mandos que quizás no tuvieran la misma visión de él acerca de nuestra situación. Quizás por eso, ingenuamente,  contribuimos a reforzar su criterio de que aquella orden era apresurada. Éramos demasiado nuevos e ignorábamos cómo eran esas cosas en las FARC.

El Estado Mayor del Frente acordó al final que el camarada Adán elaborara un correo para el Secretariado, en el que expusiera todas las consideraciones y valoraciones en torno a los desdoblamientos, con la solicitud de reconsiderar tal decisión. Y además que fuera enviado uno de los tres cuadros, que sabíamos hablar bien y no teníamos mayores problemas de seguridad para hacer el trayecto, con la intención de ampliar y reforzar las razones que se exponían en el correo. El honor me correspondió a mí, así que esa era la causa de mi partida en compañía de la muchacha que habitualmente hacía las veces de correo. La verdad no tenía la menor idea de queestaba siendo vocero de un asunto verdaderamente delicado.

Ahora que lo pienso, me corre susto. Aquello era en realidad una especie de insubordinación. Cuando el Secretariado ya había incluso enviado los mandos que recibirían el otro Frente, allá se decidía no proceder y en su lugar mandar una contrapropuesta, como si eso pudiera hacerse en las FARC. Pero yo, inconsciente, iba feliz a cumplir con el papel de abogado del diablo. La muchacha que me acompañaba se mostró muy complacida por tener que volver tan pronto al Secretariado. Meses después resultó sancionada por traerse en el equipaje un uniforme camuflado que le había regalado un guerrillero, con quien sostenía amores a escondidas en el campamento del Secretariado. Riesgos absurdos que podían resultar caros.

Fue ella quien me explicó que el encargado de atender todos los asuntos en el Secretariado  era el camarada Jacobo Arenas, con quien seguramente nos correspondería entrevistarnos.

Una vez entramos al campamento, que estaba apenas en construcción, la muchacha me apostó a que el camarada no nos enviaría a la sección de tránsito, lugar al que arribaban y en el que permanecían todos aquellos guerrilleros que por una u otra razón eran enviados por los Frentes y esperaban ser atendidos. Me explicó que el camarada Jacobo era muy especial con los correos del 19, que eso incluso se lo comentaban a ella otros con alguna envidia. Tal vez era que el camarada sentía gran aprecio por Adán, pero por lo regular siempre instalaba los que iban de ese frente en un lugar más cómodo. Y así fue en realidad.

Aquél era el campamento que pasó a conocerse mundialmente como El Pueblito o Casa Verde. Estaba situado sobre la falda este de la cordillera Oriental. Para llegar hasta allá se partía de Bogotá y una vez en San Juan se emprendía a pie el cruce del páramo de Sumapaz, hasta descolgar desde una impresionante cumbre llamada El Confín al cañón del río Duda, en una marcha de varios días que constituía una maravillosa aventura para quien amara la naturaleza.Había que considerar además que nosotros íbamos desde la Sierra Nevada, en las orillas del mar, de tal modo que el impacto con el paisaje, el increíble relieve y el ambiente  helado acrecentaban nuestra fascinación por Colombia, esasufrida y entrañable patria.

A la sazón apenas estaban levantadas las casas de madera de los miembros del Secretariado, una enorme aula aún en edificación y una que otra instalación, pero ya se contaba con un sorprendente sistema de acueducto y alcantarillado y otro que garantizaba la energía eléctrica. Todas las mañanas había que salir por tablas a aserríos ubicados a una buena distancia y había que realizar varios viajes en el día como parte del trabajo. El camarada Jacobo nos excluyó a nosotros de esa actividad, y nos ubicó en una casa nueva de madera ubicada un poco más abajo de la suya, cuyo destino parecía ser servircomo bodega. Tras hacernos un lugar allí nos dieron cobijas de lana para abrigarnos del frío de la noche.

Todos los que para esa época llegaban al Secretariado, sostenían que sabían cuando llegaban pero no cuando volverían a sus frentes. Los camaradas tardaban muchos días para atenderlos. Algunos incluso permanecían meses a la espera.

Como la exigencia disciplinaria en esos escalones siempre ha sido muy alta, nunca faltaban los que llegaban a sentirseal borde del desespero, soñando con el día que por fin los atendieran. Se decía que tras mucho tiempo de espera, les había ocurrido a algunos que ya despachados, tras ascender y cruzar el páramo de Sumapaz, los alcanzaba algún emisario del camarada Jacobo con la orden de regresar de inmediato. Por eso la maledicencia aconsejaba que quien recibiera la orden de partir, debía hacerlo de inmediato y a toda velocidad, cosa que no lograra alcanzarlo ninguno antes de montarse en el bus para Bogotá.

La muchacha que me guiaba aseguraba que a ella nunca le había sucedido algo así, aunquesí había oído hablar al respecto. Volvía a insistirme en la preferencia del camarada Jacobo hacia los del 19, y me aseguraba que prueba de ello era el alojamiento que nos brindaba. El camarada Jacobo le había incluso autorizado a comprar un caballo para su uso, para que no tuviera que cruzar el páramo a pie, cosa que casi todos tenían que hacer. Ella dejaba el caballo en una finca al salir y lo buscaba allí cuando entraba. Me apostaba que no pasarían más de tres días antes de que el camarada nos llamara a su oficina. Y efectivamente así fue.

Recibimos la orden de presentarnos a las 18:30 en la casita del camarada, al tiempo que enviaban el personal a la hora cultural en el aula. Si mal no recuerdo, la vivienda de madera techada en zinc y cuidadosamente arreglada, estaba dividida en dos partes, al lado izquierdo la sala y oficina y al derecho la habitación. Sentado detrás de una mesa, en una cómoda silla, se hallaba el camarada Jacobo. A su izquierda, a un lado de la mesa, se hallaba, también sentado, el camarada Alfonso Cano. Los dos nos saludaron con suma cortesía y nos invitaron a tomar asiento frente a ellos. Toda la conversación estuvo dirigida por el camarada Jacobo, quien en una que otra ocasión se volvía hacia Alfonso y le hacía algún comentario que él respondía de modo  más bien breve. Lo primero fueron las generalidades sobre el Frente.

Una de las cosas que llamó primero mi atención, fue la forma sarcástica en la que Jacobo se refería al comandante Adán. Hasta entonces ese hombre para mí era una especie de ídolo, jamás había pensado que alguien pudiera referirse a él de un modo irreverente. Pero Jacobo lo hacía, una y otra vez. Hasta que comprendí que estaba molesto por el correo. Me lo dijo directamente. Yo traté de explicarle la posición que me habían recomendado transmitir, pero se mostró poco inclinado a escucharme. Se quejó de que Adán había estado en el pleno, por lo que no tenía ninguna razón para desconocer lo concluido. De remate, Adán no era llamado así internamente en el Frente. Los guerrilleros lo llamábamos cariñosamente el Tío, o Marcelo,  y, por la costumbre, yo me refería a veces a él de ese modo, cosa que parecía irritar a Jacobo, quien me preguntaba en tono molesto, de cuál Tío o de cuál Marcelo hablaba.

Debo confesar que la presencia física de Jacobo Arenas me arrollaba por completo. Sentía que estaba hablando con un gigante, un hombre que despedía energía por todos sus poros, dueño de una mirada penetrante y dura, a la que acompañaba un tono de voz cortante y seco, de volumen fuerte y contundente.

Me resultaba idéntico al que aparecía en los noticieros de televisión y en las fotografías de las revistas. Vestía una de esas camisas amarillas decoradas de pintas que él hizo tan famosas, y sobre ella llevaba puesta una chaqueta de cuero. La gorra y las gafas oscuras y grandes que adornaban su cabeza,sabían imprimirle un rasgo muy auténtico y personal. Recuerdo que busqué varias veces sus ojos tras los lentes, tratando de adivinar el color que tenían, pues vacilaba entre si serían grises o azules. En honor a la verdad,su estampa física, vista en persona, resultaba todavía más impactante que en los medios. Por estos no podía percibirse el aura de grandeza que lo rodeaba.  A ella contribuían sus constantes referencias, históricas y literarias, que hablaban mucho de su inmensa cultura general y política.

Lo que proponían del 19 era que sólo se creara un Frente, por ahora. Recuerdo que en algún momento en que me dio lugar a decírselo, le agregué también que ya le tenían incluso escogido el nombre. Me preguntó que cuál, y yo le respondí que Cacique Upar. De inmediato se mostró complacido. Ese era el nombre más indicado, el de un legendario guerrero aborigen que había combatido contra el imperio español. Incluso agregó que ese era el nombre que debían haberle puesto al 19, en lugar de José Prudencio Padilla, un traidor que se había vuelto contra El Libertador Simón Bolívar. Estuve a punto de contradecirlo, había leído bastante sobre Padilla y sabía de la idolatría de que gozaba en la Guajira, pero no me dio lugar para decírselo. En su lugar, se explayó en una larga exposición sobre El Libertador, un tema que parecía obsesionarlo.

Me impactó de modo imborrable su actitud frente al caso de Elio. Aunque éste trabajaba por fuera casi siempre, era el hombre de máxima confianza de Adán Izquierdo. En desarrollo de una tarea había sido apresado por el enemigo. Me preguntó qué sabía de su suerte. Procedí a informarle que en el Frente había mucho enojo con él, por cuanto se había conocido que luego de recibir un par de cachetadas en el batallón, había decidido colaborar con el Ejército. Copia de sus declaraciones habían llegado al Frente y era evidente su condición de delator. El criterio general allá era el de que había que sancionarlo, llegado el momento, con la máxima pena prevista en el Reglamento disciplinario.

Jacobo, por el contrario, se comportó de un modo muy comprensivo con él. Lo recordaba bien, gracias una entrevista que habían sostenido un tiempo atrás. Incluso lo llamaba jocosamente Copey, porque durante aquella conversación, con buen  acento costeño, había mencionado muchas veces el nombre de ese pueblo del Cesar. Era un hombre de la ciudad, un abogado casado y con hijos, no se podían esperar heroísmos de alguien así. Por lo que dijo, entendí que consideraba casi normal lo sucedido con él. No dio opiniones acerca de cuál debía ser el comportamiento a asumir, pero fue evidente que no compartía lo que pensaban en el Frente. Aquello me resultaba revelador. Jacobo estaba lejos de ser ese hombre implacable que pintaban, sabía desplegar una notable condición humana en cuanto era necesario.

 

 

Me estuvo preguntando acerca de los efectos negativos que había producido la debilidad de Elio. Le comenté que salvo haber puesto en conocimiento del enemigo buena parte de la información que conocía, hasta la fecha no había ocasionado ninguna muerte o detención en nuestras filas. Lo único era la caída de una serie de documentos que tenía depositados en diferentes ciudades de la costa. Sus críticas se dirigieron entonces contra el camarada Adán. Ellos, en el Secretariado, mandaban encaletar todos los documentos importantes en las profundidades de la selva. El único a quien se le ocurría mandar las cosas delicadas para afuera, era a Adán. En ese instante, sentí que el delator era yo.

Como era apenas de esperarse, se interesó por mi vida. Quién era yo, cuál era mi historia, cuándo y por qué había ingresado. Recuerdo que le extrañó que no hubiera sido militante del Partido Comunista. Y que incluso hiciera algunas observaciones, sobre la actuación de algunos de sus activistas durante mi paso por la Universidad Nacional. Me hizo contarle todo. Recuerdo que el camarada Alfonso se interesó por el nombre del comunista al que me  refería, y cuando se lo di, procedió a contarme que ese tipo se había convertido después en renegado, abandonado el partido y pasado a hacer parte de las juventudes liberales de Bogotá. En cierto momento, Jacobo me acusó de haber sido anti partido, cosa que procedí a negar de inmediato, clarificando mi posición. Creo que de algún modo alcancé a despertar su curiosidad.

Sin pose alguna, también se mostró considerado y conmovido al escuchar la situación de mi familia. Me aseguró que sin duda en el Frente podrían mostrarse solidarios. Todo esomientras me ofrecía constantemente cigarrillos Imperial para que fumara. Aunque por entonces yo fumaba, siempre fui parco en hacerlo, solía fumar seis o siete cigarrillos al día y pasar de ahí me fastidiaba. Pero Jacobo rechazaba mis argumentos. Cada vez que él encendía un cigarrillo, le ofrecíatambién al camarada Alfonso, y desde luego a mí, asegurándome que debía aprovecharlo a él, porque allá afuera, en el campamento, daban era Pielroja y en cambio ahí podía fumar cigarrillos con filtro. También me ofrecía de rato en rato un trago, que él y Alfonso también bebían.

A poco de comenzar la entrevista, recordó que del Frente le habían enviado dos botellas de vino de Piña Colada y ordenó que se las trajeran. Me convidó a probar ese licor, al que calificó enseguida de rústico y sin clase. Yo sabía que esa bebida estaba de moda en el frente, en donde se la consideraba sabrosa y elegante. Por decir algo, comenté que su sabor me recordaba a un sabajón.El camarada recogió de inmediato mi apreciación, para decir que eso era lo que era ese tal vino de piña colada, un sabajón ordinario con esencia de piña, y que eso era lo que le mandaba Adán por trago fino. No perdía ocasión para atacar mi comandante, cosa que me lesionaba, aunque no me atrevía a hacerlo público.

Recuerdo que su conversación estaba cargada todo el tiempo de referencias al marxismo leninismo. Por momentos,aunque con un entusiasmo muy superior, parecía un profesor de filosofía o economía política, pues no perdía oportunidad para hacer referencia a las categorías del materialismo dialéctico e histórico, a las fuerzas productivas y a las relaciones de producción, a los antagonismos de clase y las diferentes contradicciones que se presentaban en el proceso de desarrollo histórico de la sociedad.

En algún momento, en que le rematé mi relato acerca del problema de un hermano mío que se había entregado al vicio del bazuco,debido al cual tenía la familia arruinada con sus robos para comprar la droga, con la afirmación de que aquello era una verdadera maldición, me corrigió diciendo que no se trataba de eso, sino de una consecuencia del grado de descomposición al que había llegado la sociedad capitalista, como consecuencia de la avaricia de la clase burguesa explotadora. Intenté responderle que eso no tenía discusión, pero que en mi parecer la maldición era el sufrimiento que tenía que soportar la familia, que no podía eliminarse con explicaciones políticas. De nuevo me resultó imposible interrumpir su discurso.

Cuando le pregunté en dónde podía encontrar uno la línea de las FARC, para poder estudiarla y conocerla en profundidad, se explayó a hablarme del Partido Comunista, revelándome que las FARC no expresaban su línea en ningún libro especial. Quien quisiera conocerla, debía estudiar las conclusiones de cada uno de los congresos comunistas, pues las FARC no teníamos línea diferente a esa. Otra cosa era la expresión militar de esa línea, que no aparecía en forma tan nítida en los documentos del partido, pero en cambio sí podía conseguirse en las conclusiones de las Conferencias Guerrilleras de las FARC y de los Plenos del Estado Mayor Central. Se mostró muy incisivo al reiterar que los estatutos de las FARC no eran más que una redacción, en términos militares, de los estatutos del Partido Comunista, que también nos regían a nosotros. Se mostraba orgulloso de su origen y militancia partidarias.

Recuerdo incluso que procedió a compararme las estructuras jerárquicas del Partido y las de las FARC, afirmando que el Estado Mayor Central de las FARC no eran más que el equivalente del Comité Central del Partido, que ellos habían procedido a crear el Secretariado de las FARC, casi como una copia del Secretariado General del Partido, así como en las FARC existía el Ejecutivo del Estado Mayor Central, que era el equivalente al Ejecutivo del Comité Central del Partido Comunista. En este punto retengo que se volvió hacia el camarada Alfonso para comentarle que tenían ya bastante tiempo de no convocar el Ejecutivo del Estado Mayor Central de las FARC, preguntándole cuál sería la causa. Enseguida afirmó pensativamente que había que convocarlo de nuevo un día cualquiera.

Luego pasó a hablarme de las primeras experiencias de las FARC en materia de guerra, remontándose a los tiempos en que primaba la línea de la autodefensa de masas. No olvidaré nunca sus permanentes referencias a la táctica de guerrillas móviles,así como su hincapié en que ella debía identificar las FARC en todo instante. Insistía en que esa era la táctica que nos haría invencibles. Me relató de diversas operaciones militares que el Ejército había desarrollado contra las FARC, de los bloqueos económicos y los cercos, y de cómo se había salido exitosamente de ellas gracias a dicha táctica. Tantas referencias hizo a la guerrilla móvil, que creo no equivocarme al afirmar, que fueron las dos palabras que más número de veces repitió durante las tres horas que duró aquella entrevista. Parecía sin duda que ese tema era otra de sus grandes obsesiones.

En algún momento alguien nos interrumpió para hacer entrega al camarada de unos dineros que se le habían recuperado a un ladrón en el campamento. Entonces me contó la historia. Un frente de Nariño había enviado a un muchacho a curso, y el tipo había resultado un ladrón. Del alojamiento donde se hospedaba, se le habían perdido 400.000 pesos a otro cursante. Él había ordenado hacer un seguimiento a todos los encargos que habían hecho los distintos guerrilleros, obteniendo la información de que el pastuso había comenzado a hacer encargos desde el día siguiente al robo. Antes no había encargado nada, así que fue el primer sospechoso. Ya él mismo lo había investigado, y el muchacho había negado terminantemente su culpa. Entonces decidió resolver el asunto de otro modo.

Lo había llamado a la oficina y sin preámbulo alguno, le había dicho con su voz de trueno que era un desgraciado ladrón, y que si no le entregaba ya el dinero que le restaba del robo, daría la orden de que lo fusilaran de inmediato. Poseído por el miedo, el muchacho confesó,  reconociendo que el resto del dinero lo había escondido en la montaña. Era el dinero que acababan de entregarle, por lo que no ocultaba su satisfacción. Él más que nadie sabía bien que en las FARC no era posible fusilar a nadie en los términos expresados, pero se había valido de su autoridad para hacer creer al muchacho que podía ordenarlo. Se reía por ello al tiempo que me preguntaba, en tono familiar cómo me parecían los cuadros que enviaban de ciertos Frentes a curso.Prometió que al día siguiente lo enviaría de regreso al Frente.

Sus comentarios sobre los diálogos que sostenía por el famoso teléfono rojo con los delegados del gobierno de Virgilio Barco, coparon también un buen trecho de la conversación. Aseguraba que el gobierno lo ponía a conversar con Rafael Pardo o José Noé Ríos, unos muchachitos que no tenían idea de la historia de este país, que desconocían las profundas razones del conflicto que desangraba a Colombia. Se refirió a cómo en días pasados, había obtenido que se detuviera una operación de cerco militar y bloqueo contra ellos, advirtiendo a los voceros del gobierno que si no era posible ingresar economía al campamento del Secretariado, iba verse obligado a lanzar a los centenares de guerrilleros acampados en el área, a asaltar buses y camiones en las carreteras de Cundinamarca,con el fin de conseguir abastecimientos.

El gobierno había cedido y retirado la tropa. Para el camarada Jacobo resultaba definitivo el examen preciso de las contradicciones existentes entre las distintas clases de la sociedad, e incluso al interior de las clases dominantes. En un proceso de paz no se podían mirar las cosas exclusivamente en blanco y negro, sino que había que tener en cuenta matices e intereses diversos entremezclados. Eso explicaba por qué todavía no se declaraban rotas la tregua o las conversaciones, a pesar de los constantes combates que se llevaban a cabo en distintas regiones del país, en las que las FARC frecuentemente asaltaban puestos de policía o emboscaban patrullas militares. Siempre había la posibilidad de explicar nuestras actuaciones, con las arremetidas previas ordenadas por el enemigo en uno u otro lugar.

En los diversos temas que abordó, siempre dio muestras de su vasta cultura. Me habló del reconocido sanedrín que rodeaba al Presidente Barco, uno de cuyos tres miembros, de apellido Vasco, había sido miembro del Comité Central del Partido Comunista, y llegado a proponer la clandestinidad de la actividad partidaria como forma de adelantar la lucha en las duras condiciones de la época de la violencia. Se refirió ampliamente a la situación de la revolución sandinista de Nicaragua, así como a las dificultades económicas que pasaba ese país como consecuencia del bloqueo ordenado por los gringos. Criticó la contra impulsada por Ronald Reagan, hablando de la guerra de baja intensidad y la doctrina de seguridad nacional. Hasta se refirió por un buen rato a la Historia del Tiempo de Hawking y a sus tesis sobre los agujeros negros.

Al poner fin a la conversación, me prometió que antes de despacharme para el Frente, volvería a llamarme a fin de hablarsobre otros temas. Yo lo veía todos los días de lejos, cuando regaba las matas de su jardín o inspeccionaba trabajos en uno u otro rincón del campamento. En realidad era un hombre muy ocupado y seguramente no contó con el tiempo suficiente para cumplir su promesa. No obstante, el día antes de salir de allí, seguramente comisionado por él, el camarada Alfonso me invitó a su alojamiento para conversar un par de horas sobre diversos asuntos políticos de actualidad. Recuerdo cuán cortés y amablese portó conmigo. Yo volví al Frente lleno de emoción,  a contar con alegría todas esas cosas.

Para mi sorpresa, y para mi satisfacción, sin saber en realidad cuáles hayan sido las consideraciones del Secretariado Nacional, no tardamos en enterarnos de que la dirección de las FARC decidió tomar en cuenta las argumentaciones del Estado Mayor del Frente en cuanto a los desdoblamientos previstos. En Septiembre de ese año nació el Frente 41 que entraría a operar en la Serranía del Perijá. Del otro Frente no volvió a hablarse.

Casi año y medio después volví a El Pueblito, enviado desde la escuela Hernando González Acosta por el entonces director de ella, el camarada Andrés París. Acababa de terminar un curso de Organización Política. Debía haber causado muy buena impresión en la Escuela, pues allí habían resuelto recomendarme al Secretariado, para que me permitieran tomar un curso de Estado Mayor que estaba próximo a comenzar. La solicitud la llevaba el correo de la Escuela, quien la entregó personalmente al camarada Jacobo en cuanto llegamos allá. Jacobo guardó la nota para leerla más tarde. Hablamos brevemente con él. Estaba muy disgustado por nuestra presencia. Según nos dijo, estaba cansado de repetirle a Andrés París que no le enviara gente de la Escuela, porque iban a consumirle la economía de su campamento. Cada unidad contaba con la suya.

De nuevo volví a sentir que Jacobo no tenía contemplaciones para hablar de ninguno en las FARC. De algún modo puedo decir que Andrés París se había ganado mi respeto en la Escuela, y ahora oía a Jacobo emprenderla furioso contra él, como decimos aquí, por fuera de los mecanismos.  En algún respiro que tuvo, alcancé a expresarle en tono humilde que nosotros estábamos allí en cumplimiento de una orden superior, por lo que no merecíamos su reprimenda. Enseguida me dio la razón, sí, la culpa no era de nosotros. Cambió el tono y ordenó al oficial conducirnos al alojamiento de tránsito, a órdenes del camarada Alfonso. Él nos atendería. Efectivamente, Alfonso me llamó un par de días después y volvió a conversar largamente conmigo.

Entre otras cosas, me expresó su desacuerdo con la solicitud que hacían de la Escuela. Se estaban metiendo en decisiones que competían de manera exclusiva a los Estados Mayores de Frente. Eranestoslos  indicados para señalar a qué curso enviaban a cada alumno.Por ello me indicó que al día siguiente partiría de regreso al Frente. Sentí pena por Andrés París. Después de todo, su intención había sido ayudarme, y ahora resultaba criticado. A manera de desagravio para él, puedocontar que al regresar al Frente, fui invitado a una reunión de su dirección, en la que se me informó que había sido promovido al Estado Mayor del Frente en calidad de suplente. Si las cosas funcionaran al derecho, debería haber hecho primero el curso para el que me recomendaban en la Escuela. Ahora debía empezar a ejercer una función para la que no contaba con la capacitación necesaria.

No volví a ver personalmente al camarada Jacobo, aunque cada una de sus declaraciones y entrevistas era seguida por nosotros con particular interés. Murió unos meses después, de un infarto cardíaco, en aquella misma oficina en la que sostuvimos la conversación que describí atrás. Y en la que estaba sentado la última vez que visité El Pueblito. Un hombre extraordinario, sin duda. No creo que se pueda escribir fluidamente tantas páginas sobre alguien, después de 24años de haberse reunido con él,  si no es porque su recuerdo ha quedado grabado profundamente en nuestro ser para siempre. Y eso, obviamente, sólo puede lograrlo un ser de excepcionales condiciones. Uno de esos grandes titanes de la historia de Colombia, de la historia de las  FARC.

Montañas de Colombia, 10 de agosto de 2012

 


0 comentarios:

Publicar un comentario