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martes, 21 de agosto de 2012

En torno a las libertades de informaciòn y prensa


Por: Pablo Catatumbo, Integrante del Secretariado Nacional de las FARC-EP

Si se quiere buscar un rasgo que defina el carácter perverso y antidemocrático del régimen político colombiano, resulta útil husmear en el entramado instituido por el monopolio de los medios de comunicación en manos del gran capital.


El devenir histórico de los grandes medios

La libertad de prensa fue consigna central dentro de las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX. Las declaraciones, proclamas y constituciones de los nacientes estados nacionales de corte democrático-liberal la reclamaban y amparaban como una de las premisas del nuevo mundo, que surgía sobre la base de los adelantos técnicos de la revolución industrial y del expolio derivado del colonialismo. El tipo ideal de ciudadano libre ilustrado de estas naciones en construcción, debía tener acceso a la prensa, siendo considerada ésta como un consumo mínimo de la modernidad. En resumen, la prensa era sustento del ideal democrático en construcción.

Ya desde finales del siglo XIX asistimos a la estructuración de periódicos de circulación masiva y trasnacional, con complejos sistemas de corresponsalía y manejo de información. La gran prensa aprovechó y potenció los adelantos de las sucesivas revoluciones científico-técnicas, adecuándose a los intereses de los sectores económicos que se apropiaron de ellos.

El siglo XX representó para los medios masivos de comunicación su definitiva consolidación como aparatos ideológicos de los grandes gremios capitalistas, al tiempo que ingresaban con fuerza dentro del mundo de las nuevas ramas de la economía, con lo que la cacareada libertad de prensa dejó de ser una conquista revolucionaria y democrática para pasar a ser una falacia subordinada a la libertad de empresa y de acumulación de capital de los grandes monopolistas. A la prensa escrita se le sumaron la radiodifusión, el cine, la televisión y el internet formando un abigarrado cuerpo de herramientas de difusión de información en manos de los grandes grupos económicos, fenómeno que en la práctica significó el fin de la libertad de prensa.

En el contexto de la guerra es necesario destacar el uso de la prensa como nueva arma de combate. En la Alemania nazi, Goebbels diseñó un entramado mediático y de propaganda destinado a garantizar la hegemonía del régimen. La CIA y la OTAN destinaron centenares de millones de dólares a la creación de Radio Free Europe como instrumento de lucha contra el socialismo en Europa del Este, e igualmente lo hacen hoy las agencias imperialistas y sus cipayos locales, apuntando la señal de canales de televisión y emisoras “libres” sobre el espacio aéreo de Cuba, Ecuador, Argentina y Venezuela.

Del mismo modo, en la llamada Primavera Árabe el imperialismo utilizó nuevamente los medios masivos para azuzar revoluciones y rebeldías facturadas por la OTAN. No es extraño entonces que contra la Siria baasista se tienda ahora un nuevo cerco mediático de grandes proporciones.

El lugar del periodista dentro de los medios masivos

Cabe preguntar: ¿qué lugar ocupa el periodista, es decir, el trabajador de la información dentro de este entramado macabro?

Por un lado hay que mirarlo como trabajador asalariado y explotado. Este aspecto es usualmente negado por los pulpos mediáticos, a la vez que ignorado por gran parte del gremio.

En nuestro país, en donde la situación económica y laboral de los trabajadores de las comunicaciones es francamente deplorable, han sido frecuentes las experiencias de organización gremial y sindical perseguidas por sus patronos y los servicios de inteligencia del Estado. Resulta también particularmente visible la desregulación y la tercerización de las relaciones contractuales de los trabajadores en los medios masivos de comunicación. Por no mencionar las horribles condiciones precapitalistas que la supuesta prensa moderna y democrática le impone a sus voceadores y repartidores en las grandes ciudades.

Por otro lado, debe abordarse al periodista como un subordinado editorial. Hoy día la libertad de prensa no es más que una falacia. El periodista que no obedece la línea editorial del gran capital es inmediatamente despedido, y en otros casos es el mismo periodista quien ha de rebuscarse de la manera más vergonzosa la forma de sostenerse por medio de la infame pauta y la payola. El viejo ideal norteamericano del periodista independiente, tipo Mark Twain, corresponsal a lo largo del Missisipi, o John Reed, reportando desde la Rusia de Lenin o el México de Zapata, resulta hoy poco menos que una utopía dentro de los grandes medios.

Un ejemplo bien cercano a nosotros consistió en la auto censura impuesta a los medios como parte de la Guerra Integral practicada a partir del gobierno del presidente Cesar Gaviria. El alto gobierno citó a los directores de los diarios de circulación nacional y de los medios regionales de prensa, radio y televisión, con el propósito de promover a las fuerzas militares como única fuente válida sobre el conflicto armado interno.

Desde entonces se distorsiona la realidad, se ocultan cifras y se presentan ante la opinión falsos positivos, verdaderos crímenes de guerra, como victorias contra la insurgencia. Dicha intromisión aumentó con los días, hasta el punto que hoy sus representantes son los verdaderos editorialistas de conglomerados como RCN, Caracol, El Colombiano o Cable Noticias.

Como contrapeso a la postura del periodista independiente, o del que está comprometido con su gremio, los medios contemporáneos han creado un nuevo arquetipo, el del periodista estrella. Directores de medios como Darío Arizmendi y Julio Sánchez Cristo y sus homólogos en la televisión y la prensa escrita no son más que la representación fiel de este modelo. Exitosos, presuntamente independientes, populares, generadores de opinión, estas nuevas estrellas del pop se convierten en el ideal a seguir dentro de los pasillos de las escuelas de comunicación social.

Los grupos económicos y la prensa libre

En todo este asunto cabe considerar de modo especial la participación de los grandes grupos económicos en el control de los medios masivos de comunicación de nuestro país, lo cual nos conduce a preguntarnos seriamente sobre la realidad de las libertades de información y prensa.

¿De qué manera puede informar imparcialmente El Tiempo sobre las quejas e inquietudes de los usuarios de los bancos o de las víctimas del agiotaje legal del UPAC y del UVR, cuando su línea editorial se encuentra empeñada al magnate del capital financiero monopólico Sarmiento Angulo?

¿En qué lugar se ubica la línea editorial del periódico El País ante la crisis de las Empresas Municipales de Cali, cuando su entramado accionario está empeñado a la burguesía antioqueña de El Colombiano, siendo estos los principales interesados en la privatización, como impulsadores de la entrada de UNE en el Valle del Cauca?

¿Cómo informa El Liberal, de Popayán, sobre el creciente conflicto del departamento del Cauca cuando sus dueños, vinculados con el grupo Galvis de Vanguardia Liberal de Bucaramanga, tienen estrechos vínculos con el paramilitarismo?

La comunicación alternativa

Como opción a la avalancha de información insípida y maleada que difunden los medios del gran capital, hay que resaltar con alegría revolucionaria el crecimiento de las diversas iniciativas de comunicación alternativa. Nacidos en la heterogeneidad y la independencia de los sectores populares, en el aula de clases, el café, la esquina, la peña cultural, las gradas, el teatro, la vereda o la fábrica, estos nuevos medios se atreven a desafiar a los titanes de la desinformación, tomando lo que tienen a mano para emprender una labor que ya reporta frutos a lo largo y ancho de la Colombia profunda.

Hay que resaltar que estas iniciativas generan un sepulcral terror a la falsimedia oficial. En un mundo que gira en torno al manejo y ocultamiento de información, el hecho de que aparezcan iniciativas que desde lo micro y lo local apuntan a la publicar nuestras realidades, hace pensar en el comienzo del quiebre del cerco mediático tendido por los grandes grupos económicos.

A modo de conclusión, podríamos decir que nuestro país requiere del concurso de todos para la construcción de un modelo de generación y difusión de información, donde se enarbole la verdad como bien supremo y donde nuestro pueblo tenga voz para sus reivindicaciones, experiencias y problemáticas. Vale la pena atender y respaldar a todos los interesados en hacer públicas sus propuestas y proyecciones, sus aportes y controversias, para hacer este sueño posible.

Montañas de Colombia, Agosto de 2012

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