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martes, 4 de septiembre de 2012

Diálogo con las FARC puede constituirse en una victoria del pueblo colombiano

Por: Ivan Pinheiro*


Los medios de comunicación vienen anunciando el inicio  de las negociaciones políticas, en la ciudad de la Habana, con miras de una solución al conflicto colombiano. El presidente Santos anunció formalmente los acercamientos, que envolvieron al gobierno cubano y al venezolano, con la señalización de Noruega aceptar ser sede del diálogo.  


Pero antes de conmemorar la noticia es necesario esperar los desdoblamientos, oír la opinión de la insurgencia, de los gobiernos mencionados. Las clases dominantes colombianas son sagaces. Los acercamientos están aun en una fase de exploración.

De cualquier forma, es verosímil que la negociación se haga efectiva. Como internacionalista, debemos contribuir para eso, inclusive presionando al gobierno brasileño para que se sume a la iniciativa y a Unasur para abrazar este asunto, antes que caiga en el ámbito de la OEA, donde pontifica la indeseable presencia de Estados Unidos. Sin un expresivo respaldo internacional, este proceso no irá a ningún lugar.

Hasta ahora solamente las FARC eran las que habían dado señales de disposición para el diálogo político, en continuos comunicados públicos y gestos, como la liberación unilateral de presos políticos, sin tener como contrapartida la liberación de uno solo de los cerca de 7.000 militantes presos bajo la custodia estatal. Todos los observadores serios de la escena política colombiana saben que no hay solución militar para este conflicto que ya dura medio siglo y tiene origen en causas políticas y sociales. Recientemente en un informe de la ONU se revela que Colombia, en materia de desigualdad social, solamente pierde en América Latina para Guatemala y Honduras.

No debemos eludirnos con la campaña que intenta mostrar a Santos como el demócrata pacifista, aprovechándose de su "discreto glamur de burguesía", como oligarca de cuna, miembro de la familia Santos, dueña del mayor imperio de la comunicación del país. Lo comparan con el estilo tosco, mediocre y grosero de Uribe, cuya hoja de vida es un prontuario de crímenes ligados al narcotráfico y a las milicias. Uribe recibió de las oligarquías ocho años de mandato para acabar con la insurgencia, siete bases norteamericanas, billones de dólares, equipamiento militar de última generación, asesoría de la CIA y del MOSSAD. Pero no tubo el resultado esperado. Su discurso arrogante se hizo ridículo.   

No olvidemos que Santos fue ministro de Defensa de Uribe, en la fase más agresiva del estado colombiano, que coincidió con el asesinato de Raúl Reyes, al precio de invadir el espacio aéreo ecuatoriano. Ambos son agentes del imperialismo norteamericano y de la oligarquía colombiana.

No fue Santos quien cambio; fue la coyuntura. Las clases dominantes colombianas, hace ya algún tiempo, se dividen entre los que quieren la continuidad o el fin del conflicto. Los primeros son los que ganan con la "ayuda militar" de los Estados Unidos, el paramilitarismo, el comercio de armas y drogas; los segundos son los que necesitan de un ambiente político estable para no perjudicar el desarrollo de sus negocios, para atraer inversionistas extranjeros.

Lo que ocurre es que fracasó la prometida victoria militar del estado contra la guerrilla, a pesar de la mayor ofensiva que el estado colombiano ya les realizó y de los duros golpes que sufrió internamente con la muerte de importantes comandantes. La insurgencia, en lugar de debilitarse, mantiene sus solidas posiciones militares y políticas y su enraizamiento en el seno de las masas campesinas que la abraza en las fronteras del vasto territorio en que lucha y domina.

Más allá de todo, crece en Colombia el más importante, unitario y amplio movimiento de masas de las últimas décadas, en toda América Latina. La Marcha Patriótica hace la diferencia. A dos meses de su fundación, ya articulaba cerca de 2.000 movimientos populares, de campesinos, indígenas, afrodescendientes, trabajadores urbanos, mujeres, jóvenes, como una hegemonía proletaria.  Solamente el pueblo en lucha puede garantizar la realización de los acuerdos y principalmente resultados concretos a su favor, sin los cuales no habrá armisticio.

Y aquí reside una de las mayores dificultades, que solo podrá ser superada con el avance cada vez mayor de la Marcha Patriótica y la solidaridad internacional. Las FARC y el ELN jamás aceptarán la paz de los cementerios. La burguesía sabe que solo habrá solución para el conflicto si se incorporan cambios políticos y sociales reales a favor del pueblo, entre los cuales están el fin del estado terrorista, de los paramilitares, la liberación de los presos, el fin del desplazamiento de los campesinos de sus tierras, una reforma agraria verdadera, o sea, un cambio radical del sistema, lo que solo será posible con una constituyente libre y soberana con la participación popular. Sin este actor, la tentativa será frustrada.   

Otra dificultad es que la iniciativa de acercamientos tendrá ciertamente la oposición del imperialismo, notablemente los norteamericanos, que no tienen ningún interés en perder un motivo para construir  más bases militares, además de las instaladas  en el gobierno Uribe/Santos, y mucho menos abandonar  su proyecto de atribuir a Colombia, en América Latina, el papel que Israel desempeña en Oriente Medio.

Y por fin, para que no olvidemos las lecciones de la historia, sabemos que la insurgencia no entregará sus armas y sus vidas para saciar el hambre de sangre y venganza de las clases dominantes. El exterminio de más de 4.000 militantes de la Unión Patriótica, en la primera mitad de la década de los noventa del siglo pasado, después de un "acuerdo de paz" traicionado, aun está vivo en las memorias de todos.

Solamente con muchas garantías internacionales y cambios reales a favor del pueblo es que habrá paz militar en Colombia a partir de esta mesa de negociaciones. Caso contrario, ella será conquistada por el pueblo colombiano, la mayor víctima del conflicto, que no vacilará en valerse de las formas de lucha que la realidad imponga.

En cualquier caso, la lucha continuará. El fin del estado de beligerancia es positivo; pero no será el fin de la lucha de clases.

*Ivan Pinheiro  es Secretario General del PCB (Partido Comunista Brasileño)

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