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miércoles, 7 de noviembre de 2012

Carletti y Salomé, dos falsos revolucionarios


Nacer en Colombia o en exterior no es lo importante. Lo que vale son las convicciones, la moral, los principios, la voluntad de sacrificarse por un pueblo.
Por Gabriel Ángel
Ahora que se ha puesto de moda hablar de extranjeros en las filas guerrilleras, me viene a la mente el recuerdo de Carletti. En realidad no puedo precisar si ese era su apellido en la vida civil, cuando ejercía como médico en algunas entidades oficiales, o si era su seudónimo en las filas de las FARC. Me inclino más por la primera opción, pues algo en mi memoria me dice que llevó un nombre distinto después de su ingreso. Era o decía ser italiano, no sé de cuál región.
Pese a superar la edad reglamentaria, pues rondaba los cuarenta cuando solicitó su admisión, su condición de médico europeo ameritaba aceptarlo. Blanco, casi uno ochenta de estatura, de cabello negro más rizado que liso y gafas, hablaba con acento extranjero y contaba historias del fascismo italiano. Oí hablar de él en el Frente 40, a finales del año 2001, cuando comenzaba a sentirse muy próxima la ruptura de los diálogos del Caguán. Luego lo conocí personalmente.
Me encontré a alguien muy distinto al imaginado. Demasiado romántico, quizás iluso, poseído por una especie de extravagancia mental que lo llevaba a considerarse iluminado. No resultaba agradable hablar con él, más bien fastidiaba, hasta el punto de hacerlo a uno pensar en evadirlo cuando lo veía acercarse. Los guerrilleros, y particularmente las muchachas, comentaban acerca de su exigencia de desnudez total cuando se trataba de realizar un examen médico general.
Pero nadie podía decir que hubiera intentado sobrepasarse. Parecía proceder con un criterio eminentemente sanitario, hasta el punto de que más que respetuoso, podía decirse que obraba con indiferencia profesional total. Algo extraño, sí, pero en realidad normal entre galenos, como lo certificaban otros médicos como Lucas o el propio Mauricio, quienes llevaban ya muchos años militando en las FARC, adentro, en la selva, sin aplicar la misma exigencia nunca.
Carletti profesaba ciertas ínfulas de Subcomandante Marcos. Fumaba, por ejemplo, una pipa enorme y gustaba usar un sombrero de paño oscuro tipo Gardel. Pese al tremendo calor que hace en el área de La Uribe y Mesetas, en el departamento del Meta, particularmente en la convergencia de los ríos Duda y Guayabero, gustaba de ponerse un saco de esos que se visten en la ciudad, y sobre él su bandolera llena de tiros de escopeta, dado que prefería esa arma al fusil.
Además posaba de escritor, preferiblemente de poeta. Cargaba consigo unos poemas impresos que aseguraba eran la obra de toda su vida. No eran muchos, ni muy largos tampoco, quizás unos veinticinco o treinta,  pero según él llevaba muchísimos años puliéndolos, pues su empeño era alcanzar con ellos la perfección poética. Se los entregaba a uno para que los leyera y luego le diera una franca opinión. Nunca me parecieron gran cosa, pero cuidaba de no herirlo con mi juicio.
Al poco tiempo de su ingreso comenzó amores con una guerrillera alta, delgada y bonita, de la cual solía manifestar en confianza que lo tenía alarmado. Lo movía a tener sexo diariamente, todas las noches, lo cual casi lo escandalizaba. Jamás había conocido una mujer así, aseguraba, y tampoco era esa la costumbre en Italia. Obviamente la relación no duró mucho tiempo. Luego  lo vi ennoviado con otra muchacha que también solía profesar de inclinaciones poéticas.
Se llamaba Salomé y creo que estaba en el 40, en comisión del Frente Antonio Nariño, trabajando en el taller de propaganda. Ella solía hablar de la vida desordenada, de la bohemia pura que caracterizaba el mundo de los escritores, y con ese argumento trató de aproximárseme al tiempo que me enseñaba algunos de sus versos. Eran pésimos, y además ella carecía de la altura intelectual que se arrogaba. Murmuró que yo era un tipo desagradable, que carecía de ángel.
Una mañana, pocas semanas después de roto el proceso de paz y terminado el despeje de que gozaba el área del 40 Frente, en curso el Plan Tánatos que elaboró el Ejército para supuestamente recuperar los municipios de la zona de distensión, lo encontré planteándole a un comandante que le diera permiso para irse a Bogotá, en compañía de la compañera Salomé, quien le serviría de guía, para llevar a cabo allá unas acciones militares de enorme repercusión.
Proponía utilizar un carro de su propiedad como coche bomba frente a una entidad oficial. O ingresar con un maletín repleto de explosivos a no recuerdo qué batallón, al que podía entrar porque había trabajado allá antes como médico. Decía tener todo listo para ejecutar las acciones. Sólo requería salir. Sus propuestas parecían de demente. No podía creer que hablara en serio. Desde luego que nadie lo atendió. Más bien lo invitaron a dedicarse a sus tareas médicas.
Un par de meses después, volví a encontrarlo en una vereda llamada Gaviotas. La militarización era impresionante, por todas partes circulaban enormes patrullas enemigas. Debido a sus teorías y a que se quejaba de serios quebrantos de salud, los mandos habían decidido dejarlo en la pequeña propiedad rural de un miliciano, para que le prestara alguna atención y le consiguiera sus medicinas mientras pasaba la operación. El miliciano alegaba estar desesperado con él.
No quería entender que debía permanecer encerrado en un cuarto para que nadie lo viera, sino que se salía al camino real, donde muchos lo detallaban por su aspecto y acento extranjero. Todo el tiempo estaba hablando de irse para el pueblo, a Villavicencio, a Bogotá, adonde quiera que le fuera posible marcharse para Italia, terruño al que pensaba regresar para ser enterrado, pues juraba estar afectado del mismo cáncer mortal que había matado a varios de sus parientes.
Era evidente su alto grado de desmoralización. Fácilmente se percibía que su enfermedad era imaginaria. Además lloraba por la pérdida de su inseparable mascota, un cusumbo que alguien capturó en el monte y se lo regaló tiempo atrás, y que él mismo envenenó, al darle a beber agua en la tapa de la caneca del tóxico que el campesino empleaba para matar la maleza. El miliciano temía que el tipo fuera capturado en su casa y lo denunciara a él. O que huyera hacia el Ejército.
Ya no exhibía nada del fanfarrón que contaba que en sus tiempos en el municipio de Granada, había puesto su pistola en la cabeza de un funcionario oficial, por negarse a ordenar el tratamiento médico que urgía un enfermo. Decía que por haberlo forzado, le habían dictado después una orden de captura. Tampoco lucía la jactancia con la que se ufanaba anteriormente, de haber  hecho parte de Sendero Luminoso en el Perú y algunas otras guerrillas de Centroamérica.
Recuerdo haber sentido un estremecimiento de espanto, cuando alguno de los que presenciaban la escena, murmuró en voz baja que el asunto ameritaba su fusilamiento. Estaba poniendo en peligro al miliciano y su familia, además de que si se entregaba o era capturado, lo más seguro era que iba a delatar todo cuanto había conocido de la guerrilla. Incluso alguna vez había ido a atender al propio Manuel Marulanda en su campamento de la montaña. Era un peligro real.
Ninguno nos tomamos en serio la desafortunada insinuación. Además de que en las FARC es imposible arreglar un asunto de esa manera, no había condiciones para llevárselo detenido a un campamento, reunir una Asamblea de guerrilleros y convocarle un consejo revolucionario de guerra. Ahí quedó Carletti cuando lo vi por última vez, con la voz llorosa, gimiendo por su mascota, quejándose de lo triste que era morir lejos de la tierra que lo había visto nacer.
Había cosas mucho más urgentes que atender. Varios días después conocimos la noticia. Carletti había aprovechado un descuido del miliciano y se había escapado a la carretera. Encontró el modo de que algún conductor lo arrastrara hasta La Julia, donde se presentó al Ejército. Sirvió como guía de la patrulla que llegó hasta el Hospital que montaba el Bloque Oriental de las FARC en el área del Guayabero, donde entregó innumerables y costosos equipos médicos.
Allá lo habían llevado una vez en ejercicio de su función médica en la guerrilla. También les informó de todo cuanto había podido conocer en filas, incluso habló de dónde podían encontrar a Manuel Marulanda Vélez. No supimos de él más nunca. Suponemos que fue autorizado a salir del país, aunque es probable que haya ido a parar con su cáncer a alguna cárcel. Si no fue que lo sepultaron en alguna fosa común después que no les sirvió para nada.
También elementos de esa condición han llegado a nuestras filas. Es probable que desde antes hubiera sido un agente al servicio del Ejército colombiano o de la CIA. Algún tiempo después nos enteramos de que en el Frente Antonio Nariño habían descubierto una infiltrada en sus filas. Provenía del DAS, se trataba de Salomé, la compañera con la que proponía salir Carletti a consumar sus atentados. Entiendo que fue fusilada tras un consejo revolucionario de guerra.
Personajes como Carletti o Salomé jamás logran echar raíces en las FARC-EP. Vienen predispuestos a encontrarse con personas y situaciones completamente distintas. Acá se enfrentan con principios, valores, convicciones, moral, voluntad de sacrificio. Por eso fracasan y quedan a la vera del camino, mientras el conjunto de la organización avanza. Siempre ha sido así. Como dice la vieja canción, lo que importa no es dónde se nace, ni dónde se muere, sino dónde se lucha.
Montañas de Colombia, noviembre 1 de 2012.

Nacer en Colombia o en exterior no es lo importante. Lo que vale son las convicciones, la moral, los principios, la voluntad de sacrificarse por un pueblo. Por Gabriel Ángel...

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