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miércoles, 5 de diciembre de 2012

El virus que enloquece las alturas dominantes

Quizás la clave de su zozobra se encuentra en el espinoso asunto de la paz, de la búsqueda de la solución política al largo conflicto armado.

Por Gabriel Ángel

La enfebrecida dinámica de la política colombiana actual es el reflejo en la mentalidad social de la manera tan rápida en que se ahondan las profundas contradicciones que configuran el quehacer nacional. Las cosas mutan de modo sorprendente, despertando un agitado coro de posiciones encontradas. Lo que hasta ayer nos parecía estable y definitivo, se derrumba de repente ante nuestros ojos, poniendo al desnudo realidades impensables. Ninguna teoría sagrada se mantiene en pie, al tiempo que ningún prestigio se conserva incólume.

Los empresarios dispuestos a depredar la geografía ambiental y humana en su afán de explotación minera, renuncian de modo formal a su proyecto de desviar el río Ranchería, arguyendo que enfrentan un descenso inesperado de los precios de los recursos naturales en que fincaban pingües ganancias. Ecopetrol anuncia que no piensa invertir un solo peso en actividades exploratorias en Colombia, por cuanto el exceso de competencia ha elevado a niveles escandalosos los costos de esa actividad. La confianza inversionista espanta las inversiones de la más poderosa empresa nacional.

La hasta ayer más afamada firma de corredores de valores se derrumba intempestivamente, develando la mar de truculencias ocultas tras su respetable actividad en el mundo de los negocios, dentro de las cuales no faltan los vínculos con los más repudiados caposal borde de la extradición.El alcalde de Bogotá pasa alternativamente de príncipe a villano, según su voluntad de favorecer la privatización o la oficialización de los distintos servicios en la capital.La rama judicial entra en paro a fin de hacer cumplir la ley,bajo las agrias condenas del gobierno que termina celebrando acuerdos con ella. Estalla la inconformidad en amplios sectores de trabajadores de la justicia, renace de nuevo el paro, el Procurador amenaza mientras el Fiscal General apoya, en fin, un caos.

Recién homenajeaban al ministro de agricultura por la publicación de la vigésima edición de su tratado de Hacienda Pública, verdadera biblia de la materia en universidades de élite, cuando el mismo gobierno hizo público su proyecto de reforma tributaria, un atentado frontal contra todos los principios en materia de impuestos que expone Juan Camilo Restrepo en su obra. Uribe, quien posó fanfarrón de haber vencido con su seguridad democrática a la insurgencia, el mismo que materializó el acuerdo que posibilitó el juzgamiento de militares incursos en graves delitos por los jueces ordinarios, promueve y consigue que su entonces ministro de defensa y hoy Presidente, se apersone del restablecimiento generalizado del fuero militar, argumentando que hay que evitar que las FARC sigan arrinconando al Ejército.

Y como si fuera poco, tras ser uno de los principales responsables por la erráticas actuaciones de la diplomacia colombiana frente al litigio impulsado por Nicaragua, decide ahora marchar en San Andrés y reclamar en tono airado y vergonzante la rebeldía irracional ante al fallo de La Haya. Increíble. La dirigencia política que no se inmutó por la conversión de nuestro país en la más grande base norteamericana en Suramérica, que aprobó sin resquemores el libre comercio con las grandes potencias en desmedro de la industria  y la producción nacionales, que cuadriculó cuidadosamente la geografía nacional para entregarla por lotes a las transnacionales mineras, que puso al Ejército colombiano al mando de generales gringos, ahora se muestra hondamente herida en sus sentimientos patrióticos porque un pequeño país centroamericano les ganó limpiamente un pleito en derecho.

Resulta ahora que el gobierno de Colombia, que ha amenazado siempre a las FARC con la aplicación de los tratados y leyes internacionales, reclama enfurecido la inconveniencia y la arbitrariedad del derecho internacional. Y renuncia con gesto de dama indignada al cumplimiento del Pacto de Bogotá, uno de los pilares del sistema interamericano. Los dos grandes patriarcas del bipartidismo colombiano, Laureano Gómez, fungiendo  como canciller, y Alberto Lleras Camargo, primer Secretario General de la OEA, legaron a la oligarquía colombiana el refinado airede arquitecta de aquel sistema. Juan Manuel Santos, quien se reclama un sangre pura de esa casta privilegiada, insulta hoy su memoria.  Definitivamente las cosas están cambiando. Es Colombia, y no Venezuela o Bolivia, quien hunde traicionera la daga al panamericanismo.

Un extraño virus parece enloquecer las alturas dominantes. Al parecer el miedo a perderlo todo las mueve a obrar como elefantes en cristalería. Y quizás la clave de la zozobra se encuentra en el espinoso asunto de la paz, de la búsqueda de la solución política al largo conflicto armado. Una certeza ronda en el ánimo de los analistas más avizores. Si alguna cosa queda comprobada tras el desmedido esfuerzo de guerra de la última década, es que el aplastamiento de la insurgencia es un asunto imposible. Se la podrá frenar, contener, cada vez a un mayor costo, pero no va a ser posible vencerla. La economía del país no aguantará por mucho tiempo ese creciente gasto en vano, más cuando crece la desigualdad y la inconformidad social de manera abrumadora. El peligroso coctel de pueblo enardecido y guerrilla debe ser evitado a toda costa. Por eso el nuevo intento de salida política.

La mentira piadosa con que pretenden ganar simpatías, sugiere que las enormes sumas destinadas a la guerra podrían ser redirigidas al urgente gasto social. En realidad su mayor preocupación es alcanzar una paz lo más barata posible para los de arriba. Allá tienen sus propios problemas con la crisis financiera y la inconsistencia de su proyecto económico, no tienen el menor interés en meterse la mano al bolsillo para beneficio de campesinos, obreros, negros, indios y chusma desempleada. Se trata de conseguir la paz al tiempo que se les rebajan los impuestos a los más poderosos capitales y se grava sin piedad a la gente del común, de disminuir el gasto militar para redestinar esos recursos a la satisfacción de la creciente deuda pública, de ajustar las finanzas a los requerimientos internacionales. Armar ese rompecabezas no es fácil.

Los continuos titubeos y yerros revelan que se obra con el método pragmático del ensayo y el error. A ver qué pasa. Por eso se inician aproximaciones para conversar, al tiempo que se toma la decisión de matar al interlocutor. Muerto Cano quizás se entreguen los otros. No funcionó, habrá que ensayar la Mesa. El problema es que ésta genera enormes expectativas en el país, despierta el espíritu de quienes han creído en ello siempre. Cita a la enorme masa a la plaza. Entonces Mesa sí, pero al mismo tiempo no. Se firma en el Acuerdo General que "la construcción de la paz es asunto de la sociedad en su conjunto, que requiere de la participación de todos, sin distinción…", pero hay que oponerse luego a cualquier intento de vinculación directa de la sociedad con la Mesa. Se reconoce en el Acuerdo que "el desarrollo económico con justicia social y en armonía con el medio ambiente, es garantía de paz y progreso…", pero luego se sale a decir que no se discutirá el modelo económico.

Con su idea preconcebida en la cabeza acerca del desarrollo rural, ad portas de abrirse el debate sobre el primer tema de la Agenda acordada, el gobierno de Santos advierte públicamente, por boca de su cabeza de delegación en La Habana, que allí no va a discutirse el modelo de desarrollo rural, sino el modo en que la guerrilla va a articularse en el proyecto gubernamental para el campo. Y a nada más. Como quien dice, cuál va a ser la extensión de la tierrita que adjudicarán a cada desmovilizado y cuánto le van a prestar, o cuál es el empresario al que deberá asociarse o arrendarle su parcela. ¿Tiene eso alguna seriedad? Son ensayos que ponen de presente la mezquindad que los inspira. Y que comienzan a ser percibidos en su auténtica dimensión por el gran público.

Se acuerdala celebración de un foro a fin de recoger de la opinión nacional insumos para el debate entre las partes, pero el gobierno se niega de manera radical a admitir que la Mesa tenga contacto de algún modo con el pueblo de Colombia. Más aún, pretende imponer que ningún colombiano o extranjero pueda tener la mínima conversación con las FARC,como si la sede de la delegación en La Habana fuera en una especie de cárcel, de donde los guerrilleros confinados sólo puedan salir a sus sesiones en la Mesa y nada más. Siempre lo mismo, impedir el mínimo acercamiento entre la población indignada con las políticas oficiales y la insurgencia revolucionaria. Recién acaba de encarcelar, acusados de ello, a un buen número de intelectuales que a su juicio no son presos políticos. El gobierno colombiano cree que nadie se da cuenta de sus manipulaciones y maniobras engañosas, que nadie tiene en Colombia idea de lo que él trama para hacerlo pasar como proceso de paz.

Por eso se atreve a asegurar con voz oronda en todas partes, que no perderá nada si las conversaciones se rompen. Está errado por completo. Apenas un par de meses atrás, Santos tuvo un extraordinario repunte en las encuestas. Su deteriorada imagen se elevó a índices no imaginados por él mismo. Y todo por el anuncio de apertura de conversaciones de paz con las FARC. Por haber expresado su intención de buscar una solución distinta a la guerra para el grave conflicto colombiano. Su popularidad ha dado un verdadero salto al descenso en las últimas encuestas, y ello obedece precisamente a su actitud frente al tema que le sirvió para encumbrarse. Su desprestigio crece aceleradamente. La gente se dio cuenta de su falta de sinceridad, de sus abiertos propósitos de engañarla. Y no está dispuesta a dejarlo obrar así.

Algunas cosas elementales sirven para deducirlo. La furiosa andanada contra el discurso de las FARC en Oslo no podía menos que poner de presente la empecinada obsesión neoliberal del gobierno. Y no puede pensarse que la gente en Colombia es absolutamente ignorante en relación a los nefastos efectos que se traen consigo esas políticas. Como si fuera poco, la embestida ciega del ministro de la defensa ante el anuncio del cese unilateral de fuegos por parte de las FARC, bastó para poner al desnudo la hipocresía de la clase dominante. Desde los tiempos de Uribe, y hasta hace muy poco, todos los dirigentes oligárquicos de Colombia, y hasta los no oligárquicos que comen de su mano, exigían con arrogancia a las FARC el cese de fuegos unilateral como condición inamovible para abrir el diálogo. ¿Por qué las condenan ahora por decretarlo? No hay duda de que las cosas están cambiando muy de prisa. En el país de hoy no va a resultarles gratuito haber destapado la caja de Pandora. O se ponen serios, o tendrán mayores sorpresas. La gente está que brinca.

Montañas de Colombia, 1 de diciembre de 2012.

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