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lunes, 17 de diciembre de 2012

La guerra antidrogas, pilar del proyecto neoliberal

2012 pasará a la historia como el año en que se logró la aprobación de
los TLCs con los Estados Unidos y Europa, en el peor momento que se
podía esperar.

Por Gabriel Ángel

Desde cuando en tiempos del Caguán se conoció que el gobierno de
Colombia, en alianza con los Estados Unidos, tenía preparada una
estrategia antidrogas de índole militar llamada Plan Colombia, las
FARC-EP y la inmensa mayoría de las organizaciones sociales y
políticas que se oponían a ese proyecto imperialista, señalaron que lo
del combate a las drogas no era más que un pretexto, porque el famoso
plan era en realidad un ambicioso proyecto de dominación económica,
política y militar.

Una docena de años después, los hechos demuestran la validez de tales
apreciaciones. La aprobación por el Parlamento Europeo del Tratado de
Libre Comercio entre la Unión Europea y Colombia, constituye la prueba
más reciente de ello. Unos meses atrás oímos calificar como el más
importante logro de la Cumbre de las Américas realizada en
Cartagena,la entrada en vigor del TLC con los Estados Unidos. Doce
años continuos de sangre y terror tenían que servir para algo más que
extraditar capos.

Las medidas de ajuste económico dictadas por las entidades
multilaterales de crédito se han aplicado de manera cumplida y sumisa.
La inversión extranjera directa creció en proporciones asombrosas
desde la implementación del Plan. Las exportaciones colombianas se
multiplicaron por diez. El crédito externo fluyó con excesiva
generosidad al país. Se ha combatido el déficit fiscal. El territorio
nacional terminó dividido en enormes lotes para ser adjudicado a
multinacionales mineras.

La economía nacional creció y es puesta como ejemplo. Sólo se habla de
incremento de las utilidades. En el sector financiero, en el campo
turístico, en el de los agrocombustibles, en la agricultura para la
exportación, en materia de hidrocarburos y extracción minera. Nada de
esto hubiera sido posible sin el acompañamiento paralelo de la brutal
campaña militar y paramilitar implementada en el país con el Plan
Colombia, que apuntaba a crear las condiciones sociales favorables al
proyecto económico.

Esas condiciones sociales favorables consistían en la represión
absoluta de las diversas formas de resistencia al saqueo neoliberal.
La reducción al mínimo del movimiento sindical, de tal modo que fuera
posible profundizar la contra reforma laboral que asegurara la mano de
obra barata para el capital inversionista. Asesinar, corromper,
amenazar, encarcelar o desaparecer a todos aquellos capaces de
organizar la resistencia a las privatizaciones y al desmonte de las
justas conquistas de los trabajadores.

A esa tarea de limpieza se añadía la de crear en los campos el
ambiente apto para el ingreso de los inversionistas, lo cual se
materializaba con la embestida militar y paramilitar que desposeía de
la tierra a las comunidades indígenas y negras, a los centenares de
miles de colonos, pequeños campesinos y mineros. En eso cumplían un
estratégico papel las fumigaciones aéreas, fueran realizadas
indistintamente con venenos, bombas o ráfagas. Tan estratégica tarea
hacía obvia la necesidad de incrementar el pie de fuerza represivo y
el armamento aéreo.

Que servían además para combatir a los movimientos guerrilleros. A las
pesadas FARC que se habían crecido a extremos peligrosos, hasta el
punto de convertirse en un obstáculo de consideración a los proyectos
del gran capital transnacional en toda Suramérica. Eran un mal
ejemplo, al que el gigantesco aparato de guerra lograría exterminar.
Estaba claro que la dirección de las operaciones estaría en manos de
los generales del Pentágono. Las fuerzas militares colombianas debían
en adelante quedar completamente subordinadas a ellos. La Policía ya
prácticamente les pertenecía.

Para que la intervención militar extranjera tuviera una presentación
más amable, resultaba decisivo vincular a las FARC con el tráfico de
narcóticos. Así nació el Plan Colombia, ligado íntimamente al Plan
Nacional de Desarrollo de la Administración Pastrana, destinado a
perdurar en los gobiernos subsiguientes. Se contemplaba que la ayuda
financiera norteamericana se reduciría paulatinamente, hasta que
Colombia, armada por completo, se encargara sola del asunto, cuando
las FARC no existieran.

La estrategia neoliberal para Colombia se ha cumplido con la mayor
precisión posible. Con los resultados mencionados, favorables desde el
punto de vista de los inversionistas, pero críticos para quienes
mordieron el anzuelo de la guerra contra las drogas. Se habrán
capturado cabezas importantes del narcotráfico, decomisado
cargamentos, acabado con enormes extensiones de cultivos lícitos y
prohibidos, pero, el negocio con todas sus manifestaciones sigue vivo
y pujante.

El Plan Colombia no es un fracaso en la medida en que el proyecto
neoliberal de dominación económica ha sido implementado en términos
más que satisfactorios para el gran capital. Pero al mismo tiempo sí
lo es, porque su discurso de presentación siempre estuvo aderezado con
la promesa de acompañar el crecimiento de la economía con la elevación
del nivel de vida de la población menos favorecida y la solución a los
problemas nacidos de la desigualdad y la injusticia.

En eso el Plan está rajado por completo. Después de Haití, Colombia es
el país más desigual de continente. Además, el aniquilamiento de las
FARC también quedó en veremos, mientras la guerra deja desastrosas
secuelas. Santos, tan fiel vocero del gran capital como Uribe, ensaya
recomponer esas realidades sin cambiar nada significativo en el
proyecto. Si asumió el diálogo con las FARC pensando en un
interlocutor desmoralizado y a punto de rendición, se equivocó por
completo. La firmeza de la organización revolucionaria y la
movilización popular por la paz se encargarán de probarlo.

De remate, 2012 pasará a la historia como el año de la aprobación de
los TLCs con los Estados Unidos y Europa, en momentos en que la crisis
económica los empuja al despeñadero, con serio riesgo de arrastrar la
economía colombiana al abismo. Paralelamente, en algunos de los
Estados de la Unión Americana se impuso mayoritariamente en las urnas
la despenalización del consumo, volviendo a poner de presente que la
guerra contra las drogas es una imposición de poderosos intereses. El
reclamo de Santos a Obama por esos referendos, evidencia su hipocresía
al hablar de legalización. La guerra contra las drogas es pilar del
proyecto neoliberal. Toda América Latina puede atestiguarlo ahora.

Montañas de Colombia, 12 de diciembre de 2012

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