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martes, 5 de marzo de 2013

El sabor amargo de los productores de café.

Por Rubén Zamora
La situación de los más de 550 mil productores de café que sobreviven a las sucesivas crisis  del sector cafetero ha rebosado la copa,  la indignación se va a reflejar en paro nacional, un reclamo de justicia que invoca la solidaridad del país.   Las aromáticas cosechas enriquecieron a funcionarios públicos, endosaron millonarias cuotas al Fondo Nacional del Café, sirvieron para recuperar la banca pública del desastre en que cayó por la corrupción, luego transferida a menos precio al sector financiero privado.
De las cosechas de café se ha financiado  la corrupción y la guerra, se han enriquecido los pulpos del comercio, el sector financiero y las corporaciones multinacionales de agroquímicos, ahora nadie siente obligaciones frente a esta nueva fase de la crisis. Las políticas públicas responden a una concepción perversa de despojar a los campesinos de la tierra, lo gurús financieros y multinacionales esperan por ella, inmorales especuladores  y depredadores ansían desentrañarle la riqueza dándole rienda suelta  a la reproducción de sus capitales, aunque para lograrlo tengan que medir el precio  en litros de sangre mediante el despojo violento.
Si el café es un emblema nacional, lo es también esa masa irredenta de trabajadores y productores rurales que con sudor y sacrificio posicionaron el producto como el de mejor aroma del mundo, lo llevaron a ser el primer generador de divisas del país y una de las mayores fuentes de empleo.  Fueron esos campesinos, arañando la tierra con sufrimientos,  quienes construyeron una poderosa riqueza malversada por la horda de ladrones de alta alcurnia, de amplia experiencia en estas ardides.
El desastre de la producción cafetera tiene origen desde el gobierno de César Gaviria,  gobierno del revolcón institucionales que abrió el capítulo de la doctrina neoliberal. Altos impuestos a los productores colombianos y cero aranceles a los importadores de alimentos situándose en las 10 millones de toneladas. Para 1993 el área sembrada alcanzaba 1,15 millones de hectáreas y la cosecha cafetera de 92­-93  promedió en 15 millones de sacos de 60kilos, y el consumo interno de 1,5 millones de sacos. En 1991 el café representó el 5.3% del total del PIB total y el 23.4% del PIB agropecuario. A comienzos de los 70 el café representaba el 55% del valor total de las exportaciones y el mayor generador de divisas del país.
En el año 2003 las 869.500  hectáreas cultivadas produjeron 11,6 millones de sacos. Diez años después la producción se redujo a unos 7,8 millones de sacos; esta crisis amenaza con una curva descendente y definitiva para muchos cultivadores en una competencia desigual, creciendo las importaciones del grano mientras la producción interna se desarrolla a pérdida.
Bajos los precios internacionales,  problemas de la tasa cambiaria, altos costos de producción, especulación con los créditos,  trampas del Fondo Nacional del Café y la Federación Nacional de Cafeteros, degradación de suelos por el uso indebido de agroquímicos, por decir algunos de los elementos que se complementan en lo que es ya un cuadro dramático, requiere soluciones muy serias e integrales a la crisis.
El trasfondo de la crisis tiene propósitos aviesos. En realidad existe un conflicto de tenencia y uso de la tierra. Al mapa cafetero se superpone el mapa minero energético, la locomotora minera y el TLC están pasando sobre los cafetales destruyéndolos, arruinando a más dos millones de personas  que derivan su sustento de la producción cafetera, es un verdadero crimen como el que ocurre con otros productores agrícolas en las mismas o peores circunstancias.  Se imaginan a las multinacionales dueñas de las tierras de los caficultores, removiéndoles sus entrañas para convertirlas en divisas que se estacionan en los paraísos fiscales mientras al país solo le heredan la ruina social y ambiental.
Esta burocracia no puede verle la cara a los problemas, está arrodillada ante los pies de las corporaciones y de su propia codicia. Prefieren ensangrentar a quienes se le opongan a las obligaciones adquiridas por el poder constituido, solo el Constituyente puede timonear el barco hacia el puerto seguro de la justicia rural y la paz.
Desde la Habana Cuba, las FARC-EP, hemos formulado un conjunto de iniciativas de lo que serían soluciones integrales a problemas que afectan a las comunidades rurales y al país. El problema cafetero, no es un asunto de un sector específico, entra a formar parte de la crisis de soberanía alimentaria dependiendo de la especulación financiera con los precios de los alimentos, que además se cruza con el déficit mundial  de estos, pendiendo una amenaza a la sociedad colombiana de crecimiento del hambre y la desnutrición.
Respecto a la crisis cafetera consideramos que los minifundios, así como la pequeña y mediana propiedad cafetera, deben ser objeto de medidas inmediatas de protección, tales como subsidios, compensaciones y salvaguardas extraordinarias, tendientes a la superación de la crisis estructural del sector, la revisión de la función de instituciones como la Federación Nacional de Cafeteros y el Fondo nacional del Café, así como su democratización con amplia participación de las organizaciones de los productores del grano.
Debe exigirse el reconocimiento de los productores como una fuerza con autoridad social y política que ejerza como interlocutora en la búsqueda de acuerdos con el gobierno, los que demandarían seguimiento y verificación de cumplimiento.
Nuestras propuestas y su respaldo en los debates en la Mesa de diálogo acompañan solidariamente los justos reclamos de los caficultores colombianos en este paro nacional. El Estado colombiano debe respetar esta jornada como expresión tangible de un derecho inalienable. Deben crearse escenarios de diálogo donde se construyan acuerdos en el espíritu de los esfuerzos que realizamos en procura de una paz estable y duradera.


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