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miércoles, 13 de marzo de 2013

Hugo Chávez, un ejemplo inmortal

En adelante, todos los pueblos del mundo esperan una revolución socialista semejante.

Por Gabriel Ángel


Pese a que cada hecho tiene su propia dimensión, las apreciaciones que de él se hagan están ligadas inobjetablemente a intereses de clase. Eso no cambia porque las corrientes ideológicas dominantes lo nieguen de manera obstinada, ni porque la avalancha de pensamiento enajenante que circula por los grandes medios de comunicación lo considere cuestión del pasado. La muerte del Presidente venezolano Hugo Rafael Chávez Frías es el mejor ejemplo de ello.

Su partida constituye un acontecimiento histórico y universal, que sacude las conciencias de la humanidad entera. Nadie en el mundo puede considerarse ajeno a las repercusiones del suceso. La dimensión apoteósica de Chávez se impone por sí sola. Hoy por hoy puede afirmarse, sin lugar a dudas, que la figura y el pensamiento del Presidente bolivariano de Venezuela, contra la amargura que puedan sentir sus detractores, se expanden como el sol radiante por todo el firmamento.

Como enormes y violentas olas que la furia del mar embravecido descarga contra un acantilado, la obra construida por el Presidente Chávez sacude los cimientos del orden mundial y pone a tambalear todas las formas de dominación e injusticia imperantes sobre la Tierra. Chávez ha recordado al rey que no puede haber mendigos y ha levantado a los mendigos contra el rey. La consciencia planetaria contra el capitalismo y sus lacras volvió a ser realidad gracias a él.

Igual que el sueño socialista como alternativa única para la sobrevivencia y la felicidad humanas. Sólo eso bastaría para reconocerle un pedestal de honor entre las grandes personalidades de la historia. Ante su cadáver lloraron de modo inconsolable presidentes y jefes de gobierno de los más lejanos rincones de La Tierra, centenares de miles de mujeres, hombres y niños estremecidos hondamente por su pérdida. Y se percibe el llanto adolorido de millones y millones de personas en el orbe.

Nadie, por más enemistad y repudio que sienta hacia él, puede negar su extraordinaria importancia. Hasta los diarios más encarnizados con su vida, registran obligados por su peso la conmoción mundial ocasionada por su muerte. A eso precisamente es a lo que se le llama la gloria, la fama imperecedera por las grandes acciones. Chávez simplemente ascendió de escalón, de hombre se convirtió en leyenda, de humano ha pasado a ocupar su lugar en la eternidad.

Y sin embargo, apenas recuperándose del asombro, vuelven a retomar sus detractores la habitual tarea de arrojar heces y podredumbre sobre él. Parece increíble. Es como si fueran ciegos, como si fueran sordos, como si fueran autistas. No pueden ver, ni oír, ni asumir la realidad exterior a sus cabezas necias. Y no es porque no entiendan, es por otra razón que detestan reconocer, están defendiendo sus intereses económicos y políticos, su gran propiedad y su poder. Y nada más.

Entonces salen a relucir las más rebuscadas teorías para disminuirlo. A efectos de convertirlo en déspota y dictador, por encima de la aclamación abrumadora del pueblo venezolano y del multitudinario plebiscito diario de afecto y reconocimiento ante su féretro, supuran las más aventuradas construcciones acerca de lo que puede considerarse democracia, desconociendo la pureza del régimen electoral venezolano y las sucesivas victorias aplastantes del chavismo.

Llama la atención con profundidad la campaña de prensa que se libra en Colombia contra la obra del Presidente venezolano. Los rabiosos defensores de la democracia que condenan a la ignominia la revolución bolivariana y a su máximo inspirador, se encargan de estigmatizar a cualquiera que asuma con objetividad el análisis de lo que acontece en el país hermano. Los medios han elevado la condena implacable de Chávez a principio de fe, al igual que sucede con las FARC.

Ni por un segundo se detienen a reparar en que todas las objeciones que hacen repetidamente contra la ejemplar democracia venezolana, bien podían aplicarse al régimen imperante en Colombia para ubicarlo como la más infame de las dictaduras. No existe la libertad de expresión, ni el derecho a ejercer la oposición política, ni la separación de poderes que reclaman. Lo que no quieren ver en su propio territorio se lo achacan en cambio absurdamente al del vecino.

Los grandes medios colombianos son propiedad de poderosos grupos económicos privados. Sus reputados presentadores, editorialistas, redactores o columnistas trabajan a sueldo para ellos, conocen perfectamente los límites de su libertad de pensamiento, y por eso se dedican a alabar esos límites como el máximo de su libertad. Ningún partido o facción política de los que giran en torno al poder establecido es ajeno a representar los intereses de esos grupos acaudalados.

Una situación así es la que añoran los grupos venezolanos de la oposición que fueron desplazados del poder por la revolución bolivariana de Chávez.  El asunto es sencillo de entender. El pueblo raso, la gente del común, los pobres, los explotados, los ignorados vieron retratados sus sueños en  el discurso de Chávez, lo siguieron y terminaron por desplazar del control de Estado a las clases pudientes. Contaron con una fuerza armada renovada y comprometida hasta la muerte con el proyecto liberador.

Y eso los ha hecho invencibles. Pero no imprudentes. Han ido avanzando con cautela, aunque con paso firme. Arrebatando poco a poco sus bastiones a la oligarquía. Y despertando enfermizos rencoresen ella, que mueve todos sus hilos en el país y el exterior para retrotraer las cosas. En Venezuela se vive  la más hermosa revolución de la historia, por lo pacífica, democrática y trasparente. El genio de Chávez estuvo en atinar la dirección correcta y enseñarla a su pueblo.

Que se apresta a continuar con su obra. Nadie con un mínimo de razón puede ignorar la fidelidad de Maduro y la dirección del PSUV al proyecto bolivariano. Ni la decisión inquebrantable de las grandes mayorías venezolanas por perseverar en su sueño socialista. Semejante fuerza no podrá ser detenida por nada. Crecerá, cruzará fronteras, romperá cadenas como Simón Bolívar y su ejército de patriotas. Todo un mundo de desharrapados prestos a asumir la lucha aspira con ansiedad sus efluvios.

Y que no vayan a equivocarse los que piensan que mediante la fuerza podrán impedir la culminación de la revolución bolivariana. Sólo conseguirán acelerarla,como a una poderosa supernovaque estallará irradiando su incontenible energía por todos los confines. En Venezuela, hoy, se concentran todas las potencialidades de la revolución mundial. Simón Bolívar cabalga de nuevo, y a su lado Hugo Chávez, el bravo de Barinas, le sonríe con alegría.Los dos, iluminan a su pueblo hacia la victoria definitiva.

Montañas de Colombia, 10 de marzo de 2013.

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