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lunes, 15 de julio de 2013

Catatumbo: «La paz con justicia social merece cualquier esfuerzo»

FUENTE: GARA NAIZ


PABLO CATATUMBO


Comandante y miembro del Secretariado de las FARC-EP

Pablo Catatumbo es miembro del Secretariado de las FARC-EP y forma parte de la delegación de paz de esta guerrilla en La Habana. Fue uno de los últimos delegados en incorporarse a los diálogos en la capital cubana. Gran parte de su vida ha transcurrido en la selva de Colombia combatiendo con el Ejército. Ahora, sin «rencores personales», espera lograr una paz «estable, duradera y justa».

Ainara LERTXUNDI|2013/07/13
Llegamos a este proceso sin ningún tipo de rencor personal, buscando lograr el anhelo de nuestro pueblo por una paz estable, duradera y justa.
Valoramos altamente la experiencia irlandesa frente al tema de dejación de armas. Nos parece que es un ejemplo de lo que es llevar un proceso de paz con un real deseo de finalización de un conflicto y de paz.
Desde La Habana, el comandante y miembro del Secretariado de las FARC-EP Pablo Catatumbo responde al cuestionario remitido por GARA en el que aborda cuestiones clave como las víctimas que han generado cinco décadas de guerra y la posición de la guerrilla ante un eventual desarme. Valora «altamente» experiencias como la del norte de Irlanda, donde «las partes en conflicto dieron muestra de la madurez política y de la estatura moral que se requieren cuando de verdad se ansía la paz».

Las FARC-EP cumplieron el día 27 de mayo 49 años de lucha armada. Este aniversario coincidió con la firma del acuerdo en materia agraria. ¿Cómo vivieron este momento histórico?

Con mucha alegría, pues pocas veces coinciden eventos tan importantes: nuestro 49 aniversario de justa lucha y el logro de un acuerdo parcial en materia agraria. Dos hechos significativos que celebramos con alborozo pues sabemos lo que significan en el camino de construir la paz con justicia social para nuestro pueblo.

Sobre el terreno, sin embargo, los campesinos del Catatumbo, en el norte de Santander, mantienen las protestas en contra, entre otras cosas, de la erradicación forzada de los cultivos de coca y de las políticas económicas del Gobierno. Ha habido al menos cuatro muertos. ¿Cómo valora lo que está ocurriendo?

El conflicto social en todas las regiones de Colombia es bastante agudo. De seguir respondiendo de esta manera, el Gobierno desatará una ira social extendida. Si a una reivindicación legal -como la del campesinado del Norte de Santander- se le responde con las armas en la mano, se justifica abiertamente la opción armada que emprendió hace años el movimiento guerrillero colombiano. El balón está en el tejado del Gobierno.

A lo largo de estos seis meses, también se han ido abordando de manera indirecta otros temas de la agenda, como la cuestión de las víctimas. Afirma que se debe «armar todo el puzzle». ¿De cuántas piezas consta ese puzzle?

Le cito algunas: la responsabilidad del Estado, la clase política dirigente, el empresariado, algunos medios de comunicación y los latifundistas, la formación y la financiación de los grupos paramilitares, la relación entre las embajadas de Estados Unidos e Israel con la instrucción de dichos grupos, o el papel jugado por las grandes trasnacionales en la definición de la agenda militar en Colombia. Como ve, el tema tiene muchas aristas, pero tiene que ser abordado a fondo, con mucha sindéresis y franqueza política.

A través de una carta al periódico «El Tiempo», la congresista Constanza Turbay afirmó que ya ha perdonado a las FARC. ¿Cómo recibió este perdón? E Ingrid Betancourt acaba de indicar que «todos somos responsables de esta guerra atroz» y que «la paz nos exigirá aceptar cierto grado de impunidad».

Son manifestaciones de un ánimo de concordia y reconciliación que compartimos y saludamos y ya es extendido entre muchos de los ciudadanos de la patria. Nosotros también hemos sido víctimas de esta guerra. Los entendemos como gestos de un país que no quiere más soluciones militaristas, que no busca venganza, que anhela la paz con justicia social y que está hastiado del drama que hemos vivido. No se trata de abrirle campo a la impunidad sino de lograr la mediación sobre bases de magnanimidad mutua, de comprensión histórica y perdón, que es algo muy diferente.

¿Se ve en un futuro compartiendo un mismo espacio con Constanza Turbay en el que cada uno relate su experiencia vital con el fin de que sirvan de base para la concienciación sobre las consecuencias del conflicto armado y para la no repetición de los hechos? Experiencias de ese tipo se han producido, por ejemplo, en el caso irlandés, con víctimas del IRA y exmilitantes de este grupo armado.

¿Por qué no? Sería un magnífico mensaje para refutar definitivamente a los sectores que quieren obstruir el camino hacia la paz. Nosotros llegamos a este proceso sin ningún tipo de rencor personal, buscando lograr el anhelo de nuestro pueblo por una paz estable, duradera y justa. Para ello se requiere sanar muchas heridas que nos han dejado estos largos años de guerra.

El jefe de la delegación del Gobierno en La Habana, Humberto de la Calle, ha señalado recientemente que la paz pasa por la aplicación de la justicia transicional. El propio presidente, Juan Manuel Santos, ha asegurado que la justicia no puede estar por encima de la paz. ¿Qué plantean las FARC?

Que transicional implica transición, y en el estado actual del proceso de conversaciones aún es prematuro hablar tan categóricamente de temas como ese, que hacen parte de la agenda, pero que van a ser abordados más adelante. En nuestra concepción para el acuerdo de paz que vislumbramos es necesario hablar de un efectivo tránsito hacia algo que sea cualitativamente distinto a la realidad actualmente existente en Colombia. Qué mejor ejemplo que la situación que se vive hoy en la región del Catatumbo. Para nosotros, la cuestión pasa por que logremos la efectiva instauración de la democracia en nuestro país, de lo contrario estaríamos hablando de un acuerdo de paz inocuo.

Otro de los puntos del que también se ha empezado a discutir es el de la dejación de las armas. Usted ha planteado «salidas inteligentes» y que «el problema no son las armas, sino quienes las disparan». En un foro sobre resolución de conflictos desarrollado en Euskal Herria, expertos en la materia rechazaron la entrega de armas como una condición previa, pero advirtieron del peligro que supone que las armas sigan existiendo y que se haga un uso indebido de ellas. ¿Qué valoración les merecen estas recomendaciones y experiencias como la irlandesa?

Lo que señala usted es particularmente importante. Aunque ese asunto también hace parte de los temas que deben ser abordados más adelante, le adelanto algunos criterios.

Valoramos altamente la experiencia irlandesa frente al tema de dejación de armas. Hemos podido conocer dicho proceso de primera mano y nos parece que es un ejemplo de lo que es llevar un proceso de paz con voluntades políticas conjuntas y con un real deseo de finalización de un conflicto y de paz.

En Irlanda, las partes en conflicto dieron muestra de la madurez política y de la estatura moral que se requieren cuando de verdad se ansía la paz.

Para las FARC-EP, la paz es un tema que va ligado al logro de la justicia social, del ejercicio de una verdadera democracia y una verdadera desmilitarización del país, que incluya la dimensión cotidiana, y a la proscripción de toda doctrina militar derivada de la llamada «seguridad nacional» y de la teoría del enemigo interno. En Colombia el problema de las armas no pasa solo por el conflicto entre las guerrillas revolucionarias y el Estado, sino por la existencia de redes criminales extendidas, grupos paramilitares y un inmenso sector que se beneficia del mercado bélico clandestino. Así que habrá que comprender la problemática en toda su extensión y no simplemente pensando en qué hacer con el arsenal insurgente.

¿Qué falló en los anteriores tres procesos? ¿Los calificaría de fracaso o de intentos fallidos?

En mi opinión, en los procesos anteriores lo que fue palpable es que la única política de paz del Gobierno era someter a la insurgencia o la guerra; no había una verdadera voluntad de aproximar posiciones para buscar un acuerdo de paz. Esperemos que la voluntad política del Gobierno actual le permita darse cuenta de que ese mismo error no puede repetirse. Calificar estas experiencias de fracasos es ser muy duro, teniendo en cuenta lo sensible del tema y las complejidades propias de un conflicto como el colombiano. Fueron eso, experiencias, y como tales nos han enseñado a afrontar un reto como el que tenemos hoy en día.

¿Qué signos positivos apreciaron en la llegada de Santos al Gobierno que les hicieron valorar que era el momento idóneo para iniciar una aproximación de cara al proceso de diálogo que se formalizó en Oslo?

Uno valora que lo aborden de frente, poniendo las cartas sobre la mesa, sin hipocresías. Eso, y el contexto internacional favorable, fueron cosas que dieron pie para que iniciáramos este proceso, pero sobre todo, el fervor y el clamar ciudadano que hay hoy por la paz de Colombia, que es la paz del continente. Viéndolo en perspectiva, ratificamos la justeza de la decisión, y hemos visto cómo en este camino se han multiplicado las iniciativas ciudadanas por la paz (con manifestaciones masivas como la marcha del 9 de abril pasado o el Congreso Nacional de Paz) y se ha logrado la unidad del campo insurgente sobre la coyuntura y la agenda de paz.

¿Cómo valoran la negativa del Gobierno a retrasar las elecciones y a conformar una Asamblea Constituyente?

Es una postura política que no es monolítica dentro de la coalición de Gobierno; sabemos que aún no hay última palabra y que el debate que hemos abierto dentro de las organizaciones políticas y sociales jalona la discusión nacional y genera reflexión sobre nuestros problemas más hondos. De momento, le puedo contar con entusiasmo que dicha iniciativa ha tenido una recepción estupenda en algunos sectores y que nuestra delegación recibe diariamente adhesiones, propuestas y aportes de colombianos interesados en un país en paz. Una Asamblea Nacional Constituyente por la Paz es el horizonte cierto para la superación de este conflicto.

¿Qué opina de la firma del acuerdo de colaboración entre el Gobierno y la OTAN?

Nos genera desconfianza y nos ratifica la justeza de nuestras reivindicaciones patrióticas. Un aparato militar cooptado por intereses foráneos es una característica de un país dependiente, no de una nación soberana. El presidente le hace daño al entorno de paz cuando toma esas decisiones tan absurdas.

¿Cómo se lleva la tensión de las negociaciones?

En general hay un ánimo tranquilo. Hay ocasiones donde los niveles de tensión suben. Eso es apenas lógico: es que el conflicto nuestro tiene más de cincuenta años, son muchas las heridas que ha ocasionado, mucho el dolor causado, en fin.

Además en la Mesa no estamos discutiendo temas nimios, sino los temas trascendentales dentro de la vida nacional. En las FARC-EP sobrellevamos esas situaciones con mucho compañerismo y camaradería, porque sabemos que la tarea que tenemos en frente no es poca y que la confianza que los guerrilleros de todo el país depositan en esta delegación es enorme. Al final de cada día nos queda la satisfacción de estar trabajando por el más alto objetivo que se ha trazado el pueblo colombiano: la paz con justicia social. Ello merece cualquier esfuerzo.

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