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lunes, 8 de julio de 2013

La acción política de las FARC-EP

La clave de la solución dialogada y pacífica al conflicto no se halla en cerrar las puertas a la política, sino en abrirlas de par en par. Ha llegado esa hora.

La política se refiere al universo de la conducción social. Toda agrupación humana asume una forma organizativa, una distribución de funciones con miras a un objetivo. La determinación de ese objetivo, de esas funciones, de esa forma de organización, conforma precisamente el campo de la política. Los integrantes de la sociedad suelen discutir al respecto y asumir posiciones.

A esto último se le llama propiamente debate político. Por las modernas ciencias sociales sabemos que el origen último de toda posición política se relaciona con la economía, con los intereses económicos que se persigan en una sociedad. Y hasta ahora, podemos afirmar sin temores que toda sociedad se encuentra dividida en clases sociales con intereses encontrados.

Por tanto la política es la manifestación pública de los intereses contradictorios que existen entre  las clases sociales que conforman la sociedad. Las distintas concepciones políticas, por ideales y elevadas que puedan parecer, siempre expresan aspiraciones de clase, delatan el punto de vista de un sector social identificado con aspiraciones económicas comunes.

Las FARC-EP jamás hemos intentado ocultar nuestro carácter político, y mucho menos procurado esconder la naturaleza de clase de nuestras posiciones. Siempre hemos expuesto nuestras propuestas para la sociedad colombiana, nuestra visión del futuro y del Estado. Y lo hemos hecho repetidamente en nombre de los sectores sociales y económicos más desfavorecidos del país.

Hacer política con las armas no es una decisión tomada al azar. Obedece a circunstancias muy precisas que voluntariamente nadie estaría dispuesto a asumir. La guerra, sobre todo la que se ha de librar en condiciones absolutamente desiguales, no puede representar algo atractivo para nadie. En realidad, parece más el acto desesperado de quien no encuentra otra salida.

La rebelión, como alzamiento en armas contra el gobierno a fin de sustituirlo, es por naturaleza una acción de fuerza, que implica contar con recursos suficientes para enfrentar al contendiente con alguna posibilidad de éxito. Por ello la mayoría de las rebeliones, y la historia colombiana es pródiga en ello, han tenido origen al interior del mismo régimen.

Un sector de gobernantes o militares inconformes con el gobierno central deciden emplear las tropas bajo su mando contra él, en procura de derrotarlo y desplazarlo.  Entonces se produce un golpe de Estado o una guerra civil declarada, eventos que de resultar exitosos implican un cambio en la dirección del Estado, pero que de fracasar serán juzgados como rebeliones o delitos políticos.

Aunque también se dan los levantamientos armados ajenos a los entretelones del poder, aquellos de origen puramente popular, desiguales en recursos, que enfrentan un puñado de campesinos, obreros, desempleados, estudiantes, intelectuales y sectores medios contra las todopoderosas instituciones del Estado. Luchas o insurrecciones que por aspirar al poder también son políticas.

De allí viene que el tratamiento judicial aplicable a los rebeldes se halle íntimamente ligado a su derrota. Se juzga y condena a los vencidos. Además, por pura experiencia histórica, dado que el vencedor de hoy puede ser el perdedor mañana, la actitud hacia los vencidos en un levantamiento suele ser generosa. Salvo, claro está, cuando el poder pertenece a oprobiosas dictaduras.

Alzarse en armas es una acción de naturaleza política, de alto riesgo para la vida de quienes lo hacen y para el proyecto político que encarnan, siempre sujetos al peligro del aplastamiento violento por cuenta del poder.No puede olvidarse que el poder es violencia organizada. Lo que las FARC hacemos con nuestras acciones, es política. Eso no puede desconocerse.

Afirmar que si las FARC no entregamos las armas no podremos hacer política, es un contrasentido evidente. El solo hecho de rebelarnos nos hace políticos, como lo reafirma el proceso de paz iniciado por el gobierno de Juan Manuel Santos. No se abre una mesa de conversaciones sino con un interlocutor político, la propia mesa es una acción política.

Existe un gran debate en el país en torno al proceso de paz de La Habana. Ese debate es político, y consecuencial a la presencia de las FARC en la Mesa, que corresponde a la vez a la actividad continua de las FARC durante 49 años de conflicto interno. Son las propuestas políticas de las FARC las que agitan y promueven ardientes debates en amplios sectores de la vida nacional.

Y eso es hacer política. Con el aval del gobierno. Y de la comunidad internacional, que de una u otra manera se mueve diariamente a expresar su apoyo a las conversaciones y a la búsqueda de una solución dialogada. Las FARC-EP ya estamos haciendo política, incluso por medios legales y hasta diplomáticos. El gobierno abre la compuerta y luego se alarma porque brota el chorro.

Si de lo que se trata es precisamente de eso. De crear las condiciones para que en nuestro país carezca de sentido alzarse en armas. Y eso, en palabras sencillas, significa tolerar que quienes plantean alternativas políticas distintas a las permitidas, puedan hacerlo sin ningún riesgo para su vida o su libertad personal. El proceso de paz busca discutir y consensuar opciones al respecto.

En eso consiste el compromiso de las dos partes sentadas a la Mesa. Y es eso también lo que apoyan y aplauden todos los amigos sinceros de la terminación del conflicto y la construcción de la paz en nuestro país. Descalificar de entrada, alegar el desconocimiento de la Agenda, advertir que no se considerarán las propuestas de la contraparte, no ayuda en nada a la reconciliación.

Y menos amenazar con no dejar hacer política al otro. La política siempre se  hará, porque es connatural a la especie humana, como lo advirtió el propio Aristóteles. Cuando más se dará por cauces insospechados y tormentosos. Pero no podrá evitársela. Cuando se es vencedor no se conversa con los vencidos, simplemente se les juzga y condena.

Pero cuando el desangre se ha prolongado por décadas y décadas sin que el Estado pueda proclamar su victoria, cuando la alternativa es continuar generación tras generación en lo mismo, entonces cabe pensar en una salida distinta, consensuada, ajena a las imposiciones. La clave para ello no se halla en cerrar las puertas a la política, sino en abrirlas de par en par. Ha llegado la hora.


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