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viernes, 31 de enero de 2014

De Davos a La Habana

Es posible trabajar por un gobierno alternativo que vea el momento político más allá de los muros de la propaganda oficial, más allá de la mermelada corrupta del régimen.

Por Andrés París

Vocero de las FARC-EP en la Mesa de La Habana

Davos, ciudad Suiza, donde se dieron cita representantes de los países capitalistas, y La Habana, donde se desarrolló la cumbre de la comunidad de países latinoamericanos CELAC, primera gran convergencia de países que buscan la senda de la independencia y la soberanía, sin la tutela de los EEUU. Estos dos encuentros, en sitios diferentes y con agendas contrapuestas, permiten visibilizar el  ejercicio de trapecista del presidente Santos, quien se mueva entre corrientes contrarias de la política internacional  que se reflejan a su vez en la política interna, en plena ebullición por la campaña electoral en marcha.

Davos mostró una vez más los problemas de los países poderosos del mundo, sumergidos en una profunda crisis económica originada por la súper concentración mundial de la riqueza, donde el 1 por ciento concentra lo que representan las necesidades del 99 por ciento de la población del planeta. La Habana representó por el contrario la senda de la recuperación económica trazada por modelos económicos alternativos diferentes o matizados del neoliberalismo salvaje.

La cumbre de la CELAC al proclamar América Latina y el Caribe territorio de paz, asegura un futuro de cambios sin el flagelo de las guerras que en otros continentes destruyen países a fin de reorganizar las estructuras de la hegemonía imperialista. Emerge  Latinoamérica y el Caribe como vanguardia de los cambios en el mundo, con experiencias económicas renovadoras que ubican el bienestar social en el centro de los esfuerzos gubernamentales, especialmente en los países que se han agrupado en la Alianza bolivariana ALBA y en UNASUR. La integración económica, sin la dependencia de USA, encuentra caminos propios para avanzar por la senda del progreso y la paz, y presenta resultados positivos con beneficio para los sectores más pobres de estas naciones.

El paso por la cumbre de Davos sirvió al Presidente de Colombia, para poner el sombrero y recoger dineros en forma de inversiones de empresarios a nombre de un subjetivo periodo de post-conflicto. Y para disparar desde la trinchera de la derecha contra la ultraderecha uribista, calmando a la oligarquía nacional y extranjera respecto a presuntos cambios radicales como consecuencia del proceso de paz. Santos buscó calmar a todos los poderes del mundo, al tiempo que fijó la competencia electoral en una puja por mostrar cuál de los candidatos del régimen es el más servil al capital extranjero. Según su discurso, en La Habana no se realizarán cambios a favor del pueblo, no se comprometerán en la mesa de dialogo con reformas políticas,  ni cambios radicales, ni sustanciales. La Mesa servirá de cosmetología y no para sellar la  paz con una guerrilla que exige transformaciones serias, patrióticas y a favor de más de 40 millones de colombianos privados de la prosperidad de la que gozan las clases adineradas y poderosas.

El Presidente fue a Europaa reafirmar su programa de derecha, en medio de una coyuntura electoral que lo obliga a buscar el voto de otros sectores, los mayoritarios, para los cuales diseña un discurso de  paz y de reconciliación. Este es  vago y nebuloso. Cuesta menos, solo son promesas, es más psicológico que de propuestas concretas. Claro que sí, todos los colombianos queremos la paz, es el sentimiento más profundo, invocado cada cuatro años para imponerse en las campañas electorales.

Según dice la prensa oficial, estamos al borde del triunfo de los deseos reeleccionistas  y el buque insignia de esta propaganda es el proceso de paz de La Habana. No se escuchan los programas económicos, ni el balance de las promocionadas locomotoras, tampoco de los saldos sociales. Todo es un canto por la paz sin apellido, sin compromiso, sin cambios. Al frente, contradiciendo  esa construcción mediática, aparecen las cifras de las tendencias reales  que se maquillan hábilmente y son las que marcarán el rumbo real de los acontecimientos: son las cifras del desempleo, del pobre desempeño económico, cifras que contrastan con las grandes ganancias de los monopolios, de la entrega de las riquezas energéticas a las trasnacionales.

En un país en creciente ebullición social la gente se moviliza, es reprimida  y asesinada. Las formas de la hegemonía política vuelven a poner en primer plano el crimen político contra los opositores reales que son los de izquierda. Mientras tanto, en los discursos presidenciales siguen cruzándose los mensajes de guerra que ofrecen simultáneamente un exterminio pronto de la guerrilla y garantías políticas de participación si ésta se entrega y desmoviliza. El  discurso parece ser contradictorio, pero pone de presente una estrategia que no es nueva: enfrentar la rebeldía del pueblo con las armas y con un dialogo en el cual no se hacen compromisos, simplemente para ganar tiempo.

Estamos pasando por un período en el que se busca imponer una nueva correlación de fuerzas a favor del régimen, relegitimándolo, oxigenándolo, para coger impulso hacia la materialización del proyecto real de las clases dirigentes. Y un país con unas fuerzas armadas  de 500 mil hombres, debe preparar planes pérfidos contra la región por mandato de los EE.UU. Sus tropas son más numerosas que las de Inglaterra  o Francia.

En Colombia se enfrentan las tendencias que se mueven en el ámbito internacional. La burguesía ve que el teflón anti cambio se debilita, el ejemplo de la rebeldía bogotana lo pone de presente. Chocan los vientos fríos de DAVOS con los cálidos y reformadores de la cumbre de la CELAC. ¿Cómo se reflejarán en Colombia estas tendencias? ¿Cómo se alinean los diversos sectores políticos? ¿Qué fuerza  tiene el régimen para perpetuarse?

La campaña electoral de seguro reflejará una nueva correlación de fuerzas que no puede ser refractaria a los cambios que se agitan en América Latina. Las fuerzas patrióticas deben hacer esfuerzos por fortalecer la unidad, deben defender un perfil propio sin dejarse captar por los candidatos disfrazados del uribismo.

La unidad solo puede tener objeto para avanzar hacia los cambios democráticos, no para fortalecer el régimen santista ni caer en el falso dilema entre Santos y Uribe. Es posible trabajar por un gobierno alternativo que vea el momento político más allá de los muros de la propaganda oficial, más allá de la mermelada corrupta del régimen. De ganar un gobierno comprometido con una agenda de paz con justicia social y reformas, un gobierno alternativo, la paz estará más próxima que en experiencias de paz anteriores. La lucha social, el pueblo en la calle, un avance de la unidad de la izquierda y los sectores democráticos,  han de ser los contrapesos a la euforia oficial.

La abstención y el voto en blanco amenazan también el jolgorio reeleccionista trocándolo  en una victoria pírrica o una derrota por una nariz con fuerzas alternativas en proceso de fortalecimiento. Un Santos  fortalecido aumenta la alteración de personalidad que sufrió el Presidente en su gira por Europa, al creerse ya no Churchill sino el McArthur Colombiano. La derecha se debilita, la ultraderecha se divide, el campo popular debe derrotar la confusión y converger hacia un escenario poselectoral que permita continuar la lucha por una asamblea nacional constituyente, otro episodio donde deben imponerse las fuerzas patrióticas y democráticas del país.

La Habana, 30 de enero de 2014.


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