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lunes, 17 de febrero de 2014

La Venezuela revolucionaria y la gran prensa

Cualquiera diría que allá la casa se halla a punto de derrumbarse por cuenta de la crisis.

Por Gabriel Ángel

Hay que ser exageradamente ingenuo para creer que las cadenas informativas privadas entrelazadas mundialmente tienen como propósito difundir la información de modo objetivo e imparcial. Ellas son empresas, compañías por acciones manejadas por grandes grupos económicos, que se ocupan las veinticuatro horas del día en hacer negocios y obtener enormes ganancias. Cualquier noticia que provenga de ellas pasa por el riguroso filtro del ánimo de lucro.

Para ellas el mundo tiene que ser como lo determinen el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OMC y demás poderes internacionales empeñados en acrecentar sin tregua la cuota de ganancia de las omnipotentes corporaciones transnacionales. Mientras eso ocurra sin alteraciones, la información puede adquirir carácter anecdótico y lúdico. Los gobiernos, particularmente, podrán gozar de su mirada benevolente, hagan lo que hagan.

Ningún crimen resulta más repudiable para los grupos económicos dominantes a nivel nacional, continental y mundial, que el de arrebatarles una presa, aunque sea una sola, de la cual puedan derivar ganancias para acrecentar su riqueza. Es por eso que la revolución bolivariana de Venezuela no puede ser admitida bajo ningún punto de vista. En dicho país se atrevieron a recuperar el petróleo y su renta para destinarlos al bienestar del conjunto de su población.

El petróleo, el combustible cuya escasez es motivo de preocupación, la fuente del derrochador modelo de vida de las grandes metrópolis mundiales, el oro negro por el que se dan golpes de Estado, se invaden países y se bombardean sin clemencia pueblos enteros, el súper fabuloso negocio de los siglos 19 y 20, que desató el desarrollo industrial y tecnológico de las grandes potencias, sus mayores reservas mundiales, ya no les pertenecen a ellos sino a un pueblo.

Eso indudablemente define el tratamiento a recibir. Y por sí sólo explica cuanto se dijo y escribió sobre el Presidente Chávez. Algo muy semejante a lo que en su tiempo espetó la Corona española contra el Libertador Simón Bolívar. Desde luego que uno y otro, por sus propias virtudes y genialidad, terminaron, muy a pesar de sus enemigos, situados muy por encima de ellos. Ahora simplemente el poder imperial tantea cuánta puede ser la firmeza de sus herederos.

Y para eso comienza a apretar la cuerda. Sabe que la situación no es igual a la del siglo pasado. Aunque no descarte un brutal golpe de Estado acompañado por una invasión externa como la realizada en Panamá en diciembre de 1989, es probable que se incline más por otra clase de tretas. Acaba de ver lo sucedido en la cumbre de la CELAC, conoce de UNASUR, sabe que las consecuencias por una imprudencia podrían ser nefastas para sus intereses.

Hay los recientes modelos del mundo árabe, los propios golpes institucionales de Honduras y Paraguay. Pueden crearse situaciones que resulten intolerables para la población, como en la Nicaragua de los años ochenta. De todo eso parece haber un poco en juego. Hasta el mismo sabotaje económico librado contra el Chile de Salvador Allende. Lo importante es generar la idea de que existe una crisis insuperable por medios legales en Venezuela. Y en eso se hallan.

Se comprende entonces en su plena dimensión el papel que desempeñan los grandes medios privados de Latinoamérica en la trama. Los venezolanos en primer lugar, una prensa groseramente amarillista y de pésima calidad, si hay que compararla con su homóloga colombiana, empeñada en difundir la versión más fantasiosa de lo que ocurre en el país. Cualquiera diría, al seguirla, que en Venezuela la casa se halla a punto de derrumbarse por cuenta de la crisis política y social.

Panorama que inmediatamente engrandecen sus colegas en Colombia y el resto del continente, en prueba irrefutable de que obedecen a un designio previamente calculado por los poderes interesados en el regreso a un pasado perdido. Los medios públicos de Venezuela, afortunadamente de dimensión considerable, aunque no alcanzan a la mitad de los privados, permiten conocer una realidad completamente distinta. Y sí que conviene buscarlos en la hora.

Salta a la vista que el entramado mediático privado intenta crear una situación ficticia, engrandeciendo las marchas de protesta de la oposición y multiplicándolas imaginariamente por todo el país, desconociendo y silenciando la situación real de tranquilidad y paz que reina en Venezuela, perturbada por uno que otro episodio aislado y violento promovido por extremistas. Pero además, ocultando el plebiscito diario de movilización masiva en apoyo del gobierno.

El propósito es claro. Generar el ambiente propicio para una solución externa y violenta que eche abajo el proceso revolucionario. Quizás en ningún país de Latinoamérica o el mundo reina un clima de tolerancia y respeto por las ideas ajenas como existe en Venezuela, en donde los medios de comunicación privados lanzan los más vulgares infundios contra su gobierno sin que éste los censure o prohíba, lo cual no impide que dejen de llamarlo perseguidor y tiránico.

Pero nada produce más hilaridad que el balance a favor de la democracia colombiana que se empeñan en hacer los grandes medios cuando la comparan con la de Venezuela. Como si allá hubiera movimientos guerrilleros reclamando paz y democracia desde medio siglo atrás, o como si existieran grupos paramilitares, centenares de miles de víctimas o millones de desplazados como aquí, como si allá fueran lícitos las interceptaciones y seguimientos.

Como si allá salieran el ESMAD y las tropas disparando sus armas de fuego y triturando a golpes a quienes reclaman atención del gobierno por su suerte miserable. Como si allá hubiera los diez mil prisioneros políticos de aquí. Como si en Venezuela exterminaran a bala organizaciones políticas de oposición. Como si allá existiera un ejército de ocupación de medio millón de hombres sometiendo a la población. Como si allá gobernara un Santos y no un Nicolás Maduro Moros.

Un detestable y rastrero señor Darío Arismendi clamaba en su noticiero radial de la mañana porque en Colombia jamás hubiera una democracia como la de Venezuela, Cuba, Ecuador o Bolivia. Y empataba su discurso vinculando al señor Petro, igualándolo de manera excesivamente generosa con los líderes de esos países. Es evidente el odio de la gran prensa al despertar de los pueblos, a su presencia digna,  a su actuación soberana y libre. ¡Qué despreciable resulta!

Montañas de Colombia, 14 de febrero de 2014.


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