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jueves, 27 de febrero de 2014

¡Laura era una revolución!...

Por: Victoria Sandino Palmera

Integrante de la Delegación de Paz de la FARC-EP

Eran las 12:40 horas del 27 de febrero de 2013. Su risa atronadora, clara como una cascada, se dejaba escuchar en el campamento. Brillaba el sol y el frío comenzaba a ceder. Laura gozaba por el chiste del almuerzo. Dos horas atrás la ecónoma me preguntó por el menú del mediodía y le respondí sin mucha atención: lentejas y carne. Asumí que incluiría arroz, como todos los días, pero al parecer no entendió; y ese fue el almuerzo, una tortica de lentejas y un poco de carne. Más bien aparentaba una entrada, y a Laura le pareció gracioso, gozaba y alborotaba a todos con su risa.

Unos minutos antes me había comentado, con cara de preocupación, acerca de un extraño sueño que la mantenía inquita. Imaginé de qué se trataba. Ella era algo supersticiosa; no era la primera vez que me contaba sueños que según ella le avisaban de peligro inminente; era tanta su insistencia que me ponía intranquila y terminábamos trasladándonos de sitio.

Quiso precisarme el asunto, pero era tal mi apuro por terminar lo que estaba haciendo en preparación de la marcha, que no la dejé. Le insinué que habláramos más tarde, a lo que ella asintió, agregando que estaba nerviosa. A fin de tranquilizarla, le dije: hoy nos vamos.

Como si hubiera sido una señal, la alarma de mi reloj de pulso marcó la una de la tarde, y justo en ese momento sonaron ráfagas de fusil, seguidas por fuego nutrido de ametralladora. Cayeron palos y hojas, las balas zumbaron muy cerca. Nalliby gritó: “¡salgamos, camarada!”, mientras se dirigía a su caleta; también vi pasar a Alexis con el flash en una mano y el fusil en la otra. Iba al puesto de guardia, donde sonaban tiros, a activar el minado preparado para esos casos.

A toda prisa me puse el chaleco, metí tiró en la recámara del fusil, lo desaseguré y recogí el computador y unas pocas cosas; permanecer más tiempo era arriesgado.  Salí con el equipo al hombro y la esperanza, casi certeza, de que todos estábamos bien y dispuestos a tomar puesto. Con sabor a miedo en la boca y una vibración que agitaba mi cuerpo aún más rápido que mis pasos, me preguntaba por el número de enemigos que nos asaltaba y si la aviación llegaría de inmediato. Buscando tranquilizarme, pensé que en cualquier momento vendría el refuerzo de los camaradas que se hallaban a unos 15 minutos, mientras el grupo  de retención (Samuel, Nalliby, Alexis y Elkin), respondía ante el ataque como estaba previsto.

A juzgar por la procedencia de los disparos enemigos, las distintas caletas no estaban en riesgo, exceptuando la de Laura y la mía, en las que se concentraba el fuego. Conocía de su valor, así que pensé que tras sacar sus cosas, no tardaría en encontrarse conmigo. No tenía la menor duda de que así sería. A lo largo de siete años había reaccionado de manera inteligente y serena en diversas situaciones parecidas.

Nos retiramos unos 50 metros. Con excepción de Laura, nos reunimos todos los que debíamos estar ahí. Con preocupación, me enteré por Sofía que Laura estaba herida. Estaban juntas, pero ella la había empujado para que saliera y me trajera la razón de que la mandara a sacar. En ese momento llegaron los refuerzos y les pedí que fueran a buscarla. Imaginé que si no podía salir era porque estaba herida en las piernas.

Pensé angustiosamente en ella. Era valiente, alegre, de espíritu trabajador e incansable, exigente con ella misma hasta el límite. En sus tareas cotidianas enseñaba sistemas, comunicación, edición y locución a los guerrilleros y guerrilleras. Ingeniosamente creativa, hacía radio, producía videos, diseñaba impresos, desde una tarjeta, almanaques, boletines, revistas, libros, entre otros. Con todo y eso, le sobraba tiempo para revolotear por el campamento haciendo chistes con los que encontraba a su paso. Ranchaba, remolcaba, prestaba su turno de guardia y era particularmente solidaria, en especial conmigo.

¡Cómo había aprendido  a querer a esa guerrillera! Más allá de nuestro vínculo como camaradas, compartíamos día a día nuestras alegrías, nuestros dolores, nuestras tristezas.  Sabía de su lealtad incondicional, ¡qué orgullosa me sentía de ella! ¡Esa era nuestra amada Laura!

La trajeron enseguida, luciendo un rostro que parecía dormido. Estaba pálida, aún tibia, con los labios entreabiertos. Quise oírle hablar sobre su sueño, verla estallar en risas, enterarme de sus palabras, pero comprendí que su voz nunca más rompería el silencio de la montaña. En adelante su acento juvenil y firme estaría acompañando las gargantas que agitaban las luchas en las calles, coreando consignas de libertad y justicia con los estudiantes, coreando el clamor de las comunidades campesinas, indígenas, afrodescendientes, trabajadoras, femeninas.

¡Cómo mitigar este punzante dolor por su ausencia! ¡Cómo no extrañar su dedicación absoluta a esta causa, su trabajo creador, su tesón, su sacrificio permanente, su convicción en un futuro distinto! Entre bromas solía especular acerca de nuestro trabajo al lograrse un acuerdo de paz. Se veía a sí misma estudiando, profundizando sus conocimientos en diseño y publicidad, instalada en un gran centro de comunicación y medios, en donde no solo estudiaran antiguos combatientes, sino también las comunidades, donde los jóvenes, niños y niñas pudieran tener espacios para desarrollar su creatividad e iniciativas.

Bullosa como era, le encantaba la rumba, jamás se cansaba de bailar. Aunque sufriera en silencio la amargura de tener tan lejos su retoño, el ser a quien más amaba en la vida, la criatura por quien había derramado su infinita ternura. Ay, Laura, tener que vivir para siempre sin tu irremediable alegría, sin tus sueños avizores, sin tu frenética actividad sembradora de ilusiones. Cómo sacudiste nuestras vidas con cada uno de tus pasos, de veras fuiste una auténtica revolución.

 

La Habana, 25 de febrero de 2014.



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