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jueves, 6 de febrero de 2014

Un 2014 corto, pero tempestuoso

Está fuera de lugar la mínima posibilidad de que las FARC-EP firmemos algún acuerdo de paz ajeno a la profundización real de la democracia y la justicia social en Colombia.

Podemos  aventurar que el 2014 será un año corto. De hecho ya se fue el primer mes y comienza el más breve de todos. Las elecciones parlamentarias de marzo y las presidenciales de mayo nos dejarán a las puertas del campeonato mundial de fútbol, que con Falcao o sin él, terminará a mediados de julio, con la fiesta del día del padre y la próxima posesión en agosto del nuevo o el mismo Presidente.

El 20 de julio estará Santos dando parte de sus 4 años de gobierno, y de agosto en adelante comenzará a moverse el engranaje de Administración nacional recién elegida. Vendrá la presentación al Congreso del plan nacional de desarrollo para los siguientes cuatro años y la discusión del nuevo presupuesto para el 2015. Los afanes electoreros y las consiguientes recomposiciones políticas  conducirán a que los avances en las conversaciones entre gobierno e insurgencia pasen a segundo plano.

Santos anuncia que su principal bandera será la consecución de la paz, lo cual parece comprometerlo a perseverar en los diálogos con las FARC-EP, independientemente de lo que alcance a pactarse antes del 25 de mayo. Además está la expectativa por el comienzo de conversaciones con el ELN, en lo que sin duda gobierno y esa fuerza insurgente han de estar trabajando con urgencia a la sombra.

Está pendienteel tema del narcotráfico, asunto de grandes dimensiones y alcances, que puede estirarse ante las nuevas realidades internacionales y locales.Basta con ver el cauteloso proceso de legalizaciones en curso en los propios Estados Unidos y algunos otros países, para entender que hay mucho de dónde agarrarse a la hora de discutir las políticas punitivas, mientras que la reactivación de las fumigaciones en las zonas agrarias terminará por enredar más las cosas. No tardará en manifestarse la respuesta airada de las comunidades afectadas.

Esa realidad obligará a que coincidan las luchas de las comunidades perseguidas con el tema que se discute en la Mesa, una cuestión que el gobierno nacional siempre ha evadido. Además le quedará supremamente difícil al Presidente Santos, desde el punto de vista político, después de sus giras internacionales promocionando el proceso de paz, en lo que Davos y la cumbre de la CELAC marcaron verdaderos hitos, echarse para atrás y patear la Mesa con una guerrilla que ha sabido mostrarse propositiva y abierta a la búsqueda de soluciones.

Desde luego que la intensa dinámica política que se anuncia para este año no va a reducirsea esos aspectos formales. Esos podrán ser los grandes titulares de prensa, que sin embargo no lograrán oscurecer las agitadas aguas de la guerra y de la lucha social y política. Está claro que la Mesa de La Habana puede caer en una ralentización obligada, aunque finalmente podría saldarse con otro convenio parcial, como en los demás puntos, trasladando los temas álgidos para un incierto después. Habrá que verlo. Pero lo que no se detendrá un solo instante es la guerra.

Es clara a estas alturas la estrategia del gobierno al asumir los diálogos con la insurgencia. Fundamentado en la idea autista de que las FARC-EP entraron en conversaciones de paz como producto de su inminente derrota, considera que con el incremento del accionar bélico, nuestra guerrilla, forzada a aceptar que su discurso no es más que una ilusa apariencia, terminará por someterse a sus condiciones de rendición, publicitadas como muy amplias y generosas.

Por eso el trasfondo de la discusión en La Habana será una gigantesca escalada contrainsurgente, que además de los bombardeos y ofensivas militares de toda naturaleza, incluirá detenciones, allanamientos, persecuciones, asesinatos, montajes y la diversa gama de arbitrariedades en que son expertas las autoridades policiales, militares y judiciales. Será la manera real como el gobierno nacional buscará la concertación de un acuerdo en la Mesa. Y lo hará con toda saña.

Lo cual no excluirá, muy a su pesar, la respuesta del otro lado, cansado de escuchar las voces que le piden repetir o prolongar sus ceses unilaterales de fuego, mientras el Presidente condena la mínima posibilidad de tregua. Sin excluir que la confrontación, librada desde el Estado bajo la concepción del enemigo interno, afectará hondamente a la población civil, que sin duda terminará por pronunciarse contra ella de manera cada vez más sonora.

Y está por definirse la cuestión con la alcaldía de Bogotá, que pone de presente el carácter antidemocrático y excluyente del régimen vigente. Una salida obligada de Petro terminará por convertirse en la mecha de grandes conmociones políticas por las trasformaciones estructurales en Colombia. La vaga legitimidad del régimen terminará por hundirse del todo.

También son muchos los sectores fastidiados con tanta demagogia y triquiñuela por parte del gobierno nacional. Las víctimas de la locomotora minera, los despojados por la agroindustria, los quebrados con los TLCs, los desengañados con la adjudicación de tierras, los campesinos, comunidades negras e indígenas burlados en las mesas de diálogo, los estudiantes apertrechados contra la privatización de la educación, el personal médico, los pacientes y las comunidades en franca pugnacidad por una salud verdadera y gratuita. Es muy probable que todo eso estalle en la cara del Presidente, por encima de su campaña por mostrarse solícito con todos ellos.

Está fuera de lugar la mínima posibilidad de que las FARC-EP firmemos algún acuerdo de paz ajeno a la profundización real de la democracia y la justicia social en Colombia, así que si la posición de los representantes del Estado no cambia, puede descartarse de plano su concreción en el 2014. Pero salta a la vista también que la agitación política y social en ciernes, terminará por fortalecer la consigna de la solución política al conflicto.

Sea cual sea el nuevo gobierno, se las verá con un gran movimiento nacional que condena la guerra y exige la paz. Y que no va a tragarse la pública confesión de Santos de que un acuerdo de paz no va a cambiar nada en Colombia. El 2014 pinta así como un año corto, pero tempestuoso.

Montañas de Colombia, 1 de febrero de 2014.



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