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jueves, 6 de marzo de 2014

El triste sabor de nuestras despedidas

Queremos hondamente a los nuestros, a nuestros compañeros de lucha, a los más antiguos, a los más nuevos, a todos aquellos que nos apoyan y ayudan en esta causa.

Por Katherine del Pilar

La vida en la guerrilla es pletórica en vivencias, pero quisiera referirme particularmente a una que, juzgada de prisa, dada su cotidianeidad, podría parecer irrelevante o trivial. Se trata de las despedidas, esos momentos breves que preceden a nuestra partida o a la partida de otros, y que encierran profundos significados.

En nuestro trajinar, las despedidas se suceden a diario. Sin embargo, cada una tiene su propia connotación. En mi parecer, su carácter se halla en dependencia de tres factores: el tipo de misión a cumplir, el tiempo de la ausencia, y claro, la persona de la que nos despedimos.

Dadas nuestra clandestinidad y la persecución del enemigo, para nosotros juega un papel preponderante el principio de la compartimentación, nadie debe saber más de lo que necesita para realizar su propio trabajo. Por eso, cuando alguien parte a una tarea, los que quedan en el lugar, trátese de un campamento o un sitio provisional en  una marcha, ignoran por completo hacia dónde se dirige el que sale, cuánto tiempo tardará en regresar, o cuál es la tarea que sale a desempeñar. Informarlo o intentar averiguarlo constituyen violaciones a nuestros reglamentos, porque ponen en riesgo la seguridad de todos. Es algo que todos sabemos y aceptamos.

Pero los sentimientos son necios y muchas veces quisieran saber, aunque sólo fuera por estar más tranquilos. Ellos han aprendido a identificar la dimensión real de la partida según la forma en que se produce. Así, cuando alguno se aleja por un tiempo breve y conla certeza de un pronto regreso, puede leerse en su actitud un despliegue de alegría. Sus ojos dicen que está contento por el repentino cambio de actividad, porque va a recorrer y visitar otros lugares, porque va a contar sus repetidas historias en otras partes, porque se desprende del riguroso régimen interno diario, porque quizás va a ver otras personas de su interés.

Otro es el caso cuando la partida obedece a la orden de cumplir una misión que implica confrontación con el enemigo. Quien parte puede llevar la convicción de que saldrá victorioso en el combate  y que volverá a experimentar la dicha del reencuentro, pero su manera de abrazarnos en cuanto se despide, el aire fraterno tan intenso y hasta su beso en nuestra mejilla, adquieren tal intensidad, que silenciosamente nos permiten adivinar a qué sale. Por eso pronunciamos  con mayor afecto el cuídate mucho de siempre, y con acento más sincero el espero volverte a ver pronto. En ese caso no sobran tampoco unas cortas palabras de aliento, apunta bien.

Otras veces la evidencia resulta demasiado grande. Quien parte sabe que se va de traslado, que muy difícilmente volverá a verse con la gente con la que ha compartido tantas cosas por tanto tiempo. Aunque no nos lo diga, basta con ver su dificultad para expresar unas palabras coherentes, el modo como se abraza a cada uno de sus camaradas, sus ojos inundados de tristeza,  las lágrimas que brotan con la última de sus miradas al grupo. Todo nos indica que no volveremos a compartir nuestras vidas con él, a menos que transcurra mucho tiempo, y quizás en qué condiciones. De todas formas él sí sabe que a todos, al grupo del que se despide, no volverá a verlo nunca más así reunido. Y nos lo está diciendo con su manifiesta perturbación.

Para ser honesta, debo reconocer que como en todos los grupos humanos, también dentro de nosotros hay algunos con quienes no nos llevamos bien. Puede que no se trata de diferencias ideológicas o políticas, pero la fraternidad y la solidaridad que nos caracteriza, por una u otra razón, resultan afectadas con otro de nuestros compañeros de filas. No nos entendemos, chocamos sin proponérnoslo. De  repente sucede que todo eso ha desaparecido, lo miramos o nos ve de otra manera, brota en nuestros ojos un espontáneo brillo de reconciliación, nos abrazamos quizás por primera vez en forma sincera. No hay duda, la despedida es para mucho tiempo.

En nuestra organización los lazos que nos unen no son sólo ideológicos o políticos, existen también los afectivos. Aprendemos a querer a los otros. Con una fuerza muy poderosa. Es cierto que cada uno de nosotros tiene su familia, padre, madre, hermanas y hermanos, sobrinos, hijos en muchos casos. A ellos siempre nos unirán unos fuertes lazos de afecto, su recuerdo jamás se desprenderá de nosotros. Ahora que lo escribo, pienso en que de algún modo seguimos amando unos seres cada día más desconocidos para nosotros. Todo el mundo cambia, pero para nosotros nuestras familias permanecen siendo las mismas que conocimos, como actores de una película que vemos muchas veces, pero que en su vida real son otros. Una familia virtual, en gran parte imaginaria.

En su lugar, al pasar el tiempo, el conjunto de nuestros camaradas comienza a llenar nuestras carencias afectivas, se va convirtiendo en nuestra familia real, por la que profesamos sentimientos de respeto, admiración e inmenso cariño. Por encima de las dificultades y continuos cambios de frente, el sentimiento de apego se va aferrando de manera sorprendente. Queremos hondamente a los nuestros, a nuestros mandos, a nuestros compañeros de lucha, a los más antiguos, a los más nuevos, a todos aquellos que nos apoyan y ayudan en esta causa. Y no sólo profesamos ese sentimiento hacia las personas, sino a todo cuanto nos rodea, a estos montes, a estas aguas, a estas noches y ambientes. A los bienes de la organización, a los utensilios.

Es por eso que en cada despedida, sobre todo en aquellas que suponemos serán para siempre, se nos desgarra el alma, experimentamos un dolor agudo y profundo. Nunca será fácil darle un eterno adiós a lo que durante tanto tiempo ha constituido tu vida, tu mundo. En nuestro apoyo acuden entonces las convicciones, los principios, la subordinación y la confianza en nuestra Dirección. Auxiliados por la claridad de nuestras ideas, nos resolvemos a partir sin darle más vueltas al asunto, expectantes por las nuevas experiencias y realidades que tendremos que asumir adonde lleguemos. Eso no quiere decir que no nos dé tristeza, significa tan solo que sabemos sobreponernos a ella. En la lucha hay caminos ineludibles y no hay más opción que hacerlos.

Montañas de Colombia, 3 de marzo de 2014.

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