Video

miércoles, 9 de abril de 2014

El poder jamás detendrá la lucha de los pueblos

Cada escalón conquistado es de por sí un triunfo, al igual que cada día que se permanece en la disputa.

Por Gabriel Ángel

Por todo lo sucedido, conquistado y sufrido, podríamos concebir el siglo 20 como una era de rebelión generalizada contra el sistema. Asiáticos, europeos, africanos y americanos de todas las latitudes parecieron vivir un arrebato incontenible de energía creadora. En cambio, tendríamos que considerar el siglo actual, por sus desarrollos visibles, por fuerza de los hechos, como una era de gran contraofensiva, de desquite y escarmiento por cuenta de los poderosos.

Cien años atrás, México se estremecía en las violentas convulsiones de su revolución campesina. Pancho Villa y Emiliano Zapata preparaban por el norte y el sur su imbatible presencia triunfante en la capital federal. Hoy, Enrique Peña Nieto, Presidente del Estado, agente oficial de los grandes poderes del capital transnacional, conduce los destinos mexicanos por los cauces del más rabioso neoliberalismo, machacando inmisericordemente en nombre de la ley a ese pueblo rebelde.

John Reed, periodista y comunista norteamericano de gran renombre entonces, no sólo daría cuenta al mundo de la justicia y la heroicidad de esa causa por la tierra, sino que por esas dinámicas de la época, tendría oportunidad de registrar con su pluma los avatares de la revolución bolchevique en Rusia, al igual que las impresionantes jornadas huelguísticas de la clase obrera de Chicago, integrada mayoritariamente por emigrantes de inclinación socialista.

Hoy son la CNN y demás monopolios informativos mundiales los que durante las veinticuatro horas del día se encargan de informar a todas las naciones acerca de los extraordinarios triunfos de la reacción global. Gracias a ellas, los pobladores del planeta pueden conocer en directo el modo como se tritura con bombas inteligentes o brutas a los iraquíes, palestinos, sirios o colombianos, entre otros, y aprender así en vivo lo que significa oponerse al gran capital.

No se trata ahora de conmover la conciencia del pueblo de los Estados Unidos, transmitiéndole en directo las atrocidades que sus tropas cometen contra pueblos indefensos en cualquier rincón del planeta, ni de enterarlo de los furiosos levantamientos de los negros contra su discriminación. Se trata de convencerlos a ellos y los demás habitantes de la Tierra, de que su Presidente negro Obama defiende mediante el terror blanco la causa de las libertades y los derechos humanos.

El orden impuesto por el capital ha alcanzado por primera vez una auténtica dimensión mundial. Quizás eso se esté diciendo desde cuando Colón llegó a América y la expedición de Magallanes dio la vuelta al mundo. Tal vez se haya repetido en las épocas de las compañías holandesa e inglesa de las indias orientales. Áulicos y propagandistas ha habido siempre. Pero nada como los circuitos extractivos, productivos, comerciales, militares, comunicacionales e informáticos de hoy.

En el pasado jamás se dio que un agricultor malayo, peruano o griego se vieran afectados a un tiempo porque el negocio de los granos en el mercado mundial sufriera los embates de la especulación en la bolsa de valores de Tokio, Londres o Nueva York. Agentes químicos, semillas, técnicas de cultivo y comercialización se estandarizan al compás de la voluntad de insensibles multinacionales que aseguran servir al sano interés de sus millones de accionistas.

Agencias crediticias internacionales regulan la economía de cada uno de los países, de acuerdo con las conveniencias del modelo de acumulación fundado en el libre comercio, las privatizaciones y la competitividad. Con la descolonización generalizada de mediados del siglo XX se fundaron naciones soberanas que pugnaban por sus propias formas de desarrollo. Hoy la sola idea resulta inconcebible, hay que insertarse, y rápido, en el modelo establecido, único admisible y viable.

En el pasado, la humanidad fue víctima de espantosas guerras entre las grandes potencias capitalistas que pugnaban por el dominio del mundo, es decir por sus recursos y mercados. En el presente, arreglos entre las grandes corporaciones transnacionales y sus agentes políticos parecen garantizar la erradicación de esas anticuadas prácticas. Hoy por hoy sólo caben las guerras de ejemplar sometimiento contra las naciones que se salen del guión establecido.

Hace décadas que no existen una Unión Soviética, una Europa Oriental o algunos Estados nacionalistas emergentes como Argelia, dispuestos a brindar solidaridad y apoyo a pueblos ansiosos por edificar su propio camino al desarrollo y la justicia. Lo que no se engulló el gran capital fue puesto a girar en su órbita, de acuerdo con las reglas del modelo que prohíben cualquier tipo de solidaridad. Al internacionalismo se le llama ahora apoyo al terrorismo.

Por eso conmueven en grado superlativo la tenacidad y firmeza de las causas y pueblos que por todo el planeta se oponen y enfrentan, cada una a su modo, al dogma imperante. No podemos, bajo ninguna circunstancia, pensar o admitir que porque los poderes internacionales y locales del capital asumen dimensiones tan extraordinarias, la lucha de los inconformes carece de sentido, ha desaparecido o está condenada a la más humillante derrota.

Empezando por el reconocimiento de que a mayor acumulación, centralización y concentración de la riqueza, corresponderá necesariamente un incremento proporcional de la pobreza y las miserias. Mientras existan las injusticias, la rebeldía se alimentará y crecerá. Nada está definido aún. Alejo Carpentier preveía en los años 70, en medio de las dictaduras fascistas que colmaban el continente, que a esa ola le sucedería otra de democracias populares. Y no erró demasiado.

Los imperios mediáticos, la fuerza estatal y paraestatal, los aparatos de inteligencia, la alienación ideológica, la politiquería y la descomposición pueden mantener aisladas y hasta enfrentadas las luchas de los pueblos.  Lo cual no significa que tenga que seguir siendo así por siempre. Si las crisis financiera, ambiental, alimentaria, humanitaria y civilizatoria a las que nos empuja la depredación neoliberal no son suficientes para cambiar las cosas, la lucha generalizada terminará por lograrlo.

No nos importan los ditirambos triunfales ni la soberbia de los discursos. Sabemos que las grandes transformaciones son consecuencia de prolongados procesos históricos. Que la humanidad en su conjunto marcha y que nosotros nos hallamos en el camino correcto. Cada escalón conquistado es de por sí un triunfo, al igual que cada día que se permanece en la disputa. La vida es plena y feliz si cada mañana nos sorprende con la frente en alto y las armas prestas. Así no hay derrota posible.

Montañas de Colombia, 6 de abril de 2014.

0 comentarios:

Publicar un comentario