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lunes, 12 de mayo de 2014

Es hora de excluirnos de la lista negra

El trasegar de las FARC-EP por Europa

Por Norberto Paredes

Comisión Internacional de las FARC-EP

Este 2014, que empezó con renovados esfuerzos y bríos por conseguir la tan anhelada solución política al conflicto social y armado que desangra a nuestra Patria, marca también un año más desde que nuestra organización empezara a desplegar un sostenido y entusiasta trabajo político-diplomático en el llamado "viejo continente".

Para entender cómo y por qué las FARC dirigieron su mirada hacia Europa, hay que analizar el contexto histórico y político-militar en que se decidió cruzar el océano Atlántico para dar a conocer nuestra realidad y nuestro proyecto revolucionario. Efectivamente, si bien ya existía de antemano un trabajo internacional de la organización, es en la Octava Conferencia nacional de las FARC-EP, celebrada en 1993, cuando se decide conferirle un carácter estratégico.

La etapa posterior a los diálogos de Cravo Norte, Caracas y Tlaxcala (30 de abril 1991 – 5 de mayo 1992), frustrados por el gobierno neoliberal de César Gaviria Trujillo y el imperialismo norteamericano, estuvo marcada por las crecientes y cada vez más impactantes acciones militares de la guerrilla en contra de las fuerzas armadas y de seguridad del régimen oligárquico. Cerrados todos los espacios democráticos a punta de masacres indiscriminadas y asesinatos selectivos de opositores e inconformes, y con el genocidio político de la Unión Patriótica en pleno apogeo, el auge de la lucha del pueblo en armas puso de manifiesto que la correlación de fuerzas con el enemigo se iba redefiniendo en el campo de batalla.

Lo anterior, desde luego, planteaba la necesidad de analizar e implementar planes y políticas en todos y cada uno de los terrenos referentes a las condiciones objetivas y subjetivas que, en última instancia, influyen y hasta determinan los avances o retrocesos de cualquier proceso revolucionario.

El factor internacional, por supuesto, pasó a tener un peso específico mayor en nuestro Plan Estratégico para la toma del poder por el pueblo, tanto en su dimensión objetiva, es decir los equilibrios y contradicciones entre bloques y potencias imperialistas, el impacto geopolítico del desmoronamiento del campo socialista, etc., como en la subjetiva, referida al estado del movimiento comunista y revolucionario en el mundo y el comienzo del proceso de cambios en América Latina a partir del triunfo del Comandante Hugo Chávez en las elecciones presidenciales venezolanas en 1998, entre otros.

Frente a un mundo cada día más convulsionado y permeado por la incertidumbre y la desbandada ideológica, política y ética de amplios sectores otrora de izquierda, nuestro entrañable camarada Manuel Marulanda Vélez, cual estratega visionario, planteó que se hacía imprescindible tejer una telaraña de relaciones políticas y diplomáticas con la mayor cantidad posible de gobiernos, fuerzas políticas y sociales en el mundo entero, para ir sembrando el terreno del cual habría de brotar, en primer término, el reconocimiento de la insurgencia revolucionaria como fuerza beligerante, para lo cual cumplimos todos los requisitos señalados en el Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra; y, después, el reconocimiento del nuevo gobierno, que se instauraría producto de una gran ofensiva guerrillera combinada con una insurrección popular de las masas campesinas, obreras, indígenas, estudiantiles y de todos los excluidos.

Además, tómese en cuenta que las relaciones internacionales a múltiples niveles son un elemento clave para acompañar y facilitar la búsqueda de un camino distinto a la guerra.

Es en este marco conceptual y estratégico que debe mirarse la iniciativa diplomática fariana en Europa, emprendida con fuerza después de la Octava Conferencia mediante el despliegue oficial de la Comisión Internacional encabezada por el camarada Raúl Reyes.

Hay que decir que el primer paso fue dar a conocer la situación de Colombia, su historia contemporánea, pero incursionando también en la época de la colonia y en la epopeya de las gestas por la independencia de España. Había que dar a conocer las causas que han generado y que siguen alimentando el conflicto social y armado, y las propuestas de las FARC para superarlo. Sin duda alguna también el público europeo, en los más diferentes escenarios, mostró su interés por las modalidades organizativas y el perfil ideológico de una guerrilla que, siendo la más antigua de Nuestra América, se estaba dando a conocer a los pueblos europeos años después de que lo hicieran otros movimientos de liberación nacional latinoamericanos, ya desmovilizados o en franco repliegue.

Los representantes farianos no solamente se ganaron el respeto del enemigo de clase, es decir gobiernos y hasta sectores empresariales, por su capacidad diplomática y su seriedad, sino que cosecharon la simpatía, el respaldo y la solidaridad de innumerables partidos, movimientos sociales, sindicatos y organizaciones revolucionarias, que admiraron por sobre todas las cosas la tenacidad y la coherencia ideológica de las FARC, su solidez y su perseverancia, tremendamente rescatables en un momento histórico plagado de cantos de sirena acerca del fin de la historia, la pérdida de vigencia de la lucha armada y otras narraciones de los vendedores de humo a sueldo del la gran burguesía.

Centenares fueron las reuniones, foros, charlas, seminarios, conferencias, marchas y huelgas en que la insurgencia marquetaliana entregó y recibió apoyo, solidaridad internacionalista, aplausos y hasta aportes y sugerencias constructivas. Si bien no faltaron provocadores y francotiradores reaccionarios, jinetes de la alienación mediática y la desinformación estratégica, la diplomacia guerrillera logró posicionar en pocos años la lucha del pueblo colombiano y sus anhelos de paz con justicia social en las agendas de gobiernos e instituciones de distinto nivel, así como de los movimientos sociales y contestatarios de varios países europeos.

Semejante labor, que se vio reflejada en la participación internacional en los diálogos del Caguán, asustó al régimen colombiano y a Washington, cuyos intentos permanentes de desprestigiarnos y calumniarnos se vieron ridiculizados en más de una oportunidad justamente en territorio europeo, como el mismo ex presidente Pastrana tuvo que reconocer en su momento.

Aprovechando los atentados del 11 de septiembre 2001 en Estados Unidos, y la posterior ruptura gubernamental en febrero 2002, del proceso de paz del Caguán, el imperialismo forzó la inserción de las FARC y el ELN en la lista de organizaciones "terroristas" de la Unión Europea. A dicha medida ilegítima y artera de carácter supranacional, se han sumado otras por parte de la UE y de algunos de sus países miembros, como la persecución y el enjuiciamiento de compañeras y compañeros europeos o colombianos refugiados allá, por haber expresado solidaridad con la lucha de las FARC o simplemente haber condenado la barbarie de la seguridad democrática del narcoparamilitar Uribe Vélez. Éste, durante sus dos mandatos, no escatimó esfuerzos para aislar y calumniar a la insurgencia colombiana, encontrando cierta colaboración por parte de autoridades europeas a la hora de impedirnos expresar nuestros puntos de vista como parte beligerante que somos.

Hoy, a la luz de las conversaciones de La Habana en que el gobierno colombiano y la comunidad internacional nos reconocen como interlocutor válido de hecho y de derecho, no tiene sentido ni presentación que estados europeos sigan tildándonos de terroristas y pretendan impedirnos contar a esos pueblos la verdad incómoda que el régimen pretende ocultar. Ya es hora de que la Unión Europea remueva a las FARC de su arbitraria lista de "terroristas", y permita la apertura de una oficina de representación político-diplomática que funcione con todas las garantías pertinentes. Eso sería su mejor aporte a la paz de Colombia.

50 Aniversario farc ep

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