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viernes, 16 de mayo de 2014

Juan Manuel Santos habla de paz vomitando fuego

Iván Márquez

Integrante del Secretariado de las FARC

 

El presidente de Colombia, que adelanta un proceso de paz con las FARC en La Habana, afirmó en reciente teleconferencia con los jefes militares y policiales, que: "Hay que mantener la ofensiva; aquí no vamos a dejar de ser contundentes en todo el accionar de nuestras fuerzas armadas frente a la guerrilla, sino hasta el momento en que firmemos los acuerdos".

Resulta paradójico e incoherente que un hombre que ha hecho de la paz el estandarte de su campaña por la reelección a la presidencia, ordene al mismo tiempo a sus oficiales presionar con más operativos militares a la insurgencia con la que dialoga.

Sólo en Macondo ocurre que un Presidente abanderado de la paz sea al mismo tiempo abanderado de la guerra. Y solo sus gobernantes que han respirado durante décadas la locura de la violencia, se horrorizan cuando el anhelo de paz se levanta como esperanza posible, y entonces ordenan dispararle y bombardearla para matarla. Prefieren la paz de los sepulcros, a la paz con cambios sociales, económicos y políticos.

Hacerle concesiones a la guerra, arrojando la paz al foso de los leones de la contienda electoral, es un despropósito que insulta el sentimiento de reconciliación de las mayorías nacionales.

Y es a este escenario, contaminado del militarismo del régimen, y en duro contraste que debe llamar a la reflexión, que llega el importantísimo apoyo al proceso de paz de Colombia enviado por más de doscientos parlamentarios de Estados Unidos y de Europa, el cual agradecemos en nombre del país que anhela la reconciliación.

La confianza y el optimismo que en los diálogos de La Habana tienen los amigos de la paz para Colombia, nos anima a seguir adelante, y con ellos compartimos que la única opción para lograr una paz efectiva y duradera es a través de la solución política, que sin duda debe iniciarse tomando medidas necesarias para reducir el costo humanitario del conflicto. Y es de esta consideración, precisamente, de donde deriva nuestra posición constante a favor de un cese al fuego que alivie las zozobras y penurias de la población en su conjunto, y nuestra disposición a asumir una tregua bilateral en los términos en que nos lo plantean los parlamentarios de Washington, Londres, Dublín y Belfast, sumándose a un clamor que es nacional.

Por la paz hay que hacer hasta lo imposible, porque ella es el gran derecho síntesis, sin el que ningún otro derecho tiene aplicación. La derecha guerrerista que ha impuesto la injusticia y la exclusión no nos va a condenarnos a una guerra perpetua.

Colombia toda, la urbana y la rural, la negra e indígena, la de las capas medias y los estratos bajos, debe ponerse en pie y en marcha para defender el bien sagrado de la reconciliación y la paz. Esta oportunidad de paz pertenece al pueblo y solo él como soberano está en el derecho de definir su rumbo.

El anhelo de paz de los colombianos no está solo. Esperamos el refuerzo de los pueblos del mundo para que la reconciliación en esta esquina del norte de Suramérica, sea al fin una realidad para sus pobladores y ejerza sus influjos benéficos sobre el resto del continente.

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