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viernes, 9 de mayo de 2014

La importancia de no tragar entero


Elucubraciones en torno a la obra de Pedro Claver Téllez sobre el asesinato de Jacobo Prías Alape, Charronegro, el crimen que daría origen a las FARC.

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Por Gabriel Ángel

Ha sido tan prolongada y constante la labor de propaganda desatada contra las guerrillas, que muy difícilmente un ciudadano corriente puede tener alguna opinión favorable sobre ellas. Al escuchar a personeros suyos hablando de paz, de entendimiento civilizado, de reconciliación, su primera reacción puede ser fácilmente la incredulidad, si no la indignación.

De repente los lobos que le han enseñado a odiar se presentan ante los medios como si fueran ovejas, hablando con dignidad, responsabilizando del conflicto y sus consecuencias precisamente a aquellos a quienes a él siempre oyó identificarse como los buenos, los justos, los legítimos y los legales. ¿Qué burla es esa?, se pregunta. ¿Quién ha permitido una cosa así?

Pero no puede negarse que en lo dicho por esos sujetos hay algo de sentido. Algo que él bien pudo haber escuchado, sin darle mayor importancia, a otras personas que gozaban de alguna respetabilidad. O incluso algo que él mismo había llegado a pensar alguna vez, sin atreverse a dar largas al asunto. Ricos egoístas, pobres perseguidos. ¿No se refirió Jesucristo también a eso?

La avalancha contraria se precipita enseguida. Ningún funcionario del régimen deja de lanzar su rabiosa diatriba, la gran prensa regala joyas de lo más granado del periodismo y la literatura para desmentir por completo lo dicho. La paz está a punto de conseguirse, arguye el Presidente, sólo porque  con bombas, guerra y muerte obligamos al enemigo a sentarse a la Mesa.

Ministros y generales advierten que un proceso de paz no puede confundirse con la debilidad, la ofensiva ha de continuar, incluso con más fuerza, hasta obligar a los alzados a firmar la paz. Sectores extremos, en la oposición, se atreven a calificar de pusilánime la actitud de ese gobierno. Debería haber exigido la rendición absoluta como pre requisito para dialogar, claman furiosos.

Sectores menos extremos, también de oposición, aplauden la iniciativa de paz del Presidente. El giro que necesitaba Colombia. A su modo, también incitan a las guerrillas a firmar la paz cuanto antes. No puede desperdiciarse esta oportunidad única y feliz. Habrá programas de rehabilitación que manejarán miles de millones, excelentes oportunidades de prosperar si se firma la paz.

Como consecuencia del proceso de paz, los jefes guerrilleros no dejan de aparecer en los registros mediáticos, así en la mayoría de las ocasiones se persiga desprestigiar sus dichos. Pero no dejan de colarse cosas inquietantes. La paz consiste en eliminar las causas del alzamiento, y aseguran que son la falta de democracia y de justicia social. Mucha gente perseguida también lo ha dicho.

Enemigos del proceso de paz coinciden con el gobierno en que no deben tratarse con las guerrillas los temas cruciales de la vida nacional, el latifundio, los tratados de libre comercio, la extranjerización de las tierras, la doctrina de seguridad vigente en el país, la política de recursos naturales, la agroindustria, el modelo electoral, el régimen político. El diálogo no es para eso.

En cambio sí que debe exigírseles responsabilidad por todas las violencias ocurridas en el país desde su alzamiento. Que confiesen sus múltiples crímenes, que pidan perdón por todos y paguen las penas que les correspondan, incluso, si es el caso, en el exterior. Que reconozcan su condición de carteles de la droga, que juren desmantelarse y que respondan por ello, donde sea.

Los guerrilleros no pierden oportunidad de exponer su versión. Sin represión y Terrorismo de Estado no hubiera habido alzamiento. Apelan a la historia para probarlo, desde la Gaitana, Benkos Biojó y los comuneros, a Bolívar, José María Melo, Rafael Uribe Uribe, la hegemonía conservadora, Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril, la violencia bipartidista, Marquetalia y la Unión Patriótica.

Y culpan por la violencia y todos los males del país a las clases dominantes, a la entrega del país a los intereses norteamericanos. Recuerdan a la United Fruit y sus semejanzas con la Drummond, a los pájaros de los años cincuenta y sus herederos paramilitares de hoy. Apoyan las reacciones de las comunidades indígenas, negras y campesinas contra el modelo actual de desarrollo.

La paz también da lugar a los cínicos, a los oportunistas, a los candidatos a la Presidencia. Cada uno defendiendo su paz, la que conviene al círculo estrecho que representa. Campesinos, indígenas y negritudes se unen a favor de una paz diferente y elaboran pliegos unitarios. Adquieren volumen las protestas, las movilizaciones, los paros. La paz hierve al rojo vivo.

Los nihilistas petulantes como Fernando Vallejo, al fin y al cabo tan funcionales al régimen que los aplaude, contrastan con hábiles indagadores como William Ospina, no en vano tan cercano a la Marcha Patriótica de los de abajo. Al tiempo, los plinioapuleyos nos presentan a la acorralada Salud Hernández como candidata a gloria de las letras españolas en América.

¿A quién diablos puede creer el ciudadano colombiano? Aparte de no vivir en el aire, sino inmerso en una realidad económica, social y cultural específica, en la que conflicto y paz adquieren su propia connotación, repercutiendo por consiguiente en su propia percepción, creemos que sus ideas debieran ser producto de un afán sincero por conocer la verdad.

No se trata de creer en dogmas, ni de repetir consignas aprendidas. Se trata más bien de esforzarse por investigar, por estudiar, por aprender. De los tantos enfoques sobre la paz y la guerra, habrá de haber uno que se adecúe mayormente a sus propios entorno y experiencia. Hacerse a un criterio fundado en el saber y entender, conduce a las mejores decisiones.

Creo que en eso radica el mérito de la obra de Pedro Claver Téllez sobre el asesinato de Jacobo Prías Alape,Charronegro, un crimen que al criterio del editor partió en dos la historia reciente del país. Punto de quiebre, título de la investigación que adquiere casi formato de novela, se limita a presentar los hechos y personajes tal como se presentaron y fueron.

Una excelente crónica que atrapa al lector de principio a fin. Y que puede constituir el punto de partida para quienes deseen conocer sobre los orígenes del actual conflicto colombiano. La lectura de las cinco obras reseñadas en la bibliografía final seguramente completa el cuadro menos difundido de la actual confrontación que se vive en Colombia. Algo que vale la pena leer.

Montañas de Colombia, 5 de mayo de 2014.



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