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viernes, 16 de mayo de 2014

OTRA VEZ, EL HEROE DE INVERCOLSA

Por: Pablo Catatumbo.

Miembro del Secretariado Nacional de las FARC-EP

 

La columna de Fernando Londoño Hoyos, "El ocho mil de Santos", publicada por El Tiempo el pasado 7 de mayo, es demostración palmaria y confirmación de la existencia en nuestro país de fracciones políticas ultraderechistas fanáticas que no pueden merecer otro adjetivo que el de fascistas.

El señor Hoyos, ex ministro de Álvaro Uribe Vélez, condenado por haber desfalcado una millonaria suma al Estado por lo cual es conocido en Colombia como "el héroe de INVERCOLSA", desde su torre moral destiló en esas líneas toda una andanada de aseveraciones infundadas que van en contravía de los principios básicos de la ética periodística y de lo que ha de ser el debate público civilizado en un país decente.

Entre estas, han sido altamente resaltadas las relativas a supuestos responsables de intentos de asesinato en contra suya. Sobra decir que fuera de lodazales informativos como Debate.com.co, el Centro de Pensamiento Primero Colombia o Restauración Nacional, estas alucinadas afirmaciones no han tenido acogida en la prensa seria.

Pero lo más grave de la mentada columna, y a lo que queremos referirnos es sobre el tratamiento que Londoño brinda al proceso de paz que se desarrolla en la Mesa de Conversaciones de La Habana.

El autor, cargado de fundamentalismo, rescata una retórica ultramontana para describirnos una suerte de "conspiración comunista-judeo-masónica" en contra de la nación, en donde pérfidos personajes (el "ejército marxista", Fidel, Chávez, la "América comunista" y las celestinas nórdicas de la violencia), urden y maquinan a espaldas del país -según él-, una especie de conjura para el logro de objetivos difusos que el autor nunca deja claros.

En todo este guión se repiten lugares comunes de la discursiva uribista de los últimos tres años: el "castro-chavismo", "el narcoterrorismo" y "la violencia foránea".

La bajeza de esta construcción periodística es monumental. Pretender rebajar de esa manera al acontecimiento histórico y político más importante de la historia reciente de Colombia -los Diálogos de La Habana- es no solo un desatino sino una barbaridad.

Como si el clamor mayoritario por la paz y la reconciliación no importaran, o fueran inexistentes; como si los avances significativos de la Mesa de Conversaciones fueran vanos; como si el convencimiento nacional de que éste es el momento de la paz, fuera algo descartable, el venenoso Londoño carga contra la construcción de paz para Colombia, cual Atila grecoquimbaya de escritorio.

Y lo hace pasando por encima de la mesura que debería caracterizar a quien fuera alto funcionario de un gobierno anterior que mantuvo relaciones diplomáticas con Venezuela, Cuba y Noruega, países amigos de la paz en Colombia a los que Londoño pisotea en su columna por ser acompañantes y garantes del actual proceso de paz.

Con su columna, Londoño demuestra que la tenaz oposición al proceso de paz es la mejor señal para reconocer a los fascistas criollos.

Con su vehemencia militarista, con el amor a la muerte que destilan sus escritos, se resalta la característica cardinal de los tribunos uribistas: la de persistir en una guerra en la que ellos no ponen el pecho, ni arriesgan sus preeminencias.

Londoño escribe sus columnas escandalosas desde la comodidad de un escritorio, con una escolta numerosa y alejado de las realidades de la Colombia profunda que han conducido a esta prolongadísima guerra. Convoca a la guerra desde un mullido sillón, sin tener que ir a ella, mandando a los otros a la muerte para defender sus privilegios, sin conocer sus horrores, sin tener nada que perder con la permanencia de esta confrontación que ya va a completar más de seis décadas.

Ya en una columna de El Tiempo de noviembre de 2013, titulada: "El guerrero de escritorio", Enrique Santos Molano había puesto la verborrea de Londoño Hoyos en el lugar que le corresponde.

El ex ministro, había arengado a favor de la guerra desde uno de sus escritos de aquellos días y apelando al heroísmo de los Espartanos en la batalla de las Termopilas, en un relato repleto de imprecisiones que daban fe de su superficial conocimiento de la historia y de todo rudimento del arte militar.

El escritor Enrique Santos Molano, con gran sensatez y suma maestría, no solo le corrigió las imprecisiones del relato, sino que le señaló la inconsecuencia de dicha postura e invitó al caldense a que si tanto ansiaba la guerra, que marchara a ella como un combatiente más, .

La realidad colombiana no aguanta más el desparpajo de estos enemigos de la paz. Su labor hartera y calumniosa en contra de los deseos de nuestro pueblo por encontrar una solución política justa a esta larga confrontación, no lograra salir avante.

Las ansias de paz de las mayorías nacionales habrán de ser superiores, pues las posibilidades ciertas de alcanzar una Colombia democrática en la que quepamos todos y superar el conflicto, no tiene marcha atrás.

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