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martes, 3 de junio de 2014

Digresiones alrededor de los 50 años

Los he acompañado, sé lo que piensan, lo que aman, lo que admiran y desean. Estoy con ellos, para siempre, hasta la victoria y más allá, digan lo que digan nuestros enemigos.

Por Gabriel Ángel

Recuerdo el día en el que papá cumplió los cincuenta años. Yo apenas tenía catorce. Mamá preparó un almuerzo especial, y había una torta y vino para homenajear al viejo. Aún estaba de moda la famosa canción de Piero, y todos sus hijos la tarareábamos con singular emoción desde la mañana. Poco antes del almuerzo hizo su aparición Noemí, la hermana menor de mamá, quien por casualidad llegó de visita. Al darse cuenta que pensábamos celebrar el cumpleaños de papá, preguntó con algo de curiosidad cuántos cumplía. Cuando se lo dijimos, manifestó su sorpresa, no podía creerlo. En su parecer, su cuñado no revelaba esa edad, se le veía mucho más joven.

Ahora que pienso en ello, caigo en cuenta de que me separan 41 años de aquel primero de julio. Era 1973, y papá moriría 31 años después, a sus ochenta y un años, al igual que el Maestre don Rodrigo Manrique, todos sentidos humanos conservados, cercado de su mujer y de sus hijos y hermanos y criados. Lo supe mucho tiempo después. En la guerrilla las noticias sobre la suerte de la familia siempre llegan tarde. La guerra termina por romper los lazos más intensos. A medida que pasa el tiempo nos vamos comunicando menos con nuestros seres queridos, y de pronto nos percatamos de que ya sólo viven en nuestros recuerdos y afectos más lejanos.

O peor aún, que ya se han muerto, aferrados a la ilusión de volvernos a ver y abrazar, pensando quizás en que los olvidamos con ingratitud, negados a aceptar que no hubiéramos podido acudir un día a visitarlos, a darles el último adiós siquiera, aferrados a la vana esperanza de que haremos presencia en su sepelio. Sin saber que aquí sufrimos indeciblemente, mientras aprendemos a vivir con esa cruz impuesta por nuestros enemigos. Una visita, una llamada, pueden significarnos una muerte brutal. Y a ellos un implacable acoso que les arruine la vida. No debiera ser así, pero la vileza encubierta bajo el disfraz de las instituciones y las leyes es capaz de todo.

Quería decir que los primeros años de entendimiento real del mundo en que vivíamos, se produjeron en mi caso en los años setenta del siglo pasado, con los contados chispazos que lograron fijar en la mente algunos sucesos de la década anterior. El nombre de Manuel Marulanda Vélez, por ejemplo, permaneció en mi recuerdo gracias a las lecturas de la prensa que hacía gustosa mamá todos los días en casa. Creo que así también supe de alguien que llamaban el ideólogo de las FARC, un señor llamado Jacobo Arenas. Como de esa sonora palabra, Marquetalia, que tenía sabor a rebeldía. Nada ligaba mi vida a esas personas y lugares, mi familia era profundamente conservadora y religiosa, alejada por completo de influencias comunistas.

Lo cual se reforzaba con la educación escolar. Mi maestra de tercer año de primaria nos invitaba a orar en la mañana, para que la guerra que se libraba en el mundo entre la Rusia malvada y los Estados Unidos buenos, fuera ganada por estos últimos, pues lo contrario equivalía al reinado del horror sobre la Tierra. Las láminas del texto de Religión que estudié en el Preparatorio de San Bartolomé, mostraban un hombre de rodillas, confesando sus pecados ante un cura de sotana, en una especie de patio, mientras al fondo se veían un grupo de revolucionarios barbados, armados de metralletas, que se reían burlones de la escena. El pie de foto ubicaba la escena en Cuba.

En los periódicos que compraba mamá, también recuerdo haber visto de niño crónicas sobre la muerte de John F. Kennedy  y más tarde de un tal Che Guevara en Bolivia. Una tarde vino mi hermana de la Normal Superior donde estudiaba, relatando que en el barrio San José, se estaba presentando una violenta balacera entre un bandolero llamado Efraín González y el Ejército Nacional. Las ruinas que dejó aquel encuentro permanecieron varios años expuestas a los curiosos que pasábamos en bus por la calle veintisiete, entre la Caracas y la Décima, en el sur de Bogotá. Y el personaje caído se transformó en leyenda en el imaginario de esos barrios, pues se decía que sólo cayó muerto después de muchas horas de combate contra centenares de soldados, a los que estuvo a punto de burlar llegadas las sombras de la noche.

Oí muchos años después una historia parecida, cuando mataron a Iván Marino Ospina, comandante del M-19 en Cali. Qué bravos eran esos hombres que no se rendían jamás, que preferían hacerse reventar la piel por sus poderosos enemigos, antes de mostrar un solo gesto de debilidad o cobardía. Yo sabía bien que papá era un conservador raizal, de los duros de Boyacá, pero jamás escuché de sus labios una expresión descalificadora contra quienes, fuera cual fuera la bandera por la que morían, sabían hacerlo como valientes, fieles a su causa, invencibles gigantes ante la muerte que de todas formas habría de llegarles un día. Jamás imaginé que la vida me llevaría a ser testigo presencial de sucesos así, de tratar con seres  hechos de semejante material.

Los últimos cincuenta años transcurridos en este país, han sido también mi vida, mi acontecer cotidiano. Por qué vine a parar a las filas de las FARC-EP, sólo puede explicarse por la profundidad y la agudeza de las contradicciones en las que se debate Colombia desde muchas décadas atrás. Cuando las FARC celebraron su 25 aniversario, ya militaba yo en sus filas desde hacía dos. También puedo decir entonces, que buena parte de la historia de las FARC forma parte de de mi propia vida. Eso, pese a todas las cosas del mundo y la existencia de las que me haya visto dolorosamente privado, me hace sentir sinceramente orgulloso. Siento que soy lo que debí haber sido, y guardo el más alto respeto por esta organización y sus integrantes.

Traté con Manuel Marulanda y Jacobo Arenas, algo así como escuchar el retumbar de un océano embravecido, la dignidad y la fuerza de un pueblo entero puesto en pie. Compartí y capté la atención de ese faro intelectual que fue Alfonso Cano. Entre otros, estuve subordinado a verdaderos portentos humanos como Adán Izquierdo, Timoleón Jiménez y Pastor Alape. Acompañé al Mono Jojoy hasta unas horas antes de aquella noche nefasta. Juro que fue uno de los hombres más extraordinarios que haya conocido. Rodeado de guerrilleras y guerrilleros sencillos, fraternos y heroicos, he marchado por buena parte de las montañas y selvas del país, compartiendo sus sueños libertarios, de paz y de justicia, admirando su eterna capacidad de sacrificio, su sentido de humanidad, su desprendimiento y su fe.

Los he acompañado en sus combates, en sus fiestas, en sus horas de dolor y derrota, en sus enormes alegrías por cada victoria, en sus cursos de preparación, en sus horas de duelo por sus muertos, en su amarga angustia por sus heridos. He conocido de su solidaridad, de su desilusión ante las traiciones, de su invicta decisión de continuar adelante, pase lo que pase, por encima de cualquier adversidad. Sé lo que piensan, lo que aman, lo que admiran y desean. Estoy con ellos, para siempre, hasta la victoria y más allá, digan lo que digan nuestros enemigos. Aprendí de mi padre que un hombre debe estar donde su conciencia le dicte, que ninguna atadura resulta suficiente para impedir que se emprenda el camino debido. Felices 50 años, camaradas, estas mujeres y estos hombres no tienen otra tarea que vencer.

Montañas de Colombia, 29 de mayo de 2014.


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