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domingo, 6 de julio de 2014

Con James Rodríguez lloramos todos

Algo de este campeonato mundial de futbol se murió ayer tras ese juego, los colombianos lo sentimos como ninguno.

Por Gabriel Ángel

Ayer, tras el final del partido con Brasil, vi llorar a James Rodríguez. Lo hacía con pundonor, con vergüenza deportiva, con esa extraña amargura que sigue a la derrota en el juego y que se niega a desaparecer durante mucho tiempo. Lo consolaban las estrellas de Brasil, en particular David Luis, quien de un soberbio riflazo nos había anotado el segundo gol. De pronto me parecieron dos niños, que se comprenden, se quieren, se pelean y se reconcilian tiernamente.

Qué partido tan brutal, tan cargado de emociones, tan espectacular e inolvidable. Nunca había visto tan acoquinada a nuestra selección como durante el comienzo de ese juego. Comenté a quienes tenía al lado que si éramos capaces de resistir diez minutos sin que nos hicieran el gol, el chaparrón pasaría y levantaríamos el juego. No alcanzamos, antes de los siete minutos ya estábamos perdiendo. Era de presumir una tremenda goleada en contra.

Colombia no era nada de lo que habían ensalzado en todos los medios del mundo. Carecía de la presencia, de la clase, de la madurez que le habían reconocido. Se hundía confundida y asustada ante un Brasil que se mostraba arrollador y gigante. Tuve la impresión de que se nos derrumbaba a pedazos todo lo construido. La selección brasileña se nos encaramó por completo. Nuestro equipo perdía siempre el balón, lo entregaba mal, se salvaba por milagro de más goles.

Nadie podía defendernos, ninguno venía en nuestra ayuda, ni siquiera un árbitro imparcial que no se inclinara tanto a favor de Brasil, como parecía estarlo haciendo este. Poco a poco nos invadía la sensación de impotencia, de fracaso, de ridículo. Nuestro James, elevado en unos cuantos días a la condición de héroe nacional, a estrella mundial del futbol al lado de Neymar o Messi, no veía una. Por un momento maldije esa naturaleza del colombiano, esa inigualable cualidad para elevarse a la cima y despertar la admiración general, a lo que sigue casi siempre un porrazo decepcionante.

No era que creyera, como muchos desenfocados, que Colombia iba a arrollar a un Brasil que no era ni sombra de lo que siempre fue, futbolísticamente hablando. Jamás creí eso, ni me sumé al coro fanático de optimistas que presagiaban un triunfo por goleada. Sabía bien que Brasil era Brasil, que son los pentacampeones del mundo, los mejores sin duda alguna, así pierdan a veces. Pero por esto último, porque también pierden, creía que le podíamos ganar, por un gol, por penales, arrastrándonos, como fuera, pero podíamos ganarle, teníamos con qué hacerlo.

Para eso teníamos que pararnos sin complejos, de tú a tú con los tremendos rivales que se nos ponían enfrente. Y era precisamente lo que no habíamos hecho, habíamos salido asustados y confundidos, vencidos antes de que corriera el cronómetro. Así no había nada que hacer. Estábamos jodidos como de costumbre. Afortunadamente, con el transcurrir del tiempo, y un poco también con el azar de nuestro lado, Colombia pudo recuperar su esquiva categoría.

Y entonces la vimos, enorme, sensacional, como una tigra enfurecida a la que se pretende arrebatar su cría. Como soñábamos y queríamos verla. En ese segundo tiempo nuestra selección enmudeció al Brasil, le quitó los espacios, le arrebató el balón, le faltó por completo al respeto y se elevó por todo lo alto de un modo inalcanzable. El corazón nos palpitó orgulloso. Así, así era muchachos, así era. Cómo los vivamos, cómo los aplaudimos, cómo los amamos.

Que no se pudo es otra cosa. No fue por incapacidad o minusvalía de nuestra selección. Fue porque en el cobro de una falta, un zaguero brasileño de greñas alborotadas nos zampó un golazo de antología, de esos que sólo saben meter los más grandes. Nos anularon un gol válido a mi juicio y al de todos los que me acompañaban. Nos ganó la FIFA y no Brasil, comentan ahora ardidos muchos compatriotas. Quizás sea así. Quizás no.

Hay que ver la enjundia de ese juego, el modo como los 22 jugadores se entregaron por completo al sacrificio, a la disputa, a conseguir el triunfo. La lesión de Neymar, sin duda alguna una estrella de dimensiones épicas, es una muestra de ello. Del lado suyo por el frenético deseo de avanzar por la punta y hacernos lo que mejor sabe hacer, del lado nuestro por el afán de impedir que nos pudiera enterrar definitivamente con una de sus impredecibles piruetas.

Cosas que pasan cuando dos equipos de hombres, de los mejores en su especialidad en todo el mundo, se enfrentan en un duelo definitivo. Choques, lágrimas de dolor, exclamaciones de angustia, sudor a chorros desbordados, pasión incontrolada, chispazos de genialidad. En esos momentos no existe nada más importante para ellos, absolutamente nada vale más que hacer un gol e impedir que se lo hagan. Eso explica la furia varonil de los jugadores en el campo.

Y es eso lo que nos queda en el recuerdo. Lo que permanecerá vívido y delirante en nuestras cabezas por los siglos de los siglos. Como el 4 a 4 con Rusia en el año 62, o como aquel 1 a 1 con Alemania en el 90. Aunque también es probable que pasemos al fin, en breve plazo, a obtener satisfacciones más grandes. El nivel de nuestro futbol alcanza alturas impresionantes. Quien sabe en uno o dos mundiales más lo que seremos capaces de conseguir.

Entonces tal vez victorias reales nos borrarán por fin la infinita secuela de victorias morales con las que aprendimos a domeñar nuestra ansiedad. Vendrán los tiempos, James, en los que serán otros los que lloren mientras que tú intentarás consolarlos y estimularlos. Creo firmemente en que así será y sueño con alcanzar a verlo. Un abrazo lleno de amor para todos esos muchachos de la selección colombiana, millones de felicitaciones, camionadas de agradecimientos.

Nadie podrá nunca reprocharles nada. Cayeron como un grande ante el más grande. Y eso, pese a la derrota, nos llena de felicidad. Todo el mundo sabe ahora que no somos menos que nadie, y nos respeta. Y nos admira. Eso ya es bastante. Algo de este campeonato mundial de futbol se murió ayer tras ese juego, los colombianos lo sentimos como ninguno. Una gran pena con Brasil que tendrá que jugar en adelante sin su Neymar. El mundial sin él ya no será lo mismo.

Qué juego, qué partido, qué horas de felicidad y angustia. Ahora volveremos a lo de siempre, pero no voy a referirme a eso. Por estos días nada es más importante que el futbol, que ese recuerdo imperecedero de James Rodríguez llorando al final del partido, intercambiando de camiseta con su verdugo brasileño. Con James lloramos todos. Qué le vamos a hacer. Como dijo Maturana, perder es ganar de algún modo. Para soñar nos quedan ahora Argentina y Brasil, pero ese es otro cuento.

Montañas de Colombia, 5 de julio de 2014.

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