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sábado, 13 de septiembre de 2014

Camaradas: ¿y si propusiéramos perdón para todos los militares que han cometido crímenes de guerra?

Por Fabio Borges

Bloque Martín Caballero

 

Sí, ya conocemos a los militares colombianos. Como los que al servicio de las transnacionales asesinaron a sus compatriotas en las bananeras: tanto en 1928, en Ciénaga, Magdalena, como lo que pasó en Urabá en los años 90, junto con los paramilitares. Los hay fascistas, descuartizadores motosierra en mano, pero también saben ustedes que hay los que sienten miedo, los que rezan en medio del combate y se encomiendan a Dios, creyendo efectivamente que Dios quiere que ellos vayan a la selva a matar a los nuestros, también hijos de cristianos.

 

Pero ustedes saben también que hay los que sienten remordimiento, si no que lo digan los capellanes de los batallones. También hay los militares engañados, los convencidos de que masacrando se salvan la democracia, la patria y el honor, valores que hay que redefinir obligatoriamente. También hay los presionados, los convencidos de que cometiendo crímenes se les abren las puertas del futuro promisorio al interior de la fuerza armada. Como también los hay despistados, que se creen rambos y creen en todas las babosadas que inculca Hollywood en sus películas para salvar al imperio norteamericano.

 

En fin, ya sabemos que allí hay de todo. Bastante silencioso, y a la defensiva, por ejemplo, están los militares patriotas, nacionalistas, de quienes pudiera salir algún proyecto de sociedad, como Bolívar, forjador de la cuna de estos ejércitos. Pero creo que no ha podido surgir algo de allí, porque no hemos logrado llegarles con un discurso que entiendan en medio de tanta distorsión y manipulación. Recordemos que los funcionarios públicos más manipulados son los de la fuerza armada. Los manipulan los gobiernos oligarcas, los manipulan sus superiores, los manipula la Iglesia, los manipulan los medios de comunicación, y, como si fuera poco, los obligan a no ser deliberantes, aunque su actitud frente a la oposición política sí sea profundamente deliberante.

Aún no sé si estoy escribiendo a mis camaradas, para discutir una propuesta, o si escribo a los militares en aras de salvar la verdad y a algunos oficiales que fueron engañados. Más bien hablo para ambos, y creo que los soldados, suboficiales y oficiales del Ejército, tienen un papel decisorio en la construcción de la Colombia nueva de la que hemos hablado siempre.

 

Quizá en la Mesa de La Habana podríamos hablar de elementos para la construcción de una justicia hacia el tránsito a la paz, en lo cual, necesariamente, los militares deberían participar. De lo contrario puede darse que, bajo el pretexto de no deliberación, los militares y policías terminen siendo utilizados como chivos expiatorios, particularmente los mandos de bajo rango y la tropa. Podrían ser destinados a lavarles las culpas de los verdaderos asesinos. Si no, miremos los casos en las diferentes guerras. Mientras que gran cantidad de oficiales nazis fueron juzgados en Núremberg, familias como los Krupp continuaron amasando fortunas, después de haber instigado la guerra, esclavizado mano de obra y de haber armado hasta los dientes los verdugos de más de 30 millones de personas.

 

Estoy dispuesto a entender y a no guardar rencor a los soldados que mataron en combate a Susana Téllez, mi primera compañera aquí en la guerrilla, rematada a tiros tras caer herida mientras cubría la retirada de sus otros compañeros. Incluso a los paramilitares que utilizaron las cabezas de campesinos como balón para jugar futbol. Cualquier desocupado en Colombia, por pocos pesos, y con un adoctrinamiento de las fuerzas militares asesoradas por israelíes, termina haciéndolo sin remordimientos. En cambio, me queda duro digerir algo que se parezca a perdón, a los monopolios de medios de comunicación de Colombia. Con lo que aprendí del cristianismo en mi casa, no da lo suficiente para entender, por ejemplo, el papel cómplice de la radio, ignorando o justificando las masacres. Aquí hay muchos que no se dan por aludidos en las culpas de la violencia.

 

Por eso me pregunto: ¿Y si perdonáramos a todos los militares que cometieron crímenes de guerra y se comprometan con la verdad? Creo que serviría para la construcción de una nueva patria. Así todos sabrían de quién hay que cuidarse, qué errores colectivos debemos evitar como sociedad, sobre todo, cómo mantener las fuerzas armadas lejos del influjo de las ideas fascistas. Además, en el más práctico de los sentidos, pienso que las fortalezas de Uribe sobre el estamento militar reposan en el miedo generalizado. Es de suponer que les inculca que pueden ser castigados por los crímenes ordenados por él. Cuando digo Uribe, digo los grupos económicos, el imperio y las concepciones que él como individuo encarna. Podemos salvar a muchos. Sería una gran oportunidad para sentar las bases de algo nuevo.

 

La condición de perdón para los oficiales, suboficiales y soldados debe ser la de presentarse a decir la verdad, que cuenten quiénes pagaron, cómo se coordinaron las operaciones con sus altos oficiales y que esto tenga amplia difusión en los medios de comunicación.

 

Para mí eso sería suficiente y no importarían todos estos años de mi vida condenada por el régimen a no poder disfrutar de la compañía de mi familia. Por lo menos que mi papá y mi mamá antes de morirse sepan que yo tenía razón, que fueron ellos, los gobernantes perversos, los que me sacaron de la casa.

 

Montañas de Colombia, 11 de septiembre de 2014.

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