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jueves, 11 de septiembre de 2014

El oscuro y vidrioso camino hacia la paz

A pesar de lo alcanzado hasta ahora, hay incoherencias notorias del gobierno. Por un lado habla de paz, por el otro lado funcionarios suyos actúan como francotiradores del proceso.

Por Rubín Morro

Mando del Bloque Iván Ríos

La lucha por la paz debe ser un propósito nacional, un único esfuerzo mancomunado de las mayorías. Es bien complicado sacar adelante un anhelo tan altruista, en un país polarizado, dividido, con una cultura del conformismo y la resignación. En el centro de toda esta crisis existe un Estado diseñado para preservar y perpetuar los privilegios de una oligarquía mafiosa, corrupta, que legista en contra del pueblo, entreguista de nuestros recursos naturales y como si fuera poco, arrodillada ante el imperio.

En Colombia, las FARC-EP, junto al pueblo, estamos cumpliendo 50 años de lucha político-militar por la toma del poder. Nosotros no quisimos hacer esta guerra, la cual denunciamos y quisimos parar hace 50 años. Pero el Estado nos cerró todas las puertas, nos persiguió y agredió, solo nos dejó la única opción de la vía armada. Fue el gobierno quien nos obligó a tomar las armas y ahora nos llama generadores de violencia, cuando en realidad somos víctimas de sus guerras fratricidas.

50 años de lucha ininterrumpida contra un modelo económico lesivo para las mayorías hablan de un combate frontal, permanente y desigual contra unas Fuerzas Armadas mercenarias que asesinan a su propio pueblo. Que cuentan, además, con una gigantesca ayuda económica y la asesoría militar de última generación. Y como si fuera poco, la incorporación de la Doctrina gringa de la Seguridad Nacional, que quiere decir una concepción fascista-criminal en la forma de gobernar, en aplicación de la cual se persigue y se asesina a todo el que piense distinto a como quiere el gobierno. Por eso se judicializan la protesta popular y sus movilizaciones, por eso se golpea a los sindicalistas, los luchadores populares y los defensores de los derechos humanos.

Las FARC-EP siempre hemos luchado por una salida civilizada al conflicto social y armado. Somos fervientes amantes de la paz. Por eso nos alzamos en armas a cambio de nada material. El camino de la guerra es escabroso, incierto y doloroso. Todas las guerras son crueles, ojalá no existieran. Pero las hay también justas, como ésta que libramos las FARC-EP junto al pueblo. Siempre hemos buscado el diálogo con el gobierno. En pasadas ocasiones han habido conversaciones y se han logrado acuerdos. Pero como no hay voluntad política, estos esfuerzos han terminado en frustraciones para el país. Como el Estado cuenta con el monopolio de la información, responsabiliza siempre a la insurgencia por el fracaso.

Ahora, en La Habana, el gobierno de Colombia y las FARC-EP realizamos un nuevo esfuerzo para alcanzar la esquiva y vidriosa paz. Previo acuerdo de las dos partes que incluye contenidos y formas de trabajo, se ha pactado una agenda general y se han desarrollado varios de sus puntos. En los diferentes ciclos de trabajo, y luego de serias discusiones, hemos avanzado en algunos temas cruciales, en los cuales hemos coincidido y en consecuencia se ha llegado a importantes avances. En cuya implementación práctica, según el gobierno, se tardará varios años.

A pesar de todo lo alcanzado hasta ahora, hay incoherencias notorias del gobierno. Por un lado habla de paz, por el otro lado funcionarios suyos actúan como francotiradores del proceso, balbuceando ilusionismos de entrega y desmovilizaciones en masa. Pero por sobre todo, sigue incólume el modelo económico liberal o el capitalismo salvaje, empobreciendo aún más al pueblo raso y trabajador. El desempleo, un servicio de salud de muerte y privatizado, la judicialización a la protesta y a la lucha popular, el paramilitarismo, las desapariciones y los asesinatos, estas incoherencias, entre otras, son verdaderas puñaladas al proceso de paz.

Siempre hemos planteado que las conversaciones se desarrollen en un ambiente no hostil, sin los apremios de la confrontación, ojalá en medio un cese bilateral de fuegos. El gobierno no lo ha aceptado y por ello nos fuimos a unas conversaciones de paz en medio del conflicto. Eso complica más las cosas porque la acción militar del Estado se profundiza y alcanza nuevos niveles de atrocidad. Cuando es el Estado quien nos ataca, dando lugar a cantidad de compañeros nuestros muertos, el gobierno se refiere a otra acción de los héroes de la patria. En el nuevo lenguaje implementado no matan, ni dan de baja, sino neutralizan. Cuando en cambio es la insurgencia quien acciona contra las fuerzas del Estado, lo definen como una acción terrorista, en contravía de los diálogos de paz. Es como si lo hecho por los militares oficiales fueran oraciones para la paz.

El Presidente Santos ordenó el asesinato de nuestro comandante, camarada Alfonso Cano, muy a pesar de que él encabezaba la lucha por una salida civilizada al conflicto y por el establecimiento de diálogos de paz. Aun así, y todavía con la sangre caliente de nuestro comandante caído, nuestra organización decidió persistir en su idea. Como guerrillero de las FARC-EP, uno puede preguntarse: ¿qué pasaría si un alto funcionario del gobierno cayera en la confrontación actual? Seguramente arreciaría contra nosotros toda la propaganda negra, y muchos pedirán la cancelación de las conversaciones. Son la grandes incoherencias de este proceso.

Aun así, el Establecimiento habla de pos-conflicto, nos exige unos acuerdos exprés, habla de desmovilizaciones, etc. Sin embargo se opone a que en la Mesa de Conversaciones se debatan los temas estructurales del sistema, la doctrina militar, entre otros temas esenciales para construir verdaderos caminos que nos lleven a una patria en paz y con justicia social. De todos modos persistiremos, como ha dicho nuestro comandante en Jefe, Timoleón Jiménez. Pero la paz no va a ser al estilo de Santos, somos dos partes, y la Mesa no se pactó para aceptar imposiciones.

Montañas de Colombia, 9 de septiembre de 2014.

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