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lunes, 1 de septiembre de 2014

Un encuentro histórico con las víctimas del conflicto

Por Fabián Ramírez, Integrante de la Delegación de Paz de las FARC-EP
Se ha hecho realidad una vez más que a la gran tarea por buscar la paz y la reconciliación de todo el pueblo colombiano, no se le debe colocar ningún obstáculo. Así lo deben entender los empecinados en mantenerse atravesados contra este noble, urgente y gran propósito nacional y más bien, interpretar el querer de toda Colombia; no hay cabida para los amantes de la guerra y el exterminio de la población indefensa.

A Cuba llegaron los primeros 12 colombianos y colombianas de las seleccionados para representar ese gran universo que son más de 6.5 millones de victimas del conflicto,  que por más de cinco décadas ha afectado al país. Llegaron con las manos abiertas y su corazón aunque herido, muy dispuesto para decirle al mundo, que en aras de encontrar una paz justa, estable y duradera, no venían animadas por odios ni venganzas, sino con la disposición plena de aportar, desde su amor y sufrimiento, ideas y propuestas para el entendimiento y la reconciliación de todos.

Este primer grupo de víctimas, aparte de la entrevista privada, reclamaron terminar esta guerra fratricida, un cese bilateral del fuego y nos exigieron a las partes no levantarnos de La Mesa de Diálogo hasta llegar a un acuerdo final de paz. Y tienen razón, la Paz es un imperativo ético, político y moral que debe sobreponerse a las convicciones violentas de las elites dominantes representadas en las instituciones del Estado, responsables, además, de la guerra, de la corrupción, las desigualdades sociales, la exclusión y muchas otras injusticias. Deben reflexionar y comprometerse con toda sinceridad a un ¡basta ya!

Con franqueza y esperanza las 12 victimas del conflicto social y armado, le demostraron a Colombia y al mundo, que cuando hay voluntad sincera de buscar la Paz es posible superar las dificultades y ceder para llegar a un entendimiento. Una Paz sin hambre ni exclusión, con plenas garantías políticas, económicas y sociales; con democratización de la tenencia de la tierra y respeto a los territorios; con soberanía nacional; la paz diseñada y moldeada con los asertivos del Constituyente primario que es el pueblo.

Las FARC-EP, encarnamos un indeleble compromiso con la patria, especialmente con las víctimas del conflicto, comprendemos su sufrimiento porque de ellas venimos. En ese universo de víctimas están nuestras familias padeciendo el despojo, el desplazamiento, la tortura, la desaparición forzada, amenazas de muerte, entre otras violaciones a los derechos humanos. Y a las víctimas del conflicto pertenecen también nuestros presos políticos que padecen terribles sufrimientos por la violación sistemática de sus derechos humanos. Nosotros también hablamos desde la orilla de los perseguidos.

Luego de este histórico encuentro, el día 16 de agosto de 2014, en la capital cubana, ciudad hermana, acogedora y humana, es indudable la frustración de quienes esperaban de las víctimas expresiones de odio. Es el caso del Procurador, arpías del  Centro Democrático y otros denotados saboteadores de los diálogos de Paz. A estos les fallaron sus cálculos guerreristas. La ponderación, el equilibrio y la sindéresis se están abriendo paso, y en esta patria esperamos firmar acuerdos que satisfagan a todas las víctimas y a las mayorías nacionales, generando los cambios que acaben con la miseria, la desigualdad y la falta de democracia que están en el fondo de la confrontación y la victimización.

Atribuirle a las FARC-EP la victimización ha sido un empeño recurrente de los medios de comunicación más grandes del país; de paso cubren con impudicia las atrocidades cometidas por el Estado y su victimización política, económica y social. Esta mala, provocadora e inocultable intención le hace mucho daño a los propósitos de Paz de los colombianos. Como si fueran pocas las agresiones del establecimiento contra las organizaciones políticas, sindicales, de educadores, de estudiantes, de agricultores, etc., que se deben movilizar en reclamo de sus derechos. Como si fueran pocos los montajes judiciales, detenciones ilegales, torturas, desapariciones, crímenes de guerra y otros delitos practicados por los organismos de seguridad e inteligencia del Estado, por los cuales son responsables de por lo menos un 80% de las violaciones a los derechos humanos.

Esta verdad, que indica que la guerra ha sido una, impuesta por las clases dominantes y que en ella sitemáticamente se ha violado, por parte del Estado los derechos fundamentales de las mayorías, debe mantenerse a flote. Nadie puede olvidar que para abordar este importante tema de las víctimas hay que auscultar en las causas del conflicto. No se puede pasar por alto que los problemas del presente que mantienen la confrontación tienen raíces que se sumergen en el pasado; nadie puede olvidar que  esta tormenta de horrores que vivimos tiene más de medio siglo de historia hace 50 años, que tiene hitos como el de la guerra de los mil días, la masacre de las bananeras, el exterminio contra los comunistas y liberales, el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, y tantas y tantas atrocidades más que están  marcadas con la impronta de la violencia bipartidista liberal-conservador .

Sus víctimas fueron siempre las gentes humildes e indefensas, incluso aquellas personas a las que pusieron a agitar los trapos rojos y azules de la intolerancia y la exclusión política mezclando traiciones, engaños, mezquindades, corrupción y terror hasta conducir al país al teatro de una guerra de nunca acabar.

En todo esto, pactos como el que provocó el genocidio de la Unión Patriótica y que aún mantienen a Colombia ensangrentada por medio de máquinas de muerte como el paramilitarismo, bajo las égidas temerarias de la Casa Blanca, no es que no deban repetirse sino que deben cesar porque prosiguen a plena marcha.

Ha llegado el momento y la hora precisa de poner fin a los odios, las manipulaciones, los engaños; a llegado la hora del entendimiento, para que entre todos abramos  el cauce de la democracia y de la justicia social. Colombia no merece más tiempos de dolor y muerte, de miseria y desigualdad; Colombia merece un nuevo presente. Y  el presente de la nueva Colombia no puede ser otro que el de la dignidad, el buen vivir y la libertad.

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