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miércoles, 8 de octubre de 2014

Curados de espantos

Construir la paz requiere superar estos episodios, pero ante todo un compromiso serio con la verdad.

Por Benkos Biojó
Bloque Iván Ríos

Los que de una u otra manera hemos resistido y combatido la ferocidad del régimen oprobioso que caracteriza el Estado colombiano, no esperamos de este la más mínima muestra de sensatez u objetividad en cuanto los hechos que ocurren en medio de la confrontación social, política económica y armada en la que está sumida el pueblo colombiano.

Hacen abstracción histórica quienes hoy niegan el antecedente denunciado por el padre de la patria en su momento, en el sentido de que esa copia absurda del modelo norteamericano de pretender erigir una república sin ciudadanos, es decir en donde todos los componentes de la sociedad no gozasen de plenos e iguales derechos, y mucho más absurdo, con la existencia en su seno de esclavos, estos serían la razón del desgarramiento de la república y la zanja insalvable para la construcción de nación.

Como de hecho lo fue y lo es hasta nuestros días, a pesar de la innumerables capas de pintura institucional con la que han pretendido ocultar esta realidad histórica que caracteriza la sociedad colombiana , con una estratificación socioeconómica y racial heredada del colonialismo y que hoy se ve agudizada por la introducción de nuevos factores económicos que pujan por el control del poder político, tal como son los desclasados lumpen mafiosos del narcotráfico, que, asociados con sectores de la vieja aristocracia criolla, pretenden imponerle al país la guerra eterna como forma natural de supervivencia, para en medio del caos que esta genera proseguir con el saqueo, el despilfarro y la corrupción. Condenando a las grandes mayorías a la más absurda de las miserias.

Construir nación, afianzar la república, zanjando los elementos objetivos que nos han conllevado a la confrontación, es el reto que como colombianos debemos asumir todos hoy, para ello es necesario resarcir a la principal y primera víctima de toda guerra, la verdad limpia y pura, para que enarbolándola como principio rector podamos rencontrarnos y enaltecer la patria.

En este propósito flaco favor le hacen los medios de comunicación al proceso de La Habana, cuando publicitan intuiciones maquiavélicas sin la más mínima objetividad, como las planteadas maliciosamente por el general Palomino con razón de los combates del día 16 de septiembre en Puerto Triunfo, Córdoba. Tras los hechos, el general salió en cuestión de minutos a aseverar que se trataba de una alianza entre el clan Úsuga y frentes de las FARC-EP, dado el supuesto parentesco entre los líderes de los urabeños y el comandante Isaías Trujillo. Vaya facilismo tardío el del general y el de los medios que nos muestra una vez más cómo son de objetivos y cuan fiable es su balanza a la hora de evaluar hechos. No se estableció igual intuición con los Naranjo, Valencia Cossio, Moreno, Cure, Nule, Gaviria y muchísimos casos en los cuales sí existe una comprobada alianza de intereses.

Pero qué más podríamos esperar de ellos, si son quienes, torciéndole el cuello a la verdad, históricamente han justificado y avalado toda clase de despropósitos. Sin embargo, a pesar de estar curados de espantos, parafraseando a Benedetti, nos hemos caído literalmente de espaldas cuando el presidente de la Conferencia Episcopal salió a afirmar en los medios, que los policías caídos en combate habían sido asesinados vilmente, en una clara violación del derecho internacional humanitario, porque se les había rematado en total estado de indefensión.

Monseñor, los cristianos católicos y apostólicos han mostrado históricamente una inclinación que no es menester traer a colación, pero los colombianos y ante todos los que nos hemos batido durante los últimos cincuenta años contra el Estado colombiano, y que hoy estamos tratando de hallar caminos que nos conduzcan a la reconciliación, esperamos de usted y del conjunto de la sociedad colombiana, así sean nuestros contradictores, objetividad y apego a la verdad, para abrir paso al debate franco y abierto, de manera que sea la razón y el interés colectivo el eje rector de nuestra sociedad, para así cerrarle las puertas al combate que siembra de muerte nuestros campos y enluta a la familia colombiana en defensa de oscuros y mezquinos intereses.

No comprendemos como en nombre de DIH se pretenden manipular los hechos y encubrir a los reales responsables del desangre que sufre la patria. Tampoco la tozuda posición de continuar las conversaciones de paz en medio de la guerra. No logramos digerir el silencio frente a los constantes bombardeos que se dan en diferentes zonas del país, donde los héroes de la aviación lanzan bombas de hasta 500 libras en campamentos de reposo de nuestras unidades, que luego son ametralladas con las punto cincuenta de los helicópteros, que desembarcan tropas no propiamente a recoger heridos.

Pregúntenles a los funcionarios honestos de medicina legal cuántos de los cuerpos del bombardeo del pasado 11 julio en el río Murry, en el municipio de Vigía del Fuerte, Antioquia, presentaron, además de las mutilaciones causadas por la explosión, tiros de fusil 2.23. Indaguen por qué son entregados a sus familiares, tras combates terrestres, cuerpos calcinados por extrañas sustancias, y por qué los presionan para que no abran los ataúdes.

Construir la paz requiere superar estos episodios, pero ante todo un compromiso serio con la verdad. Afianzar la voluntad de paz de cada una de las partes pasa necesariamente por el cese bilateral de fuegos, que permita al conjunto de la sociedad colombiana volcarse entusiasta a reconstruir la patria justa, soberana y en paz, que soñamos todos dejar como herencia a nuestros hijos y nietos.

Montañas de Colombia, 6 de octubre de 2014.

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