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miércoles, 8 de octubre de 2014

El Che Guevara, un ejemplo imborrable

Gracias a él sabemos que se puede ser muy grande y llegar hasta el peldaño más alto,  sirviendo humildemente a la causa de los pueblos.
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Hablado Claro, por Redacción Resistencia

47 años atrás mataron al Che Guevara en Bolivia. La ráfaga con la que le arrancaron la vida buscaba mucho más que arrebatar la existencia al Comandante guerrillero, pretendía aniquilar el símbolo de la lucha revolucionaria del tercer mundo, arrancar de raíz el sueño de igualdad y justicia de millones y millones de habitantes del planeta, demostrar que el sueño de la liberación de los pueblos no era otra cosa que una quimera inalcanzable.

Una aspiración demasiado ambiciosa sin duda, ajena ella sí a cualquier posibilidad de materializarse en los hechos. El Che Guevara no era simplemente el joven médico argentino embriagado por el sueño de servir al género humano del modo más desinteresado posible. Ni tampoco era solo el arrebatado muchacho que emprendió la arriesgada aventura de sumarse a un alzamiento en armas en un país que ni siquiera conocía.

El estudiante Ernesto Guevara devino, con su trasegar vagabundo e inquieto desde la Argentina al Caribe, en el heraldo escogido por la incontenible erupción de las fuerzas sociales que hervían en estas geografías. Sus frases no le pertenecieron de modo exclusivo, sus propósitos rebasaron sus propios sueños. Su grandeza deriva de haberse  situado, sin saberlo, en el lugar y el momento justos para encarnar con su voz y sus actos el sentir de la explosiva inconformidad continental.

Las tierras de la América española estuvieron pobladas por millones de indígenas, en número más alto quizás que la población entera de Europa. Y fueron habitadas por sorprendentes civilizaciones aborígenes desprovistas del ánimo de lucro y el afán explotador. Ese mundo resultó arrebatado y destruido por la llegada de los conquistadores. Después vendrían la colonia y la independencia que aseguraron las más opresivas de las desigualdades e injusticias.

Encomenderos, hacendados, latifundistas, gamonales, obispos, generales, dictaduras sanguinarias, guerras civiles, entregas miserables de la soberanía patria, compañías extranjeras y banqueros, violencia implacable contra quienes reclamaban en contra de la explotación, masacres, encarcelamientos, persecuciones, golpes y gobiernos corruptos, una tras otra prosperaron y crecieron las distintas plagas que asolaron nuestros pueblos década tras década y siglo tras siglo.

Hasta que a mediados del siglo XX emergió la rebelión, en concordancia con el grito de independencia y justicia que palpitaba en las colonias europeas de Asia y África. Los pueblos del mundo entero se alzaban para sacudirse del yugo imperialista. Los animaba el ejemplo victorioso de las clases trabajadoras de Rusia y China. En Nuestra América brotaba el enérgico grito de basta ya, el mismo que en su deambular sin rumbo conoció de manera directa el joven médico Guevara.

En Colombia, la falange conservadora ejecutaba la horrorosa carnicería contra los restos de las huestes gaitanistas en desbandada tras el asesinato de su líder, al tiempo que acogía como suyas las directrices anticomunistas de la Casa Blanca que, con su nuevo aparato político de la OEA, se empeñaban en impedir a sangre y fuego el estallido popular por los cambios. Tras su fugaz paso por nuestro país, el joven Guevara dejó constancia de la repugnancia que le inspiró su régimen.

Había conocido las angustiosas situaciones de la clase obrera boliviana, de los indígenas y trabajadores de Chile y el Perú, así como tendría luego oportunidad de conocer la gravísima situación social de los pueblos centroamericanos, y la perversidad del imperialismo con su intervención en Guatemala. Sufrió en carne propia la persecución contra quienes creyeron en la nobleza de la causa de Jacobo Arbenz. Y por los cubanos supo lo que representaba Batista.

El crisol de la lucha guerrillera en Cuba, el fervor de un pueblo feliz por la victoria y dispuesto a todo por conservar su libertad conquistada, su roce internacional con las luchas antiimperialistas, la escuela de indignación revolucionaria que representaba la matanza norteamericana contra el pueblo de Vietnam, en fin, la singular situación mundial que sucedía ante sus ojos terminó por hacer del  Che el mejor intérprete de la rebeldía universal contra la explotación capitalista.

Y por eso cayó como un humilde soldado de la revolución, enfrentado a las tropas de la dictadura boliviana, bajo el fuego y las órdenes de la CIA y el Pentágono. Opulentos propietarios y negociantes, dueños de un aplastante poderío militar,  los norteamericanos, al igual que todos los imperios de épocas pasadas, apuestan todavía a detener el avance de los pueblos con las armas del crimen y la propaganda. Creen así, ingenuamente, que matan también las ideas.

Y se equivocan por completo. Porque las ideas suelen ser expresadas por hombres o mujeres individualmente, pero no pertenecen a ellos. Las ideas buscan y eligen, según las circunstancias, a unos u otras para tomar forma en frases y discursos, en un inagotable movimiento surgido de la lucha entre intereses de clase enfrentados. Puede que en algunos seres esas ideas logren un mayor desarrollo y expresión, como de hecho sucede, pero ello no puede hacer negar su fuente.

Las ideas políticas pertenecen a grandes colectivos humanos, a las clases sociales en pugna. Surgen en esa lucha y de ella. Hombres como el Che Guevara, como Bolívar, Cristo o Espartaco encarnan en un momento preciso las ideas de su tiempo, aciertan a interpretar como pocos de sus contemporáneos, el sentido que adquieren en su época aspiraciones eternas como la justicia, la libertad, la paz, la igualdad, la independencia. Eso los hace únicos, pero no imprescindibles.

Las luchas siguen, siempre, aún sin ellos. Y entonces, esas grandes personalidades adquieren la forma de paradigmas, de comportamientos ejemplares a imitar. Ese viene siendo a la larga su papel en la historia, el de faros que entre las tinieblas iluminan el rumbo correcto, el de héroes o mártires que nos inspiran y alientan en los momentos de debilidad o confusión. Creyendo que los han exterminado, los opresores dotan a los pueblos de íconos y símbolos indestructibles.

Es por eso que recordamos al Che Guevara y exaltamos su memoria cada 8 de octubre, día del guerrillero heroico. Porque su ejemplo imborrable perdurará en la mente de los pueblos hasta la eternidad. Porque todos los días nos está invitando a imitarlo, porque su testimonio es una escuela para las dificultades que vivimos. Porque gracias a él sabemos que se puede ser muy grande y llegar hasta el peldaño más alto,  sirviendo humildemente a la causa de los pueblos.

Montañas de Colombia, 8 de octubre de 2014.

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