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martes, 14 de octubre de 2014

La drogadicción: una bandera del imaginario capitalista


Por: RAMIRO PARDO

Militante PCCC.

 

¡Simplemente espeluznante!. Desde hace algún tiempo circulan en la red videos, artículos y noticias que denuncian el auge que en Rusia ha tenido un tipo de droga conocida como "Krokodil", la cual está arrastrando al infierno en vida a más de un millón jóvenes consumidores de dicha sustancia. Sus efectos son aterradores, al punto que más allá de actuar como alucinógeno, generar fallas renales y hepáticas y producir trombosis, literalmente es capaz de derretir a quien se convierte en víctima de ésta. Tejidos, piel, carne y hueso se pudren, como si fueran inmersos en algún tipo de ácido hasta que finalmente llega el deceso inevitable. Ni qué hablar respecto del síndrome de abstinencia, el cual es incontrolable como sucede con todos los opiáceos. (La abstinencia consiste en el reclamo impulsivo e inconsciente que el organismo genera respecto de una sustancia, generando en el individuo la necesidad de consumirla).  


Esta es sólo una muestra de la realidad actual que se vive en las bellas tierras que otrora fueran un ejemplo de humanismo y cultura. La herencia socialista que elevó a la URSS a ser potencia mundial en la ciencia, el arte y el deporte ha sido aplastada por el capitalismo y su expansión mafiosa y destructiva. La sociedad rusa en que se gestaba la construcción de una nueva civilización de hombres y mujeres nuevas quedó atascada en el limbo de la historia condenando a la desilusión y el sin-sentido a las nuevas generaciones. El derrumbe del socialismo permitió imponer en la URSS la concepción de "democracia" acuñada por el capitalismo; basada en la primacía del individuo, la competencia, y la propiedad privada. Modelo éste que se pretende imponer en todo el planeta mediante múltiples crímenes de guerra, y con el cual se logró desgarrar los valores de solidaridad y fraternidad que irradiaba la naciente sociedad comunista.


Aumento de índices de delincuencia, desempleo, hambre y mendicidad, son ahora el común denominador en los países que abrazaron el capitalismo y su lógica destructiva. El mercado, esa mano invisible que no respeta tradiciones, ni familias, ni costumbres, ni valores, se implantó como un cáncer que amenaza con la destrucción misma de los pueblos anteriormente soviéticos. Repugnante resulta entonces, que dicha dinámica se haya engendrado también en la sociedad colombiana al abrir la puerta al libre mercado y los llamados "TLC". Si bien en Colombia no hablamos por fortuna aún de drogas como el "krokodil", el bombardeo mediático ha configurado en la mente de los colombianos un estereotipo de vida al estilo norteamericano, basado en el modelo de consumismo, que convierte al ser humano en un individuo alienado por las marcas y el mercado, y extinguiendo las expresiones humanas y culturales arraigadas en los imaginarios originarios de nuestros pueblos. El enajenamiento de la identidad colombiana es algo que poco importa a los politiqueros tradicionales, que no obstante dicen defender la familia y las tradiciones del pueblo. Es de esa forma como el uso ancestral de la coca ha dado paso a la producción, tráfico y consumo de cocaína. Sin mercado, sin consumidores, es imposible pensar en la existencia del narcotráfico.


En ese debate, vale decir que los revolucionarios no compartimos la lógica represiva y de prohibición en cuanto al consumo de sustancias estupefacientes; pues la tan mencionada "política antidroga" guiada e impuesta desde el pentágono y basada en la idea de criminalizar, ha fracasado tanto en Colombia como en los Estados Unidos. Resulta claro entonces, que ésta epidemia de salud pública se expande a medida que se expande el mercado mundial, y que el  problema de las drogas es otra de las pestes engendradas por el capitalismo. Basta recordar que Colombia pasó de ser un país productor a ser consumidor, lo cual amerita preguntarse ¿qué fue lo pasó en la mentalidad del Colombiano para incorporar los estupefacientes en su cotidianidad?. La respuesta es sencilla; aprendimos a consumir todas las cosas típicas de la cultura norteamericana.


Paradójico entonces que dicho cambio cualitativo (paso de ser país productor a consumidor) e incremento del tráfico, producción y consumo interno, coincidieran con la llamada "apertura económica". La inserción en el mercado global, no es sólo un asunto de intercambio de mercancías, sino que ante todo incluye el consumo cultural de los modelos impuestos.


Fue así que los colombianos no sólo aprendimos a usar jean y minifalda, y reemplazamos la mazamorra y el ajiaco por la hamburguesa; sino que aprendimos también a consumir drogas. Si ahora los jóvenes colombianos "meten" vicio en cada esquina, no es porque lo aprendieran de los comunistas rusos, a quienes indirectamente la oligarquía en su delirio acusa de todos los males del país, ni porque fuera una tradición de los pueblos originarios de nuestra América, ni siquiera el consumo puede ser atribuible al proceso de proletarización de las ciudades y el aumento de la miseria. Nuestros indígenas, nuestros campesinos, nuestros afrodescendientes no fueron quienes se inventaron el uso alucinógeno de la Coca o la Amapola; la Cocaína, la Heroína, las drogas sintéticas y demás, son eminentemente productos norteamericanos cuyo uso y fabricación fue importado e impuesto a los Colombianos. 


En ese sentido, es válido afirmar que el consumo de drogas es simple y llanamente una enfermedad del imperialismo, tal como lo fuera la viruela o la sífilis al momento de la invasión española. Para desgracia del hermano pueblo ruso, víctima hoy de dicha pandemia y para desgracia nuestra, fueron los mismos gringos y su modelo capitalista el que nos arrastró e insertó en el consumo y el mercado de las drogas; fueron ellos quienes expandieron el negocio desde los años 60' y vendieron al mundo la idea de que consumir es un acto de libertad. No es gratis que el consumo de drogas, sea un ícono de la cultura Estadounidense promocionada desde Hollywood. 


Avanzar en una verdadera política antidrogas implica entonces, mirar el asunto bajo una óptica humanista y de totalidad de la realidad para comprender que si bien no puede primar la prohibición, la estigmatización y criminalización del consumidor, sí deben definirse mecanismos en clave de salud pública y educación que desestimulen el consumo de sustancias y permitan hacer tránsito a un modelo de vida saludable en el que la existencia tenga de nuevo un sentido de libertad más allá de una papeleta de bazuco. Cosa que resulta bastante difícil mientras nuestras generaciones de niños y jóvenes sigan siendo formados con los valores del consumismo como modelo de sociedad a seguir. Mientras tanto, miles de jóvenes potencialmente revolucionarios, potencialmente científicos, artistas y obreros de la nueva patria, se pierden a diario en las calles de las grandes ciudades bajo el mismo flagelo.


Por ello, aunque es necesario y urgente, no basta simplemente con expedir normas, ni incluir el asunto en el POS, ni tratarlo con proyectos de mitigación que impacten a población consumidora, ni menos tratarlo con cárceles, penas y represión, ni si quiera es un asunto de establecer cátedras de prevención en los colegios. El asunto va más allá de la despenalización; si algún día queremos ver una Colombia sin drogas, urge hacer algo más sencillo: extirpar el imaginario capitalista que promociona y configura el consumo como un acto y expresión de libertad individual y reemplazarlo por uno en el que la libertad se entienda como máxima expresión de solidaridad y fraternidad en la cual "soy individuo en tanto que vivo en una sociedad que me permite serlo plenamente". Quizá se trata simplemente de re-significar la vida, de devolverle un sentido a la existencia, de retornar a las elementales cosas que funcionaron con éxito en la URSS, China, Vietnam, Corea, o Cuba; incentivar el arte, el deporte, la cultura, la investigación científica, y con ello recuperar también los usos e imaginarios de los pueblos originarios de Nuestra América y Nuestra Patria, en donde tal como dijo el Che, "…siempre hubo, hay y habrá socialismo". Se trata entonces de recuperar ese socialismo de nuestro pueblo, esa capacidad de ser creativos e imaginar, sin tener que sucumbir víctimas de la dictadura del mercado. Es por ello que los revolucionarios de Colombia y el mundo día a día luchamos desde nuestras trincheras; para que las generaciones del mañana no terminen dando a su existencia el sentido que les imponga el mercado, el consumo y el capital, abiertamente o disfrazado en una papeleta de vicio; para que no sucumban ante el infierno del consumo de drogas, la prostitución, el hambre y la exclusión. Para ello, hemos jurado vencer, y venceremos!!!!.

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