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jueves, 30 de octubre de 2014

Las sinrazones de Juan Carlos Pinzón

Hablando Claro. Redacción Resistencia

Su desmedida arrogancia acredita que se siente el vocero oficial del alto mando de la fuerza pública, la que como él se encuentra en absoluta sumisión al US ARMY.

En Colombia, antes que representar concepciones y políticas de seguridad o defensa por parte de gobiernos elegidos por el voto popular, los ministros de defensa civiles asumen la voz del estamento militar y policial en abierta resistencia a cualquier propósito de modificar, así sea mínimamente, alguna de las reglas que rigen su campo de actuación en la vida nacional. Los Presidentes, pese a ser sus superiores jerárquicos en su doble condición de jefes del Estado y comandantes supremos de las fuerzas armadas, aprenden en forma rápida que la estructura y funcionamiento de la fuerza pública se hallan por fuera del alcance de su poder de gobierno.

O se está de acuerdo con la posición fijada por los generales, o habrá que salir patitas en carrera del ministerio de la defensa. Y más delicado aun, de la propia Presidencia de la República. Belisario Betancur y el Palacio de Justicia, o Ernesto Samper y su permanencia en el cargo hasta el último minuto de último día, solamente pueden ser comprendidos a la luz de las irracionales imposiciones del militarismo. Al primero le dieron un golpe tan efectivo que lo silenciaron de por vida, y al segundo, a cambio de sostenerlo, le arrancaron la paramilitarización del país y el intenso escalamiento de la guerra interna.

Si algo distingue a leguas la condición de la oligarquía liberal conservadora dominante, es su absoluta vocación por arrodillarse ante Washington. Desde cuando los Estados Unidos definieron inmiscuirse en la segunda guerra mundial, quedó establecido que las fuerzas armadas del continente debían estar a su lado de manera incondicional. La creación de la Junta Interamericana de Defensa en 1942 persiguió ese solo fin, que luego se vio fortalecido por la vocación anticomunista norteamericana, que al calor de la guerra fría trabajó por la creación de un frente continental contra la imaginaria expansión soviética.
Desde el mismo nacimiento de la OEA fue palmario que la oligarquía bipartidista asentía los lineamientos de la Doctrina de Seguridad Nacional, que los gobiernos norteamericanos se propusieron inyectar en todos los ejércitos y policías al sur del río Bravo. La presencia del Batallón Colombia en Corea apuntaba a la creación de una fuerza modelo para la institucionalidad militar colombiana, como efectivamente se dio en el futuro, en especial después del triunfo de la revolución cubana y la instauración de la guerra contrainsurgente en Latinoamérica y el Caribe.

Si el nuestro no ha sido un país de golpes y dictaduras militares al estilo del cono sur, ello no puede adjudicarse al carácter civilista y democrático de nuestra clase política, sino a todo lo contrario, a su permisividad absoluta con todas las estrategias y tácticas militares y policiales dictadas desde el Pentágono y la CIA. Los horrorosos crímenes de Estado, incluido el paramilitarismo, presentes en el acontecer nacional en los últimos 50 o más años, no tienen nada que envidiar, sino que incluso superan la brutalidad de las dictaduras de Pinochet o Videla. Son desarrollos de la estrategia de dominación norteamericana.

Para nadie es un secreto que tanto la guerra contra las drogas como la guerra contra las guerrillas colombianas, así como las maneras de librarlas y buena parte de sus recursos, responden a intereses de los gobiernos de los Estados Unidos que son acatados por sus pares en nuestras fronteras. Es un hecho comprobado que los mandos militares y policiales colombianos se hallan subordinados a los jefes militares del Comando Sur del ejército estadounidense. De hecho estos llegan periódicamente al país a revisar el cumplimiento de sus planes y determinaciones, lo cual hace sentir incondicionalmente respaldados a los generales colombianos. Y a sus ministros.
El carácter civil y democrático del régimen político colombiano consiste en que los militares hablan y se imponen por medio de los altos cargos del poder electo, particularmente del ministerio de la defensa. La desmedida arrogancia de Juan Carlos Pinzón acredita que se siente el vocero oficial del alto mando de la fuerza pública, la que como él se encuentra en absoluta sumisión al Pentágono. Cada vez que grazna el ministro de la defensa, se sabe qué están pensando los gringos tras bambalinas. Tantas suficiencia y soberbia resultan de su triste condición de cipayo.

Ahora funge orgulloso en su papel de botafuegos contra el proceso de paz, con la sospechosa aquiescencia del Presidente Santos. Desde el comienzo de su gobierno, Santos ofertó a las FARC dialogar por una salida política. Y cuanto se ha realizado desde el primer encuentro ha girado en torno al respeto a nuestra condición de adversarios. Las autorizaciones en un sentido u otro, los acuerdos firmados, los posibles avances en ciernes, todo ha sido cumplido con el conocimiento y beneplácito del Presidente de la República.

De tal modo que resulta por lo menos impertinente, por no decir grotesco, el permanente desconocimiento de esa realidad por el ministro Pinzón. De acuerdo con él, si dialogamos es porque estamos vencidos, si combatimos es porque queremos aparentar una falsa fortaleza, si designamos voceros para las Conversaciones es porque nos interesa sacarlos del país antes que los mate el Ejército, si enviamos mandos a integrar la comisión técnica, es porque queremos darles vacaciones en el Caribe. A diario nos sindica en los peores términos, repudia la salida política al conflicto, profesa sin treguas de aniquilación y exterminio.

Llama la atención que para hablar así se refugie tras medio millón de soldados armados hasta los dientes y se cobije bajo la protección de imperio. Así cualquier narciso se les da de valiente. Cabe recordarle que para hacer frente a sus aviones bombarderos, helicópteros artillados, cañones, fuerzas especiales, comandos conjuntos, apoyo norteamericano y demás, hay miles de muchachas y muchachos humildes, hijos de este pueblo violentado, alzados en armas sin ínfulas ni pretensiones. Y que pese a la alharaca y prepotencia de innumerables ministros como él, las FARC-EP permanecemos invictas tras 50 años continuos de embestidas de todo orden contra nosotros. Le convendría a Pinzón ser más modesto, pues, al igual que a todo comedido sirviente, sus amos lo sacan cualquier día de ahí, cuando consideren innecesarios sus servicios y pataletas.

Montañas de Colombia, 26 de octubre de 2014.

Tomado de farc-ep.co

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