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lunes, 20 de octubre de 2014

Por nuestra Colombia, paz y reconciliación, no guerra y destrucción

Por: Fabián Ramírez
Integrante de la Delegación de Paz De las FARC-EP

A La Habana, Cuba, han llegado tres grupos de víctimas del conflicto que hace más de cinco décadas se vive en Colombia. Las dos primeras, arribaron desprendidas de odios y resentimientos o de cualquier inclinación personal; inteligentemente expusieron el clamor de Paz y reconciliación para todos los colombianos, exigieron a las delegaciones, tanto del Gobierno como de las FARC-EP, que se materializara ya un cese al fuego bilateral, como también recalcaron en que las partes no debían levantarse de La Mesa hasta no firmar una Paz estable y duradera.

En el tercer grupo de víctimas, venía un combatiente afectado del conflicto. Lo ideal era que hubiesen sido dos los combatientes que nos visitaran, pero esta vez hizo falta la presencia de uno de los tantos insurgentes que en condiciones de hacinamiento y violación de sus derechos se encuentran en las cárceles de Colombia.

Lo particular de los hechos es que un NO VÍCTIMA del conflicto, el general Mendieta, a quien le atribuyen violaciones a los derechos humanos, se tomó la facultad de hablar a nombre de las más de 6.5 millones de víctimas del conflicto colombiano, además traía la decisión de llegar a La Habana, no para aportar en la búsqueda de la Paz y la Reconciliación, sino a disparar su odio personal contra el proceso. Con esta situación un poco bochornosa, quedó claro que el único que se expresó contra el Proceso de Paz, fue el general Mendieta. Por sus estridencias se opacaron las voces que clamaban por el cese bilateral de fuegos en esta tercera delegación de víctimas.

Más allá de las alusiones breves y descontextualizadas que desde la Delegación del gobierno se hizo a algunas de las denuncias que presentaron las víctimas del conflicto en la sala de audiencias, bueno sería que el país conociera para el bien de la Paz, todos los testimonios a plenitud, como aquel en el que se denunció cómo a una mujer campesina el ejército de Colombia la detuvo arbitrariamente, la acusó de ser guerrillera, la insultaron y la torturaron, estando ella en embarazo. Luego de insultos y vejámenes, la hicieron caminar largamente por trochas horribles a pesar de que se les quejaba por lo mal que iba físicamente, pero nada de eso conmovió a sus victimarios. El maltrato fue tal que la mujer abortó en el camino, pero el oficial que dirigía el operativo, en vez de auxiliarla la trató de perra, la aparto, agarró la criatura que ya estaba fuera del vientre de su madre y se la tiro a un perro que llevaban para que lo devorara. Pero ese solo fue el inicio del calvario que le tocaría padecer a esta pobre campesina.

A la Mesa de Diálogo en La Habana, los visitantes que han venido integrando estos tres grupos llegan a expresar libremente su posición como víctimas del conflicto; las delegaciones de paz del Gobierno y de las FAR-EP, respetuosamente tienen el deber de escucharlos y tomar atenta nota para que en su debido momento se reconozca, se resarza, se repare y se haga el compromiso de que este tipo de hechos no vuelvan a ocurrir jamás, como jamás deben repetirse las violaciones a los derechos humanos en general, incluyendo los económicos, sociales y culturales que hoy por hoy afectan al conjunto de la nación. Todo ello implica la realización de cambios estructurales urgentes que comiencen a dar vía a la construcción de la justicia social.

En estas delegaciones han llegado personas que se sienten afectadas por algunas de nuestras acciones, y desde luego se les han provocado daños que se explican con comprensión y respeto, pero advertimos que en las notas de prensa en las que se presentan los casos, distorsionan la verdad para crear matrices que nos presenten como perpetradores sistemáticos de crímenes de lesa humanidad, al peor estilo del terrorismo de Estado. De contera, los voceros del régimen que jamás han admitido que desde su seno se han trazado políticas criminales, se llenan la boca diciendo que el Estado ya reconoció sus violaciones y los paramilitares también, y que ahora le toca a la guerrilla.

Desde el reino de la impunidad se nos hacen estas exigencias cuando, de manera clara, en múltiples ocasiones, pero desde la orilla de los perseguidos, hemos dicho que nuestras faltas las reconocemos, que nuestra disposición a reparar los errores que se hayan cometido en esta larga confrontación los asumimos con entereza revolucionaria, convencidos que jamás ha habido en nuestros actos mala fe o políticas trazadas a vulnerar los derechos del pueblo; nuestra lucha es por los desfavorecidos, tiene un sentido altruista, pero no por ello a estado exenta de fallas graves que estamos dispuestos a superar; fallas que nunca podrían ser equiparables a los crímenes del Estado y del bloque de poder dominante que nos impuso la miseria, la desigualdad, el luto y esta terrible guerra que queremos concluir en beneficio de las inmensas mayorías sojuzgadas de nuestro país.

Afortunadamente, las mismas personas que nos han visitado como víctimas han hecho claridades sobre muchas de las mentiras a las que nos referimos, y muchas también con espíritu de concordia nos han elevado sus razonables quejas por hechos que han considerado llenos de injusticia. En contraste, pero rezagadas quedan las intensiones malévolas de los medios guerreristas, o de personajes como el procurador, o de partidos políticos como el Centro Democrático, en cabeza de un principal violador de los derechos humanos, mafioso y paramilitar, como lo es Álvaro Uribe Vélez, que siempre se oponen a cualquier intento de reconciliación porque no son los hijos de ellos los que mueren en los combates o en las masacres que ellos mismos han preparado desde las alturas de su mezquindad.

De todas maneras en Colombia el clamor por que se firme un cese bilateral al fuego es cada día mayor, como creciente es el anhelo de que se le den las salidas justas y efectivas a todos los problemas que azotan y tienen en la miseria a la población colombiana. La voz mayoritaria de la nación clama por que se erradiquen las causas que le han dado origen y vida a la violencia, clama por que se llegue a un acuerdo final que deje atrás y para siempre esta guerra fratricida que nos desangra. Como conclusión los colombianos de verdad, los que tenemos sentido de patria, queremos una Colombia digna, libre y soberana, donde los derechos fundamentales de sus habitantes, sean respetados y donde todos podamos decir: Esta si es mi Colombia, tu Colombia, nuestra Colombia, con igualdad de condiciones, respeto y buen vivir para todos y todas.

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