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martes, 4 de noviembre de 2014

CRÓNICAS DE TIEMPOS DUROS VI Nuevo gobierno y continuación del fuego

-Lo verdaderamente trascendente es la fidelidad a la causa, la fe en nuestros propios esfuerzos, la unidad y la confianza en la capacidad del pueblo de interpretar el mensaje de sus verdaderos representantes.
Alfonso Cano

Posesionado Santos como nuevo Presidente el 7 de agosto, no se vio ningún cambio en las intenciones de aniquilamiento exacerbadas por Uribe. Antes bien, se diría que las operaciones militares, policiales, judiciales y extrajudiciales arreciaron con mayor fuerza contra las FARC-EP y el conjunto del movimiento popular en todo el país.
Sobre su llegada al poder, su discurso y sus acciones escribía puntualmente el Camarada Alfonso al resto del Secretariado:
…La tesis de unidad nacional y la manera de acercarse a las Altas Cortes, esbozan la manguala con que definitivamente quieren legitimar las instituciones existentes y arremeter contra las propuestas y alternativas revolucionarias. Trata de marcar diferencias con Uribe, en el estilo, pero acelerar el camino oligárquico que le dejó trazado.
…Santos tendrá dos apoyos muy importantes: contará con la ayuda de los Estados Unidos que desatan una verdadera ofensiva política y militar por el mundo entero. Y tendrá también los enormes recursos que está dejando la explotación acrecentada de la minería que subyace en nuestro suelo patrio que le dará gran solvencia a la hora de gastar.
…El régimen le trabaja a la directriz de López Michelsen de primero derrotar al contendor para luego sí sentarse a negociar con los vencidos. El triunfalismo de esta oligarquía es evidente en las declaraciones de sus voceros en estos últimos días, recalentadas por el balance de los funcionarios y los grandes usufructuarios del gobierno anterior.
…Debemos mantener tensionada nuestra fuerza para impedir que nos golpeen, adelantar acciones ofensivas donde lo señalen los planes, intensificar nuestro trabajo de masas rigurosamente clandestino que aliente la lucha popular e insistir en nuestras propuestas de solución política, con iniciativa, con altura, con proyección y con realismo.
El 21 de agosto, a 14 días de la posesión de Juan Manuel Santos, a las 4 de la madrugada, se escuchó un poderoso estruendo, producto de los ramilletes de bombas que rompían el silencio de la madrugada. El bombardeo se produjo a media hora del sitio donde la unidad de los camaradas Alfonso y Pablo había instalado su nuevo campamento, más exactamente en el lugar que habían abandonado dos días atrás. Como ya es costumbre, a las bombas siguieron los aviones ametrallando, las bengalas, los helicópteros artillados que llegan a hacer fuego y luego los que se encargan de trasladar la tropa que tiene como misión desembarcar. Apenas amaneció, los camaradas dispusieron la evacuación inmediata del campamento.
Ese día sucedió un episodio memorable. Un comando de exploración de los nuestros alcanzó a ver dos soldados profesionales que hacían de vanguardia de la tropa por una trocha, acompañados por un perro que olfateaba el piso en su oficio de hallar minas. Uno de los muchachos, el que caminaba adelante, acertó a hacer fuego contra los del Ejército, dando de baja a los dos hombres. De inmediato se dio inicio a un fuerte combate que se prolongó por un cuarto de hora. Cuando los muchachos emprendían cautelosamente la retirada, escucharon de nuevo el fuego por parte del Ejército, pero no en dirección a ellos, sino en contra de otra tropa que apareció por un flanco. Se dispararon entre sí cohetes y bombas de todo tipo, en medio de un intercambio de disparos que se prolongó hasta la tarde. El fuego amigo, como llaman ellos esas situaciones frecuentes que les ocurren, sirvió para permitir, facilitar y asegurar la retirada tranquila de la unidad de los camaradas por una trocha vieja que conducía al río Guayabito. Todo esto sucedía en la región general de Marquetalia, al sur del departamento del Tolima, una zona que el camarada Alfonso solía llamar una burbuja de selva.
Esa noche los camaradas Alfonso y Pablo estuvieron hablando largamente. Alfonso sostenía que el estado de salud de Pablo, por motivo de la lesión en su brazo, no era el adecuado para las duras jornadas que se veían venir. Su preocupación por la recuperación de su camarada y amigo era sincera y muy grande. El resultado de la conversación fue la decisión de abrirse en dos comisiones, y que Pablo buscara la forma de romper los varios cercos que los atenazaban, tratando de buscar hacia el Valle y el Cauca, en procura de entablar contacto con el Bloque Móvil, la columna Jacobo Arenas o el Sexto Frente que operaban más abajo. El camarada Alfonso le hizo prometer que se haría operar del brazo tan pronto como estuviera en condiciones.
En seguida sobrevino una rápida y nostálgica despedida entre los dos camaradas y sus respectivas guardias, reafirmando en cada abrazo que no abandonarían ni un minutos las banderas de lucha por la liberación de nuestro pueblo, que superarían esa etapa y muchas más. El adiós fue intenso, como si supieran que era la última vez que volverían a mirarse a los ojos. Tras el último abrazo que se dieron, cada uno de los camaradas emprendió su ruta, embargado por sus sentimientos y preocupaciones. En las semanas siguientes el camarada Alfonso estuvo muy callado y taciturno. A leguas se notaba la falta que le hacían las charlas matutinas de los últimos dos años.
Fueron dos meses más lo que permaneció por esa zona. Allí recibió la terrible noticia de la muerte del camarada Jorge Briceño, el Mono, que sin duda lo golpeó profundamente, sin que por ello dejara de mostrarse fuerte como siempre. Al conjunto de los guerrilleros de las FARC los alentaría, entre diversas expresiones, con esta:
Nos han golpeado, sí. Dolorosamente. Pero más que nadie, tenemos conciencia que la organización y el ideario fariano, con todo lo que somos y representamos históricamente en cada zona, en el país y en el mundo, permanece enhiesta, vital, vigente, decidida y con plena voluntad política de continuar la brega con los lineamientos que tenemos suficientemente definidos y señalizados. Lenin razonó que "los caminos de la revolución no son anchos y rectos como la avenida Nevski de San Petersburgo". Marulanda y Jacobo nos lo enseñaron y reiteraron permanentemente.

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