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lunes, 15 de diciembre de 2014

Pensamientos prohibidos a generales y soldados (II): El general

«Los dos soldados profesionales integrantes de la Fuerza de Tarea Quirón liberados por las FARC-EP en Arauca, así como el general Alzate, Comandante de la Fuerza de Tarea Titán, liberado en el Chocó junto con sus acompañantes, no sólo armaron un ruido tremendo con los hechos que dieron lugar a su detención por la guerrilla, sino que una vez de regreso a los cuarteles siguieron sacudiendo el panorama político con sus declaraciones»
Por Equipo Editorial Resistencia

Segunda parte: El general

general-alzate-1.jpgEl laberinto del general resultó mucho más difícil para él, por su jerarquía en el escalafón militar y por la posición que ocupaba en el momento de su detención.

Aquí sabemos muy bien que de él emanaron las órdenes para los múltiples bombardeos, ametrallamientos y desembarcos que costaron la vida a varios combatientes de las FARC-EP en el último año. Que la represión desatada por la tropa contra la población civil humilde del Atrato tenía origen en su despacho. Él mismo tuvo que pensar que la ocasión para hacer justicia con él resultaba envidiable. Sin embargo, ahora sabe que ese grupo de enemigos a los que ha perseguido con tanta saña respetó su vida, su integridad, su jerarquía y su condición.

Por las largas conversaciones sostenidas con él durante su detención, tenemos una idea aproximada de lo que pasa por la cabeza de muchos mandos militares en estos momentos. Claro, cazando con pinzas entre sus dichos.

Comprendemos perfectamente su situación, sus temores, sus malabarismos dialécticos. Inicialmente debió temer mucho por su vida, lo cual debió inspirarlo para mostrarse como un hombre de criterios amplios, eso se entiende. Después, cuando supo que si no moría por causa de algún bombardeo de los que estaba realizando la fuerza aérea, la guerrilla le garantizaría su vida y libertad, la naturaleza de sus aprensiones pasó a ser diferente, su futuro, la suerte de su carrera militar, su prestigio. En ese momento el mayor peso para su conciencia ya no fuimos las FARC, sino la institución, sus cerrados criterios, la dureza de sus juicios. Demasiado bien sabía él que el Ejército no perdona a nadie. Entonces, la inminencia de su segura caída, la premonición de su desgracia militar, el sentimiento de soledad pudieron haber abierto su alma con mayor fluidez y acercar sus palabras en mayor grado a la verdad. Eso sólo se sabrá con el tiempo.

Los militares no pueden inmiscuirse en las disputas entre las facciones políticas de las clases pudientes en el poder, pero permanentemente peroran y actúan en contra de los movimientos políticos y sociales que se oponen al orden establecido por esas clases. Hacen política con armas en pro del Establecimiento, comprometidos incluso con el orden impuesto a nivel mundial por los Estados Unidos, en contra de sus propio pueblo que reclama soberanía e independencia.

La voz cavernaria del general Bedoya de vez en cuando sale a relucir para marcar el paso a los generales activos. Por eso no extraña que el general Flórez, designado para encabezar por parte del Estado la comisión técnica que se ocupará de asesorar La Mesa de La Habana en los temas relacionados con la terminación del conflicto, se pronunciara recientemente en ACORE acerca de las todavía llamadas repúblicas independientes, como fortines de inspiración comunista que devinieron en grupos que siembran hoy violencia y terror, ni que otro Javier, pero de apellido Rey, recientemente salido de filas, saliera a murmurar toda clase de sandeces contra el proceso de paz, como esa de que Timochenko habita en haciendas cercanas a Caracas, a las que acuden gentes del gobierno y del comisionado de paz con frecuencia. Todo lo cual sirve para difundir la idea de un estamento militar profundamente reaccionario, enemigo de la solución política, dispuesto a jugársela por el senador Uribe y completamente indiferente a la grave situación social del país.

Gracias al general Alzate, inventariando de todos modos sus palabras, puede pensarse que las cosas no son exactamente de ese tenor. Su mismo caso, de algún modo, resulta sorprendente.

¿Por qué cayó de una manera tan inesperada en manos del 34 Frente de las FARC-EP? ¿Qué estaba haciendo en Las Mercedes y en las condiciones que se conocen? A estas alturas consideramos innecesario darle más vueltas al asunto y hacer más cábalas al respecto. Las razones expuestas por él son más que suficientes.

Con un año al frente de la Fuerza de Tarea Conjunta que opera en el Atrato, resulta imposible no reparar en las terribles condiciones de abandono, pobreza e injusticia reinantes en el Chocó. De hecho se lo expresó al Comandante Pastor Alape, del Secretariado Nacional de las FARC-EP, quien acudió desde La Habana, con autorización del gobierno, para garantizar su liberación. La situación que le había tocado afrontar la asumía como una afirmación de sus convicciones en cuanto a que el elemento militar no podía predominar en la solución de los problemas sociales en zonas tan marginadas y empobrecidas como el Chocó.

Al recibir el cargo se le había dado el plan de coordinar todas las instituciones gubernamentales, a la empresa privada, a la iglesia, a organizaciones afros e indígenas, para buscar la implementación de proyectos de desarrollo en la región, como un elemento esencial para el control y la seguridad regional, a fin de limitar el accionar de la guerrilla. Que el estudio que elaboraron sobre la situación del Chocó los llevó a concluir que se está cocinando un conflicto grave, presto a explotar en cualquier momento, con consecuencias graves. Que la puesta en práctica de este proyecto le generó críticas en la institución, pero logró parte del apoyo financiero para iniciarlo. Así había arrancado el programa de energía alternativa con turbinas, aprovechando el caudal del Atrato, para electrificar a Las Mercedes. Que en ese proyecto lo acompañaba la doctora Urrego y su esposo. Las gestiones las desarrollaba de civil y sin armamento, como un simbolismo para no crear resistencias en las instituciones civiles y en las comunidades. En esas condiciones fue a una mirada rápida a Las Mercedes para cerciorarse de que lo informado fuese cierto. Y fue apresado.

El general Alzate se retrata así como un hombre cargado de buenas intenciones. Si se lo mira bien, terminó atrapado por las limitaciones en la visión estratégica de las fuerzas armadas. Es obvio que lo único que anima a estas, es asegurar una victoria o al menos la superioridad militar, para lo cual necesitan ganar la voluntad de población civil. Pese a ello, demuestran antipatía cuando algún oficial se toma muy en serio lo de la labor social, incluso con proyectos tan mezquinos como llevar energía eléctrica a uno solo de los tantos caseríos abandonados del Atrato.  El general tenía que viajar de civil al lugar, por la sencilla razón de que la gente no cree ni tiene ninguna confianza en las fuerzas militares, las teme, siempre las ha visto como agresoras. No importa lo que digan las encuestas Invamer Gallup ni la propia propaganda. En cualquier lugar donde se sufra la guerra, la credibilidad del Ejército es nula, equivale a cero o menos. El general Alzate desgració su carrera cuando trabajaba por aprestigiar el nombre de la institución. Por eso le dolió tanto conocer por la prensa que se le hizo llegar, el modo como escribían, difamaban y hasta se burlaban de él.

En ese sentido, en su condición humana y personal, no nos cuesta nada expresar nuestra solidaridad plena con él. Nunca dio la impresión de ser un mal elemento. Cuando el mando guerrillero que se hizo cargo de su seguridad lo instó a estirar las manos, le manifestó con tono no exento de amargura, pero digno, que era el primer hombre en su vida que le iba a poner unas esposas. Después, tras las largas marchas por entre la selva, las comidas compartidas, las pernoctadas en campamentos rápidamente improvisados, se fueron produciendo las conversaciones exentas de tensión, los diálogos en ambiente de cordialidad.

Allí brotaron de sus labios expresiones como la de que quizás su captura era lo mejor que hubiera podido haberle pasado, porque le había brindado la posibilidad de hablar con los guerrilleros, conocer sus ideas, intercambiar con ellos sobre lo que pensaban él y tantos otros oficiales del Ejército. Mencionó la posibilidad de sentarse a seguir hablando, aún después de ser liberado, todo por el bien de Colombia. Según afirmó, desde hacía mucho tiempo buscaba la oportunidad de una entrevista con nosotros, y puso como testigo de ello a la Diócesis de Quibdó y a uno de sus sacerdotes, con quien podíamos confirmar su dicho. Aseguró que el coronel comandante de la XV Brigada era una persona seria y de diálogo que pensaba en la paz, y hasta se ofreció para servir como puente para entablar conversaciones con él. ¿Era sincero? ¿Subestimaba a sus captores y pretendía engañarlos? ¿Qué hubiera dicho otro en su lugar?

Al comandante Pastor Alape, ya al borde de su entrega a la comisión que vino a recibirlo, el general Alzate le manifestó sus agradecimientos por el buen trato recibido por los guerrilleros y le reveló su impresión por el apoyo de la población hacia la guerrilla, por su sorprendente movilidad  y por la destreza y rapidez para levantar campamentos en la selva. También le expresó su admiración por la unidad que mostraban todos alrededor de las orientaciones del mando, y por el convencimiento en sus ideas que veía en todos los guerrilleros, aunque unos tuvieran más habilidad que otros para expresarlo.

Podía tratarse de la emoción natural que se desbordaba ante la inminencia de su liberación. Pero no se puede negar que se sintió seguro y en confianza, hasta el punto de abrir su alma ante el jefe guerrillero. Aquella captura representaba una situación demasiado complicada para su vida profesional. Él era hijo de un militar, había crecido y se había formado en los cuarteles, realmente ni siquiera conocía la vida civil. Lo que pudiera acontecer con su carrera militar lo acongojaba. Resultaban comprensibles su angustia y su dolor.

Sin embargo, se confesó como un militar que creía en la paz, y aseguró que también había muchos militares respaldando la salida política. Lo que les preocupaba era su situación jurídica, la posibilidad de que mientras los militares salieran juzgados penalmente, los guerrilleros salieran a hacer política. Dijo estar dispuesto a hacer cuanto le fuera posible, dentro de sus limitaciones, por ayudar al propósito de la paz.

Su relevo estaba próximo, sabía que iba para el Instituto de Estudios Militares. Que en su mente anidaba la idea de darle una proyección diferente a la doctrina de seguridad, pues es un convencido de la necesidad de cambiar muchos aspectos del pensamiento militar, en su opinión las relaciones con la población civil tienen que estar enmarcadas en la solución de los problemas que la afectan y excluyen del desarrollo. Todos sus propósitos hacían aguas ahora.

Descartó que fuera cierto que Uribe contaba con el respaldo de toda la oficialidad. Durante su gobierno había expulsado un alto número de generales, algo que ningún gobierno se había atrevido a hacer. Ni él ni muchos otros compartían sus actuaciones políticas, porque era un hombre con muchas cosas oscuras en su pasado, que le había hecho mucho daño al país y que no quería entender que ya había salido del poder, que ya no podía imponer lo que quería.

Manifestó irse convencido de haber visto una guerrilla completamente comprometida con la paz. Que desde su visión de militar jamás llegó a pensar que la guerrilla tuviera las preocupaciones por el país, que había escuchado de los labios de mandos y guerrilleros.

Cuando se le pidió su autorización para la filmación del saludo expresó que no veía inconveniente, del mismo modo que dio su consentimiento para que la abogada Gloria Urrego respondiera una entrevista ante las cámaras de la guerrilla. Ella ya había accedido, pero los guerrilleros consideraron prudente consultar la opinión del general.

Habían pasado muchas cosas en esas dos últimas semanas. General, cabo y abogada se vieron en la necesidad de ponerse las botas de caucho que usamos los guerrilleros. De otra forma hubiera sido imposible desplazarse entre aquel monte invernal. Los documentos personales del general, que reposaban en poder del mando de una comisión guerrillera que se movía cerca al grupo que lo aseguraba, se embolataron en medio de agitación producida por uno de los bombardeos que afectó la zona durante aquellos días. La guerrilla prometió regresar después al sitio en su búsqueda y hacérselos llegar al general de algún modo.

El cabo Jorge Rodríguez no dejaba de experimentar cierta satisfacción íntima por lo que le había tocado vivir al general al lado suyo. Su historia explica el por qué.  Hijo de campesinos de Mutiscua, Norte de Santander, se integró al ejército porque era la empresa que daba más empleo, e hizo curso de suboficial por un tiempo de 18 meses. Su instrucción fundamental fue disparar, fortalecimiento físico, tácticas de combate y conferencias sobre derechos humanos, de las que no entendía nada ninguno, porque los que las dictan hablan un lenguaje incomprensible y además eso no es necesario para calificar a los cursos de ascenso. Lo que califica para pasar a estos cursos es no discutir órdenes, cumplirlas con prontitud y dar resultados operativos. Toda su actividad se reduce a operaciones de búsqueda de combate, de patrullaje, a ello no se pueden oponer, así estén enfermos. No pueden decir que no están en condiciones de salir a patrullar, porque son informados a los superiores y acreedores de acciones disciplinarias. No hay respeto por el soldado, si se enferma en el terreno, la respuesta de los oficiales es que lo resuelvan allá y tienen que seguir el patrullaje con el soldado enfermo, aplicándole medicamentos elementales. Le agradaba que un general sufriera lo que sufrían diariamente los soldados que dirige.

Por él supimos que la mayor preocupación de suboficiales y soldados por la eventual firma de la paz es perder el empleo y no asegurar su jubilación, porque no saben hacer otra cosa y no hay otra posibilidad de empleo en el país. Paradójicamente confesó que no conocía al general, pues no estaba asignado a esa unidad militar, era del batallón Manosalva. Estaba de descanso allí, en el batallón, y un oficial le dijo que fuera a acompañar al general. Partió como estaba, sin armamento.

Nunca imaginó que se vería envuelto en ese embrollo.

Cuando el camarada Pastor le preguntó al general, con el mayor comedimiento, si quería que lo movieran esa misma noche hasta el sitio donde lo esperaban los de la Cruz Roja Internacional, los países garantes y el gobierno, respondió que se sentía más cómodo allí, que la entrega podía hacerse la mañana siguiente. Era obvio que necesitaba pensar, tranquilizarse, prepararse. Lo preocupaban las preguntas y explicaciones a las que iba a verse expuesto. Por su propia voluntad, el general prefirió pasar su última noche en las selvas del Chocó en el campamento de las FARC-EP. Con los habanos cubanos que le trajo el Comandante Alape y la botella de vino francés que le obsequió con respeto y en señal de amistad.

Después, ya en libertad, en la exposición pública a la que lo sometió el gobierno nacional, el general diría que lo habíamos maltratado y obligado a tomar parte en un show mediático. Como siempre, buscando evadir un agravamiento de su situación, todo el que se ve forzado a explicar alguna relación con nosotros opta por descargar sobre nuestros hombros las aguas sucias. Estamos acostumbrados, y lo entendemos. De todas formas, aunque invocando el honor militar el general Rubén Darío Alzate Mora hubiera sido obligado a pedir la baja, para efectos prácticos nos queda la satisfacción de no haber sido nosotros, sino el Presidente Santos, el que tomó la decisión de dar de baja a un general del Ejército Nacional. Así paga el diablo a quien bien le sirve.

Montañas de Colombia, 6 de diciembre de 2014.

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