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martes, 27 de enero de 2015

Retazos de cartas llegadas de La Habana IV

Camarada, tenía muchos días de no escribirles. No quiero que piensen en mi ingratitud, de eso nada que ver. Más bien diría que uno se va habituando poco a poco a este estilo de vida, y la nostalgia inicial por su gente y ambiente va cediendo el lugar a la costumbre.

Otra clase de actividades y preocupaciones, relacionadas todas con el trabajo por la causa de nuestro pueblo, lo van absorbiendo y los días se pasan cada vez más de prisa. De pronto nos parece que fue ayer cuando escribimos y que hacerlo de nuevo es demasiado pronto, sin reparar que en realidad han acontecido muchas cosas y que podemos parecer despreocupados u olvidadizos. Espero que sepan comprenderme.

Los informes se van por los conductos establecidos y uno cree así cumplido su deber. Allá saben todo y entonces para qué escribir más. Es un error, lo sé, no cabe pensar de ese modo. Conozco bien de su gusto por las historias al margen. A manera de reparación por mi silencio, deseo enviarles esta, sin ninguna clase de condicionamientos.

El año pasado, en pleno campeonato mundial de fútbol, tuvo lugar en Guinea Ecuatorial la Cumbre de África, a la que por vínculos de afecto y solidaridad fue invitada una vez más la República de Cuba. Mucha gente critica ese tipo de gestos, e incluso busca acreditarlos como prueba del ánimo expansionista de la nación del Caribe. No pueden entender que se trate de honores, de reconocimientos a un pueblo, a una revolución y a un país que hace tanto por ellos.

De la delegación enviada por Cuba al evento, hizo parte un funcionario de su Cancillería que por razones de trabajo había visitado varias veces África. Un cincuentón alto, de piel blanca y cabellos castaños, un tipo bien presentado que a primera vista podría pasar por europeo o australiano. Un tremendo bigote, de apariencia más bien germana, destaca en su rostro tanto como su ceño fruncido, confiriéndole el aspecto de gente de mal carácter. Pero basta con que hable para que desaparezca toda aprensión hacia él. Al hacerlo, se descubre como un cubano raizal, de excelentes modales, voz grave y sonora, humor desbordado y aguda inteligencia. Un caballero de la cabeza a los pies, como decimos en Colombia.

Uno de estos días conversé con él, mientras fumábamos de los fuertes cigarrillos cubanos que prefiere y lleva a cualquier parte del mundo. Trataré de relatarle aquí lo que me contó. La fiebre del campeonato mundial también se siente en Guinea Ecuatorial, donde la gente quiere seguir los partidos por la televisión. Ese país tiene una curiosidad, fue colonia de España y es por tanto la única nación africana donde el idioma oficial es el castellano.

Si usted camina por las calles de Malabo, la capital situada en una isla, verá que todos los anuncios están escritos en español. Tiendas, ferreterías, tabernas, lo que sea. Pero al entablar conversación con sus habitantes se encontrará con que la mayoría de ellos se expresan en sus dialectos nativos, e incluso en otros idiomas como el francés o el inglés. Váyase a saber por qué.

El día del partido entre las selecciones de Brasil y México, nuestro funcionario se hallaba sentado cómodamente en un sofá, en el lobby del hotel, siguiendo las incidencias del juego por la televisión. Estaba en el centro del África occidental, así que no era extraño que un puñado de niños negros correteara por aquella sala, jugando y lanzando gritos de alegría. De vez en cuando él volvía la vista de la pantalla, atraído por su bulla, pensando en que en cualquier lugar del mundo los niños disfrutaban del mismo modo la vida, con independencia de su situación.

De pronto se situó al lado de su sillón un hombre alto y robusto, de piel intensamente negra, con un vaso de licor en la mano derecha. Parecía interesado por el juego que transmitía la televisión. En algún momento, tras una de esas jugadas vibrantes, el hombre le dirigió la palabra para preguntarle si era portugués. Nuestro funcionario le respondió con tono amable que no, y le agregó que era cubano. La reacción de su interlocutor fue instantánea.

Qué agradable sorpresa, un cubano, allí, en ese momento. Y fue soltando uno tras otro una serie de elogios. Si se hubiera tratado de un portugués o de un francés, nunca entablaría una conversación con ellos. Pero distinto era con un cubano. Por un momento se había confundido, era tan blanco, pero no, bastaba con que viniera de Cuba para sentirlo como uno de ellos. Portugueses, franceses, británicos, todos habían llegado a África con el fin de saquearla, de esclavizar a su gente, de someterla y exprimirla.

Pero los cubanos no. A Cuba la conocían desde muchos años atrás porque llevaba al África negra maestros, médicos, constructores, asesores en diversas especialidades. Cuba no cobraba ni un dólar por ello, lo hacía por solidaridad, por generosidad, por fraternidad, por puro sentimiento de humanidad. Nunca pedía nada a cambio. Qué gente tan extraordinaria y única.

Nuestro amigo reía con satisfacción. Había valido la pena tanto esfuerzo, aquella muestra de cariño lo confirmaba, la revolución cubana abrigaba en sí todas las grandezas. Por eso se atrevió a agregarle al discurso de su repentino admirador que se le había olvidado mencionar algo. Y cuando esté le preguntó qué, le respondió que la sangre de los cubanos, las vidas de tantos combatientes de su país que habían dejado allí su vida o la integridad de sus condiciones físicas para contribuir al fin del apartheid, para ayudarles a consolidar la independencia a sus pueblos.

La dentadura del enorme moreno brillaba tras su sonrisa emocionada. Claro, claro que sí, era completamente cierto. Se trataba de algo a lo que no podía ponérsele ningún precio. Entonces nuestro funcionario añadió que en Johannesburgo, una de las capitales de Suráfrica, existía un parque en el cual Nelson Mandela había hecho edificar un monumento. Un hermoso muro, en el que aparecían grabados, con fina y hermosa letra, los nombres de cada uno de los cubanos que habían perecido empuñando las armas por la libertad y la dignidad africanas. Él lo había visto, y la verdad se le había helado la sangre ante aquella conmovedora muestra de agradecimiento.

El centroafricano no pudo contener más su sentimiento de admiración. Le pidió que se pusiera de pie y procedió a propinarle un caluroso y prolongado abrazo. Ustedes, los cubanos, se lo merecen todo, le dijo. Y lo tomó por un brazo invitándolo al bar. Quería ofrecerle un trago, bebérselo con él, con su hermano de Cuba, con uno de esos hermanos de la humanidad entera. Nuestro funcionario aceptó complacido. Ya no le importó nada el resultado del partido. Los niños seguían corriendo y gritando por el lobby del hotel. Los sintió como a sus hijos, a miles de kilómetros de casa.

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