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jueves, 19 de febrero de 2015

50 años de lucha por la Nueva Colombia

Por: Gentil Duarte.
BCJB FARC-EP

Para referirnos a los 50 años de las FARC- EP, cumplidos el pasado 27 de mayo de 2014, hay que decir que es realmente meritorio consagrar toda una vida de combate por los cambios necesarios que nos permitan superar las causas que condujeron a un puñado de destacados revolucionarios al alzamiento armado. Una respuesta inequívoca contra el terrorismo de Estado de la clase económicamente dominante y fiel servil de la geopolítica imperialista de los Estados Unidos.

No ha pasado en realidad mucho tiempo en que cumplimos medio siglo de lucha, que ha demandado demasiados sacrificios de nuestro pueblo. Una lucha que desde antes de nacer como guerrilla revolucionaria se viene planteando la necesidad de la salida política a la cruenta guerra, porque como decía el camarada Jacobo Arenas: "nosotros no hacemos la guerra por la guerra sino obligados por las circunstancias". Nacimos con la paz como una de las banderas fundamentales en medio de la guerra de la oligarquía contra nuestro pueblo, después de desangrarlo en el periodo de lo que llamaron La Violencia. El bipartidismo enfrentó a los colombianos en una terrible orgía de sangre que marcó la historia política de la patria.

Nacimos porque criminalizaron el reclamo de los derechos fundamentales, como el derecho a la tierra, a la educación, a la salud, a carreteras, créditos, servicios básicos, mercadeo y a la participación política democrática. 

Cerrar la posibilidad a un país en democracia ha sido el más grave crimen; por ello, miles de líderes sociales y  populares,  dirigentes políticos opositores a las clases dominantes han sido asesinados, vastos territorios despojados, millones de compatriotas desplazados en desarrollo de una política de tierra arrasada de la que se han lucrado políticos y militares corruptos, latifundistas, mafiosos, empresarios criollos y empresas transnacionales. 

En medio del genocidio social y político nos proyectamos como Ejército revolucionario. En nuestros principios y nuestras armas se escudan los más sagrados intereses de las mayorías empobrecidas y explotadas. Por convicción hemos luchado y vencido la adversidad, por convicción miles de combatientes farianos han dado la vida enfrentado las tropas del régimen a quienes han dotados de las más modernas tecnologías pero humanamente empobrecidos, y cada día más, por los crímenes cometidos contra la población indefensa.
 
 En estos 50 años han sido infructuosos los esfuerzos por la paz. Podría asegurar que para los camaradas Manuel Marulanda y Jacobo Arenas fue más prioridad la salida política al conflicto que la insurrección popular. Esta última se concibió conociendo el talante sanguinario de la oligarquía y lo difícil del camino de la reconciliación. Los sucesores de los camaradas, hechos en la escuela guerrillera y el ejemplo de nuestros históricos marquetalianos y en la formación militante comunista han seguido orientando a las FARC-EP inspirados en la paz con justicia social. 

Por atrevernos a soñar en lo posible y necesario hemos perdido la vida de miles de combatientes, entre ellas, las de inolvidables dirigentes como los camaradas Raúl Reyes, Iván Ríos, Jorge Briceño, Alfonso Cano y toda una pléyade de cuadros muy valiosos. Creyó la oligarquía que bastaría con nuestros muertos, nuestros presos y lisiados para declararnos rendidos. Creyó que la matanza indiscriminada de colombianos por sus paramilitares y la tropa oficial y el llamado "puntillazo final" nos lanzaría a la entrega de nuestras armas y banderas y se equivocaron una vez más. La experiencia nos cualifica y nuestra moral es irreductible. 

Conmemoramos el 50 aniversario con los diálogos de paz en La Habana donde hemos puesto sobre la Mesa de diálogo las más progresistas propuestas para la paz. Medio siglo de lucha debe persuadir al gobierno a que la guerra no nos arredra porque este pueblo ni se amilana ni se somete. O se abren las puertas a la democracia o el pueblo elegirá abrirlas mediante la combinación más activa de la lucha de masas. Y los militares y policías patriotas, hartos de tanto desangre, sin duda no serán indiferentes. 

Me restaría invitar a fortalecer la movilización social y hacer sentir el poder Constituyente para la paz, para que sea el soberano, quien en últimas,  decida sobre la paz que selle definitivamente las causas de la guerra y herede  mejor destinos a Colombia. 

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