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lunes, 16 de febrero de 2015

Lo que revela la muerte de Olimpo

Como de inicio sucedió con el Camarada Alfonso Cano, ella nos muestra la vocación cobarde y criminal de la oligarquía y el Estado colombianos.

Por Gabriel Ángel

Me enteré de una noticia dolorosa y terrible. De acuerdo con ella, en Sácama, Casanare, en enfrentamiento con tropas del Ejército, se produjo la captura de Chucho Díaz, comandante del 28 Frente de las FARC, y la muerte de Olimpo, su reemplazante, al que los guerrilleros del Bloque Oriental Comandante Jorge Briceño conocieron cariñosamente como Maraco.

Gajes de la confrontación, dirán algunos. Cosas de la guerra, pensarán otros. Se trata, en todo caso, de una operación militar más, ordenada por el gobierno colombiano contra unidades de las FARC-EP. El señor ministro de la defensa alardea por los medios del resultado obtenido, y, como acostumbra, sindica una vez más a los mandos guerrilleros de los peores crímenes.

Las FARC-EP tenemos 57 días de mantener un cese unilateral del fuego y las hostilidades, de cuyo riguroso cumplimiento han dado fe no sólo las organizaciones políticas y sociales que integran el Frente Amplio, sino entidades tan respetables como las Naciones Unidas y hasta el Presidente Santos. El alborozo del ministro pone de presente quién odia y mata en Colombia.

En la larga brega guerrillera, una más apenas de las formas de lucha del pueblo colombiano, he debido transitar por diversos bloques y frentes de la organización, siempre en cumplimiento de tareas asignadas por diferentes direcciones. Durante mis inolvidables años en el Bloque Oriental, a órdenes del Mono, permanecí una temporada en la compañía móvil al mando de Olimpo.

Marchábamos haciendo parte de una larga y poderosa columna, integrada por más de diez compañías móviles de combate, siempre a la expectativa de entrar en choque con el Ejército, que se movía también en grandes unidades, brigadas móviles enteras, dislocadas en batallones que nunca se alejaban más de quinientos metros uno del otro.

Corrían los días del Plan Patriota, debía ser a mediados del año 2005. La tropa había penetrado a las profundidades de la selva, en el Caquetá, el Meta, el Guaviare, mediante desembarcos nocturnos realizados lejos, a las espaldas de la guerrilla. De ese modo sus operaciones se cumplían de adentro hacia afuera, por el flanco donde nunca se la había esperado.

La vigilancia permanente del territorio estaba a cargo de las compañías móviles, compuestas por un número que oscilaba entre cincuenta y sesenta guerrilleros. De ellas brotaban los comandos, grupos pequeños, de los que hacían parte también mujeres combatientes, con la misión de explorar metro a metro, a fin de detectar por el mínimo detalle la presencia enemiga.

La disciplina tenía que ser muy elevada, pues la tropa solía emboscarse en silencio en medio de la espesura, y no descubrirla a tiempo ponía en altísimo riesgo la vida. En esos casos no había otra alternativa que combatir, con todo el poder de fuego, en procura de ponerse a salvo. No todos lo lograban. Se hacía familiar oír que fulano o zutana no habían aparecido tras el combate.

Pero también esos comandos lograban ubicar a la tropa. Al fin y al cabo, grupos tan grandes tenían que hacer mucho ruido al moverse y sus trillos eran inmensos. Una vez, entre los ríos Caguán y Yarí, cerca de Remolinos, los exploradores se toparon con un área más o menos cuadrada, en cada uno de cuyos lados, cada 20 metros, había el piso reciente de un puesto de guardia.

Por cada flanco contaron veinte postas, unos cuatrocientos metros, para un total de 80 centinelas. Al interior de ese perímetro habían permanecido unos 1500 soldados, que se movían como una plaga de langostas a la caza de los combatientes del Bloque Sur. Fuerzas de ese tipo eran las que debían localizar los comandos e informar a sus mandos para comenzar el asedio.

Toda la compañía móvil se ponía entonces en pie de guerra. Francotiradores y pequeños comandos debían hacerle la vida imposible a la tropa. Sembraban minas a su paso, los hostigaban en el momento más inesperado. Los helicópteros llegaban con frecuencia a llevarse los muertos y heridos. La tropa debía luchar a toda costa por mantener el secreto de su ubicación.

Entonces brillaba en todo su esplendor el genio de los comandantes de las compañías guerrilleras. Cómo dirigir, cómo conducir al combate, como animar a su gente, cómo orientar para impedir que le golpearan su fuerza, cómo desplazar su unidad para sorprender al enemigo, cómo coordinar con otras compañías para en un momento dado hacer frente a la tropa con una fuerza grande.

La historia y la crónica oficial jamás da cuenta de la existencia de tales personajes, hombres y mujeres extraordinarios, de dimensión heroica, verdaderos titanes nacidos del pueblo de Colombia, seres de valentía y coraje a toda prueba, de procedencia humilde, sin mucha educación formal, revolucionarios íntegros, jugándosela de lleno por un país mejor para todos.

Olimpo fue uno de ellos. Modesto, sereno, ejemplar. Poseedor del más extraordinario de los carismas para conseguir de sus subordinados la ejecución de las acciones más sublimes. Serio, de ceño fruncido y rostro poco amigable, de comentario agudo y siempre jocoso, un verdadero maestro en generar en sus tropas la alegría y la abnegación requeridas por la lucha.

Tras una década de haberlo visto gigante en su enorme condición humana, política y militar, me entero de que recién cayó en combate en el Casanare. Me pregunto qué méritos o argumentos puede tener un aburguesado y mediocre ministro de defensa, de cabellos peinados con gomina y vanidosa arrogancia, para ufanarse del fin de un hombre tan superior en todo sentido a él.

Un ministro que representa a un gobierno que sostiene diálogos de paz con las FARC desde hace ya cuatro años. El vocero político de unos mandos militares reunidos en La Habana con sus equivalentes guerrilleros, para estudiar las fórmulas del fin del conflicto. Un gobierno que exige cada mañana más gestos de paz a una insurgencia que ha cesado todos sus fuegos.

Por eso es que resulta terrible la noticia de la muerte de Olimpo. No sólo por lo que fue y representa en la histórica lucha armada colombiana, de cuya verdad histórica no quiere el ministro se conozca una sola palabra. Sino porque demuestra una vez más, como de inicio sucedió con el Camarada Alfonso Cano, la vocación cobarde y criminal de la oligarquía y el Estado colombianos.

Porque como un episodio más de la violencia contra nuestro pueblo, pone en evidencia de manera clara y contundente, en las condiciones actuales en que se encuentra la Mesa de la Habana, el modo como entiende y desea el régimen la paz. La paz de la muerte, la paz del silencio, la paz del terror, la paz de la difamación y la mentira. En definitiva, así no pueden ser las cosas.

Montañas de Colombia, 15 de febrero de 2015.

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