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martes, 3 de marzo de 2015

Fuerzas militares y de policía: urge cambio de horizonte, de la guerra hacia la Paz!!!

Por Ramiro Pardo.
Militante PCCC.

A lo largo de más de 50 años de conflicto, son muchas las historias y paradojas que emergen en medio de la guerra. En mis épocas de universitario, en un día de vacaciones en algún pueblo del Tolima, la vida me puso a compartir frente a frente y en la misma mesa con un integrante del ESMAD.  El motivo de juntarnos no fue distinto a una suerte de vínculo familiar bien lejano. Ningún vínculo de sangre entre nosotros, y sin embargo nos vimos rodeados en medio de un ambiente calmo. 

Cuando me enteré que era policía, y más aún del ESMAD, casi que cómo un reflejo instintivo, sentí las más férrea repulsión. Sin duda, había presenciado cómo dicho cuerpo policial se ensañaba en las protestas contra los estudiantes, y el recuerdo de Carlos Giovanni Blanco, Oscar Salas, Nicolás Neira, y tantos otros jóvenes víctimas de dicha fuerza, retumbaba en mi mente. 

Aunque en un momento quise largarme para alguna parte y no tener que ver a dicho sujeto, tuve que soportar el impulso, para no amargar a la familia. En un momento, en medio del calor y a la sombra de una cerveza, cruce algunas palabras con dicho hombre, y luego sostuvimos una amplia conversación. Me dijo que en el ESMAD todos eran solteros y no podían tener hijos, que no portaban placa para no ser juzgados en sus actuaciones, y que además estaban entrenados lo suficiente, no sólo para reprimir las manifestaciones sino para infringir dolor y sufrimiento a quienes enfrenten en medio de la protesta social. 

Quizá muchas veces nos cruzamos en la universidad, en donde cada quien bajo el manto de un uniforme, una capucha, o la simple pinta de un estudiante mochilero, defiende, y reproduce una parte de la realidad. En dicha conversación supe también que ese joven, que se escondía tras ese uniforme de "robocop", había escogido tal oficio porque no había podido acceder a la educación superior. A duras penas había podido terminar el bachillerato, y su familia como la mía, era la típica de barrios y sectores populares. La diferencia era que yo había logrado estudiar, y cursar una carrera profesional, y me había llenado de elementos para comprender la realidad. Su edad era un poco mayor que la mía, pero su concepción de mundo se reducía a lo que él llamaba "el trabajo" en la "institución" y a esperar un sueldo apenas por encima de un salario mínimo cada mes, a cambio de golpear a quien protestara. También supe que tenía sueños y que quería hacer muchas cosas, y que la única manera de hacerlo era portando ese uniforme. 

A diferencia mía, lo único que él sabía era cumplir órdenes; aunque como todos los colombianos, se atrevía a criticar a otras instituciones como el Congreso. Igualmente se quejaba del costo de vida, de tener que pagar arriendo, e incluso, aunque estaba cobijado por un régimen especial y privilegiado, se quejaba también del sistema de salud, cuando no decir que se despachaba contra la corrupción, y hasta se refería a la situación de inseguridad y falta de garantías para "progresar" en éste país; incluso se atrevió a cuestionar varias cosas de su propia "institución". Supe también que ese hombre "robocop", no hallaba el momento de cumplir 40 años para obtener una pensión y dedicarse a otra cosa.  

En medio de dicho panorama, me surgió la reflexión de que él también era un hombre de pueblo, pero que defendía unos intereses opuestos a la clase social que lo había engendrado. Sentí vergüenza ajena al saber que ese "robocop", quizá en algún tropel pudiera salir herido a cambio de tan pocas cosas. Mientras, al contrastar su vida con la mía, entendí lo valioso que es luchar sin contraprestación alguna más allá de tener tranquila la conciencia por defender las causas justas del pueblo colombiano, y los anhelos de paz con justicia social y de un mundo diferente. 

En dicha conversación, entendí que ese hombre, pese a todo, también era humano, que quería una familia, y deseaba que sus hijos pudieran estudiar como yo lo había hecho. En el fondo me di cuenta que él sentía por mí algún tipo de envidia y de admiración. Quizá quería ser como yo, pero yo en cambio no quería ser como él, esa era la sutil diferencia. Supe desde entonces que las fuerzas militares y de policía, esas que en su mayoría integran hombres y mujeres de pueblo que defienden intereses ajenos a los suyos, y a las que se designa como presupuesto más de la mitad del PIB, no tienen tampoco una vida digna; pues aunque tienen beneficios por encima del resto de la población, sus salarios básicos son mínimos  y sufren las mismas necesidades del resto de la población. Cuando no decir que son sometidos a maltrato y manipulación de sus superiores.    

Supe también que mientras ellos arriesgan el pellejo, en una calle o en una selva, sus jefes ganan hasta veinticinco o cincuenta veces más que ellos, y que mientras los suboficiales, patrulleros y soldados rasos escasamente reciben la instrucción propia para reprimir, sus altos mandos pueden cursar carreras profesionales, especializaciones y maestrías en ciencias civiles como derecho, ingeniería o medicina, y que cuando se pensionan, son nombrados embajadores en alguna parte del mundo. Esa diferenciación, entre oficiales, suboficiales y tropas, dada por la condición social de donde se provienen, propias de una sociedad dividida en clases sociales, no deja de ser odiosa y antidemocrática. Es una estratificación basada en el nepotismo donde los cargos se heredan, y los hijos de un general pueden llegar a ser generales, mientras que los hijos del pueblo tienen que ir a la guerra por un sueldo miserable. Supe también que ellos son conscientes de eso y que en su interior surgen bastantes desavenencias y antagonismos entre oficiales y suboficiales.

Así las cosas, resulta paradójico que sea desde estas trincheras desde donde se analice un asunto que debieran exigir ellos. Es claro que para una paz estable, duradera y con justicia social, será necesario luchar también por la democratización de las fuerzas militares y de policía, al punto que el hijo de algún agente de tránsito regordete que anda por ahí en alguna calle de alguna ciudad esperando a pensionarse, pueda estudiar como yo, sin tener que recibir órdenes como su padre, y que si decide dicho camino gendarme, porte los uniformes de dichas fuerzas con un sentido patriótico, en defensa de la soberanía nacional y no en contra de los mal considerados "enemigos internos", que a la larga resultamos ser todos los hombres y mujeres colombianos como él o como yo al momento de cuestionar el statu-quo. Ese será el momento en que dichos cuerpos vuelvan a ser honorables y queridos, y no temidos y odiados como ahora ocurre. 

Cuando la represión se cambie por el servicio, y ellos logren mirar al que protesta, y al que opina diferente como un compatriota y no como un enemigo, cuando el servicio militar no sea obligatorio, cuando no exista gradación odiosa entre oficiales ricos y soldados pobres, entonces se habrá dado un paso definitivo hacia la paz y reconciliación. Mientras tanto habremos de mirarlos con la desconfianza propia que se tiene frente a quien puede hacerte daño. Mientras tanto, y los intereses que defiendan no sean los del pueblo, seguirán siendo aliados de los enemigos de clase. Para que dicha relación social cambie, es que también, hemos jurado vencer, y venceremos!!!   

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