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miércoles, 4 de marzo de 2015

Mujeres para recordar

Josefina
Por Gabriel Ángel

Me dijo por teléfono, en una de esas llamadas que llamaban entonces de larga distancia, que su padre había sido desahuciado por los médicos en el Hospital. No había nada qué hacer. Era mejor que lo llevaran a casa, a morir rodeado de sus seres queridos. Pese a la distancia y el medio que empleábamos, pude captar la dimensión y profundidad de su dolor. No podía contener el llanto, apenas lograba hablarme entre gemidos.

Procure consolarla con lo mejor de mi repertorio. Quedamos en que volvería a llamarme y me contaría la evolución de la situación. Luego decidí escribirle una carta, quizás el modo más elaborado y personal de tocar su alma. Empeñé en ello todo mi esfuerzo y agudeza. Sabía bien cómo era ella, cómo pensaba, cómo sentía. Se trataba de fundirme con su corazón en su angustia, de acompañarla en ese momento tan difícil, de hacerla sentir amada y valorada.

Entonces escribía uno las cartas a mano y tenía que ir al correo a enviarlas. Había un servicio un poco más costoso, entrega inmediata, que con un poco de suerte, garantizaba que la carta llegaría a su destinatario al día siguiente. Claro, siempre y cuando ella estuviera pendiente del apartado aéreo, y pudiera recogerla pronto. En todo caso confié en que pasarían máximo tres días para que recibiera mi abrazo escrito y mis conmovedoras palabras de solidaridad y aliento.

Era viernes en la mañana cuando puse la carta estampillada en el buzón de Avianca. Si mi fortuna era favorable probablemente ella la estaría leyendo en la mañana siguiente. Si no, sería el día lunes. Sabía que una vez la leyera me llamaría plena de entusiasmo. Tres años de amores me habían enseñado a conocer bien sus reacciones. Habitualmente nos separaban mil kilómetros, pero ella o yo viajábamos en busca del otro y una o dos veces al año compartíamos semanas o meses juntos. Éramos novios, sí, al viejo estilo, pero sabíamos arreglárnoslas también.

A los veintitrés años se es bastante desmedido. Para entonces ya había terminado mis clases académicas en la Universidad Nacional y estaba dedicado a estudiar individualmente en casa, con el fin de presentar los exámenes preparatorios que me permitirían recibir el título de abogado. Ya había pasado con éxito los de derecho público y penal. Por esos días estaba consagrado al derecho civil, pero el tiempo era mío, me presentaría cuando me considerara listo.

Aquel sábado lo aproveché para mi entretenimiento personal. Pasé la tarde y buena parte de la noche con mis amigos y hermanos más cercanos, bebiendo cerveza y escuchando canciones vallenatas en el equipo de sonido. Quizás hablando del caso del papá de Josefina y la pena de ella. Debimos bailar, mi hermana era una excelente cocinera y con toda seguridad que debió prepararnos uno de esos deliciosos platos que tanto nos fascinaban.

Al mediodía del domingo fueron a despertarme. En la madrugada me había quedado fundido por la borrachera y aún no había sido capaz de volver en mí. En casos así, no se llamaba a ninguno, se lo dejaba permanecer en la cama hasta que se parara por sí mismo. Éramos muchos hombres en casa, 8 hermanos varones, y el menor apenas debía andar por los dieciocho. El ambiente familiar era de tolerancia y hasta de complicidad con los desórdenes y juergas de los hijos.

Para sacarme del adormecimiento alcohólico me insistieron en que debía poner cuidado. Josefina había llamado esa mañana un par de veces, sin que hubieran podido hacerme poner al teléfono. Su padre había muerto ese mismo día, temprano. Ella iba al Valle a gestionar lo necesario. Me había dejado la razón de que el sepelio se efectuaría al día siguiente, a las ocho de la mañana. Me sentí doblemente mal, por la noticia, que me dolía, y por ella, porque no había podido atenderla.

Los acontecimientos se precipitaron de un modo que no puedo olvidar. Alguien de mi familia se ofreció a regalarme el pasaje en Avianca. Si había algún vuelo que me permitiera volar a Valledupar antes del sepelio, podía darle a Josefina la sorpresa de presentarme en su casa y acompañarla en su dolor. Me invadió cierto sentimiento de ansiedad. Todo se dio, el vuelo salía a las seis de la mañana. Debía presentarme al aeropuerto a las cinco.

De ser así, a las siete estaría en mi destino. Supongamos media hora para presentarme en la casa de ella, iba a llegar justo a tiempo para la salida del entierro. La casa era de esquina. El taxista entró por la carrera y frenó frente a la puerta que daba al patio. Cuando vio la aglomeración y reconoció el luto me preguntó con curiosidad quién había muerto. Le informé deprisa, pagué la carrera y descendí. Ingresé a la vivienda y percibí la sorpresa general cuando me vieron.

La consideré normal, al fin y al cabo era lo que pretendía. Sorprender a mi novia y a su familia con mi inesperada presencia. Uno de mis cuñados, al que llamaban el Cura, años después asesinado a unos cuantos metros de ahí por los paramilitares, se levantó a abrazarme y se fue en llanto cuando me habló. Con extraña amargura en la voz me soltó de un sopetón que su padre había muerto en la madrugada del día anterior y que Josefina había fallecido en la madrugada de hoy.

Quedé de una pieza. Sus hermanas me condujeron a la sala y allí vi los dos féretros, con los cadáveres dentro. Josefina estaba cual era, tenía pocas horas muerta. A eso de las dos de la mañana había manifestado un fuerte dolor de cabeza, tras llorar a raudales al pie del féretro de su padre. Se retiró un momento a reposar en su cuarto. Una de sus hermanas la encontró allí, bocarriba en la cama, un rato después. Era enfermera y con un golpe de vista supo lo ocurrido.

Aquella muerte y el episodio en general causó profunda conmoción en el pueblo. Josefina tenía 28 años y era considerada una de las muchachas más lindas de la población. Había estudiado y luego trabajado con mucho juicio. Gozaba del aprecio y la admiración general. En su casa era un segundo padre, todos sus hermanos, incluso los mayores, acataban su voluntad con agrado. En su oficina la adoraban. Yo, de más está decirlo. Se fue el 4 de octubre de 1982, día de San Francisco de Asís, el patrono del pueblo, en pleno desarrollo de sus fiestas. Mujeres e historias para no olvidar.

Montañas de Colombia, 3 de marzo de 2015.

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