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domingo, 5 de abril de 2015

¡Dejen hacer la Paz!

Por Carlos Antonio Lozada, integrante del Secretariado de las FARC-EP.

En la medida que avanzan los diálogos de paz, arrecian los ataques de sus enemigos, dirigidos de manera coordinada y convergente desde la bancada uribista en el Congreso, la Procuraduría y la presidencia de ACORE.  

No son casuales las coincidencias en los pronunciamientos del uribismo, el Procurador y el General ® Jaime Ruiz Barrera, Presidente de ACORE, contra el proceso de La Habana. Coincidencias no solo en el lenguaje, sino también en el hecho de apelar a la mentira y la falsificación de la realidad para sustentar su arremetida contra los diálogos de paz.

"Claudicación frente al terrorismo", "desmoralización de las Fuerzas Armadas", "acuerdos secretos", "incremento de los ataques terroristas y la inseguridad", etc., son parte de los estribillos utilizados para confundir la opinión desprevenida de los colombianos, buscando crear miedo y rechazo al proceso de La Habana; lo que a su vez les permite camuflar sus inconfesables propósitos bajo sonoras frases de aparente patriotismo y defensa de los sagrados intereses de la nación.

Una táctica, basada en claros propósitos efectistas dirigida a generar emociones antes que razonamientos. La manipulación como recurso para obtener el apoyo a unas tesis contrarias al anhelo mayoritario de los colombianos de paz con justicia social.

El objetivo estratégico que buscan es hacer abortar el proceso; o en su defecto, si finalmente éste logra consolidarse, sin renunciar nunca al propósito principal, tratar de incidir para que los contenidos de los acuerdos logrados no afecten de manera significativa los intereses económicos, políticos y sociales que representan.

Para nadie es un secreto que la Agenda acordada en La Habana busca desatar los principales nudos que mantienen a Colombia amarrada al acaparamiento de la tierra y la marginalidad del campo, al distanciamiento abismal entre la vida urbana y rural; al clientelismo político y la corrupción, a la hegemonía política e ideológica de una minoría autoritaria, ligada por sus intereses al gran capital transnacional.

Mantener sin modificar por largo tiempo ese estado de cosas, pese a los deseos mayoritarios de cambio y la emergencia de fuerzas sociales y políticas que luchan por mejoras en la sociedad colombiana, solo ha sido posible gracias al ejercicio sistemático de la violencia estatal y para-estatal por parte de las élites dominantes.  

Lo anterior es lo que explica el origen y la persistencia del conflicto armado colombiano y le da su connotación económica, política y social. En ese sentido es ilustrativo el informe de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas y es lo que permite entender a su vez, por qué ciertos sectores de la clase dominante se asustan con la perspectiva de un cese del conflicto armado que implique unos pocos cambios en el mundo rural y una mínima apertura en el sistema político. La conclusión es sencilla: Sin la guerra ven sus días contados.

Durante los 8 años que estuvieron en el poder los sectores que hoy se oponen al proceso, no escatimaron esfuerzos, medios ni recursos para tratar de aplastar la resistencia armada y la inconformidad civil. Como nunca antes se unieron bajo una sola voluntad la clase dominante y todo el poder del Estado; a lo que sumaron el apoyo de los EE. UU. y la estrategia paramilitar; en una verdadera orgía de sangre contra el pueblo colombiano; sin que hubieran logrado derrotar los anhelos de cambio que anidan en el alma colombiana, como no ha sido posible hacerlo durante más de 50 años.

La conclusión es clara: Ya que no pudieron resolver el conflicto por medio de una guerra sin cuartel; entonces dejen hacer la paz. 

Lo que está en juego es el futuro del país; salirle al paso a esta avanzadilla de guerreristas es una prioridad política que obliga por igual a todos los que vemos posible tramitar las diferencias que nos separan, por la vía de la confrontación democrática de ideas y de alternativas políticas.

La culminación exitosa de los diálogos de paz, no es solo competencia del Gobierno y las FARC-EP; es una tarea histórica de toda Colombia. En ese sentido son alentadoras las movilizaciones que se anuncian en respaldo al proceso, pero no son suficientes. La paz tenemos que conquistarla y ese objetivo requiere la conformación del más amplio frente de unidad política, sin distingos de partido, clase social, credo religioso, etnia para poder arrinconar este grupo minoritario, pero poderoso, que se empeña en mantenernos sumergidos en el pantano de la guerra.

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