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miércoles, 22 de abril de 2015

El tiro por la culata

El gobierno pretende usar una situación coyuntural, producto de su propia política, para obtener réditos en la Mesa. Ni siquiera sería raro que lo hubieran buscado a propósito.

Por Gabriel Ángel

 

Lleva varios días colgada en la web de Caracol Radio la nota titulada Un tiro en el pie, de Diana Calderón, acerca de la muerte de los once militares en el Cauca. Su exposición comienza con la comparación entre sucesos acaecidos hace 30 años y los que ocurren hoy allí. Su insinuación de que las cosas permanecen idénticas es obvia, particularmente en lo que hace relación a la terquedad y criminalidad de las guerrillas. En dicha época había también un proceso de paz en curso, regía una tregua y se discutía el modo de solucionar la responsabilidad de los jefes guerrilleros. Además, la guerrilla actuaba tan torpe y maléficamente como ahora.

Según su artículo, el pasado 14 de abril estaba vigente una tregua, porque las FARC estábamos comprometidos con un cese el fuego unilateral y el gobierno de Santos había ordenado la suspensión de los bombardeos contra nosotros. Oculta que el gobierno nacional emitió simultáneamente la orden a la fuerza pública de arreciar operaciones por tierra en todo el país.

De ese modo, las fuerzas militares seguirían persiguiendo a las FARC sin clemencia, aunque no usarían la aviación para bombardear sus campamentos. Lo que no excluía el bombardeo de artillería, tan acostumbrado por el Ejército contra superficies extensas, a las que barren metro a metro con morteros de 105 y 120 milímetros. Para Diana Calderón, como para sus amos que la estipendian, esos pequeños detalles carecen de la menor relevancia.

De igual manera, para ella y sus patrocinadores, la respuesta militar de las FARC no tuvo carácter defensivo. Porque los pobrecitos soldados estaban refugiándose de la lluvia, en la noche, medio dormidos y cubriéndose con impermeables. Ninguna fuerza armada del mundo, podría invocar en su favor una situación así, menos si pertenece a un ejército profesional contrainsurgente, entrenado para las más rigurosas condiciones de guerra, y con la experiencia continua de 50 años de combates, como sucede con el Ejército Nacional de Colombia.

Invocarlo para defender la tropa equivale a deshonrarla, a ponerla en ridículo. ¿Qué Ejército es ese que ante un aguacero, si fuera cierto lo del aguacero, baja la guardia y se refugia acoquinado? Pero como se trata de conmover la galería, se puede argumentar. Solo la truculencia permite asegurar que las tropas no estaban allí en desarrollo de una gran operación contra las FARC, sino buscando escondites del narcotráfico. Como si todo el país y el mundo ignoraran que gobiernos, militares y gran prensa llevan años difamando de las FARC como narcotraficantes. Como si nadie supiera que la guerra contra las drogas es el mayor pretexto para combatir la insurgencia.

El afán de Diana Calderón por repetir como lora lo que le dictan sus amos, la lleva a afirmar como muchos otros personajes de la política y la prensa, que lo realizado en Buenos Aires fue una emboscada con explosivos y otras armas. Eso demuestra su absoluta ignorancia del tema sobre el que opina. Porque cualquiera sabe que la emboscada consiste en ocultarse para esperar el paso de otro y atacarlo por sorpresa, comportamiento muy distinto al ocurrido en el Cauca, donde una fuerza guerrillera penetra y golpea tropas enemigas instaladas en su base.

Además cabría preguntarle a la directora de noticias de Caracol si su enfoque es el mismo cuando aviones cazas de la fuerza aérea lanzan a media noche, desde kilómetros de distancia, sus bombas contra una guerrilla que duerme bajo la espesura de una selva. El asaltado por tierra en su campamento, tiene la opción de estirar la mano, tomar su arma de fuego, que puede ser un fusil, una ametralladora o un lanzagranadas y responder al ataque. Pero cuando se trata de aviones, nadie tiene la mínima opción. Salta de bulto la hipocresía de quien escribe a sueldo.

Señala la periodista que nuestra torpeza, bellaquería o división, únicas razones que pueden explicar nuestro comportamiento, ha producido una indignación nacional, que incluso ha traspasado las fronteras y puede leerse también en los principales medios internacionales. Me da pena contradecirla, pero la indignación que ella describe como de la nación entera es en realidad la indignación del círculo del poder y sus grandes monopolios informativos, que guardan estrecha relación con sus pares en el resto del mundo dominado por el mercado global.

Es inmenso el caudal de colombianos que rechaza la guerra, las soluciones de fuerza, la obcecación del gobierno nacional en dialogar en medio del conflicto, su rechazo a la firma de un cese el fuego, su pretensión de que la paz es la victoria. Ellas y ellos se indignan por las muertes sucesivas de compatriotas en un conflicto que puede solucionarse de manera civilizada. Eso sí es cierto, la otra indignación es virtual, o inducida con fines perversos por gente como Diana Calderón.

El gobierno pretende usar una situación coyuntural, producto de su propia política, para obtener réditos en la Mesa. Ni siquiera sería raro que lo hubieran buscado a propósito. Los soldados muertos y heridos le sirven para presionar a las FARC, para que cedan, asustadas, a los requerimientos, emplazamientos y condicionamientos que se han negado hasta hoy a aceptar. La campaña mediática y virtual en curso apunta a que aceptemos un plazo inminente para firmar el acuerdo final, obviemos las salvedades, avalemos sin objeciones su marco legal para la paz, sus condenas y penas, su idea de desmovilización y entrega, su mecanismo de refrendación.

Diana Calderón va más allá, es el momento de que el gobierno haga nuevas exigencias a las FARC y de que estas entiendan que deben abandonar de una vez por todas sus conocidas posiciones. Las posiciones asumidas por las FARC en la Mesa son las del movimiento agrario en lucha, las de las fuerzas de oposición que buscan democratizar al país, las los movimientos políticos y sociales en pie contra el neoliberalismo, las de la Colombia violentada, perseguida e ignorada. ¿Estarían todos ellos de acuerdo con que cedamos como quieren Diana Calderón y el poder?
Volveremos a repetirlo cuantas veces sea necesario. Nos duele el desangre, no nos alegramos por él. Pero la paz no se consigue a lo bruto, como han querido los de arriba desde siempre.

Montañas de Colombia, 20 de abril de 2015.

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