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miércoles, 29 de abril de 2015

La paz requiere cambios democráticos

En casi todo el territorio nacional hay operaciones militares buscando debilitar la moral de los combatientes guerrilleros y darnos de baja.

Por Rubén Zamora
Guerrillero de las FARC-EP

Las FARC-EP no hemos realizado una acción militar deliberada, menos cuando hemos procurado a toda costa dar cabal cumplimiento al cese unilateral al fuego.

Otra cosa que por las continuas operaciones de la Fuerzas Militares, alguna de nuestras unidades se haya visto abocada a elegir el combate ante la posibilidad de ser aniquilada en uno de tantos cercos del ejército, como ocurrió en Buenos Aires, Cauca. Sin lugar a dudas es un hecho lamentable, que no hubiera acontecido, si el gobierno no pretendiera con su guerra lograr un desbalance militar de las FARC-EP, que refleje resultados en la mesa de diálogos, para finalmente conducirnos a la capitulación, en vez de concertar acuerdos que resuelvan definitivamente las dinámicas del conflicto y sus causas.

Esos cálculos son los que están profundizando las tragedias del conflicto armado, poniendo sobre nuestros hombros la responsabilidad que le compete al Establecimiento. Hablan de la necesidad de desescalar el conflicto, eso sí, sobre la base de que sea la guerrilla quien unilateralmente se comprometa con acciones precisas en ese sentido.

A todas luces resulta mendaz e insensata la tesis del gobierno, según la cual acciones como la de Buenos Aires, Cauca, lo que buscan es presionar un acuerdo de cese bilateral al fuego, cuando en la realidad lo que han faltado son garantías para cumplir cabalmente el compromiso que hicimos con el país y los amigos que desde el exterior claman por la paz de Colombia. Mantenemos el cese unilateral al fuego, aun conscientes de que ante la ocurrencia de nuevos hechos de guerra, como consecuencia de las acciones militares contra las FARC-EP, se desaten infames acusaciones que buscan desacreditarnos y justificar lo injustificable.

Pese a los riesgos políticos y militares, y a los más de 20 guerrilleros muertos durante el cese unilateral a consecuencia de las acciones ofensivas del ejército, seguimos en tregua por la formidable convicción que tenemos de la necesidad de buscar una salida política al conflicto social y armado.

En casi todo el territorio nacional hay operaciones militares buscando debilitar la moral de los combatientes guerrilleros y darnos de baja. Eso sí podría considerarse una presión sobre las FARC-EP, basada en la falsa creencia de que así vamos a aceptarles los términos de negociación que quieren imponernos, hasta capitular y quedar atrapados tras las rejas de los vencedores, mediante la implementación de la llamada justicia transicional.

Así la paz significaría un fraude a la voluntad nacional, que dejaría intactas las nefastas causas de la violencia política real, surgida de la costumbre de gobernar imponiendo la llamada fuerza legítima del Estado. Con base en esa tesis se ha llegado a los extremos del horror, del genocidio político, la tortura, la desaparición forzada, las masacres paramilitares, el desplazamiento de más de seis millones de compatriotas y el despojo de sus tierras y otros bienes.

Así como es de ilegítimo este proceder lo son también las instituciones y las políticas que han implementado bajo el auspicio de la violencia. De manera que la paz está más allá del desescalamiento del conflicto e impone la urgencia de transformaciones de fondo, que remuevan las estructuras que han fomentado la desigualdad, la pobreza, la violencia y las mañas antidemocráticas.

La reacción del gobierno y de otros sectores elitistas frente a los hechos de guerra en los que resulta afectada la Fuerza Pública, deriva más que nada de la soberbia. Si de verdad les conmoviera el dolor de los colombianos, no hicieran uso de la violencia contra la oposición democrática y revolucionaria y contra las movilizaciones sociales; no impondrían políticas que profundizan la desigualdad y la pobreza; tendrían algún recato moral para ordenar los bombardeos, que masacran guerrilleros inermes en su lugar de campamento a altas horas de la noche; se sensibilizarían frente acciones desesperadas de familias colombianas que por su situación caótica apelan al suicidio para escapar de su desgracia; evitarían la intensificación del conflicto, y en cambio promoverían la reconciliación; no sembrarían odios en el alma nacional a través de la frenética maquinaria mediática; y, en últimas, tenderían puentes para el entendimiento que nos permita un gran acuerdo político nacional para que entre todos repensemos y construyamos la Colombia del futuro en paz con justicia social.

Porque estamos en guerra es que debemos lograr avanzar con más premura en las conversaciones, y no es precisamente estableciendo tiempos fatales y cronogramas sino superando la cicatería oficial que quiere una paz barata para la oligarquía colombiana. Se requiere bilateralidad en los gestos de paz y sobreponer el interés supremo de la nación sobre los intereses políticos y económicos de una minoría insensible que ha sembrado desgracia donde debe reinar la felicidad sin distinción alguna.

La paz no se construye mediante la quimérica derrota militar de la guerrilla, con manipulaciones mediáticas y maquinaciones del ejecutivo y el legislativo, con reformas como la del llamado equilibrio de poderes para reacomodar los poderes públicos, de tal modo que los beneficiarios sean las élites oligárquicas en el poder. Estas reformas son totalmente contrarias a las necesarias para desbrozar los caminos hacia la reconciliación y la paz. La paz requiere de un gobierno realmente comprometido con los cambios democráticos construidos con la inteligencia creadora de los millones de colombianos que anhelan mejores destinos.
Montañas de Colombia, 28 de abril de 2015

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