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domingo, 26 de abril de 2015

La violencia del paraestado



por Norvey
Guerrillero BCJB de las FARC-EP. | Una Situación Difícil

Era el año de 1999 en el Alto Ariari, zona campesina de gente trabajadora echada para delante, todos unían esfuerzos para lograr el desarrollo en la región. Para la época la zona era controlada por la  insurgencia, lo que dificultaba el accionar del ejército  y el paramilitarismo en contra de la población civil.

El paramilitarismo tomaba fuerza, sus acciones se extendían por el país y sus mecanismos sanguinarios se hacían sistemáticos contra los civiles. 

Un día del año en mención,  los paramilitares en conjunto con el batallón 21 Vargas del ejército, con sede en Granada, departamento del Meta,  inician operaciones represivas para controlar el área; robo de animales, amenazas, quema de casas,desplazamiento forzado. Comienza a aparecer gente colgada de las vigas de sus casas, practicas recurrentes del paramilitarismo con el fin de sembrar el terror y el miedo en la población.

Yo Vivía en la vereda La Floresta, del municipio del Castillo. Contaba con 13 años de edad, me rebuscaba la vida raspando hoja de coca en la finca de don Gabriel Quiguanas; él tenía un hijo, Eider Quiguanas, quien era un muchacho amable, se distinguía por su alegría, sencillez y respeto por los otros. Compartía con él en la escuela, era sobresaliente en el estudio, pasábamos juntos los recreos, éramos como hermanos. 

Recuerdo un día ver llegar a soldados disfrazados de paramilitares, aquel día asesinaron a Eider   por su supuesta militancia en la subversión; muerte  que conmovió a todo aquel que lo conociera. Desde aquel instante comencé a conocer el accionar asesino y represivo del ejército nacional, quienes decían "defender" y "proteger" al pueblo.  

Me salve por casualidad; me encontrabajugando micro futbol en la escuela cuando me contaron. De inmediato fui a buscar a mi madre, pero antes pase donde mi abuela, allí me entere que el terror se había ensañado con mi familia. 

Otro grupo de paramilitares había ido a casa de mi mamá, quemaron el rancho con todo,  dándoles 10 minutos para salir del lugar. La rabia se adueñó de mí, más aun cuando vi los ojos de tristeza de mi madre, llevaba un bolso con lo único que pudo sacar del lugar, la acompañaban mis hermanos quienes desanimados y aburridos no podían entender como habíamos perdido todo en minutos. Después de vivir tranquilos, los paramilitares nos dejaron sin nada. 

Al encontrarnos en tan difícil situación, le exprese a mi madre mi interés de ingresar a la guerrilla, donde hallaría respaldo y protección; ella en desacuerdo me dice que nos vayamos para Bogotá, desplazándonos para la capital en busca un mejor porvenir, lejos del asedio paramilitar. 

Llegamos a la capital al barrio Arabia donde una cuñada de mi madre, quien nos acogió por algunos días, ya que las condiciones se hacían cada vez complejas al contar con niños. Teniendo que buscar nuevamente donde vivir, nos ubicamos en arriendo en un rancho en el barrio Meisen, sobre la avenida Boyacá, al sur de la ciudad.

Para sobrevivir vendíamos aguacates en la avenida, siendo este el único sustento ante la imposibilidad de encontrar trabajo en esa hostil ciudad, donde todo era y es dinero.   
Me aburrí pronto de tan dura situación; la pobreza nos acosaba y vi la necesidad de buscar una opción de vida diferente, donde el hambre no fuera la cotidianidad. Contactándome con alguien del Vichada, partí en búsqueda de la guerrilla para allí ingresar.

Huyendo de la miseria y las precariedades que la vida en la ciudad y el campo  trae consigo, en un país tan desigualdad como el nuestro, encontré el proyecto revolucionario, donde no se sufre de hambre, al contrario se alimenta el alma con la lucha incansable de hombres y mujeres que dan su vida sin esperar nada a cambio, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, donde la vida, aunque no sonríe siempre por lo cruel de la guerra,  cobra un verdadero sentido en la construcción de un país diferente.

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