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martes, 14 de abril de 2015

los camaradas caídos

Por Dilson López
Guerrillero BCJB - Una situación difícil.

Sucedió el 31 de diciembre de 2007, salimos 19 unidades, divididos en 5 comandos; tres comandos con 3 camaradas, otros comando de 3 unidades, encargados de ramplear; y los otros cinco se distribuían en: radistas, enfermero y auxiliares. La misión era hostigar el enemigo, como ya era rutina.

Aquel día tres comandos iniciaron registros de la zona, los otros debían tomar puesto con las ramplas y los cañones, todo en función de avanzar y atacar al ejército. Nos reunimos y tomamos posición, adelante el camarada Armando con el cañón, yo lo seguiría con la rampla, detrás de mí la camarada Vanesa. Cuando íbamos llegando donde se ubicaban el resto de camaradas, justo en ese instante los soldados bajaban del filo de la montaña en dirección a nosotros, el susto generó que soltáramos, Armando el cañón y yo la rampla. El enemigo abrió fuego, intentamos contestar, pero en segundos a Armando lo hirieron de muerte, la camarada Vanesa corriendo a tomarse el filo, que quedaba a espaldas nuestra,  es observada por el ejército, siendo también alcanzada por las ráfagas enemigas que se concentraron hacia ella. Me arrodille a un lado de la carretera, volviendo a abrir fuego, por lo que concentraron el fuego en mi contra. El fuego de ellos era indiscriminado. 

Ya estaba oscureciendo, por lo que decidí encaletarme –resguardarme- entre muchas ramas, de momento venían los soldados gritando "guerrilleros entréguense, les  respetaremos la vida". En la vida guerrillera sabemos que eso no es una práctica común del enemigo, por lo que eso no era una opción. Me sentí descubierto, pero sabía que si me habían observado iban a llegar a sacarme. Seguí esperando y escuchaba gritos repetidos para que me entregara. La sensación era de mucho miedo, los soldados pasaban cerca sin percatarse de mi presencia, solo necesitaba que se oscureciera un poco más para poder salir. De momento un solado pasa con un perro que me olfatea, haciendo que se acerque más, el pánico se apodero de mí,  tenía que salir o simplemente me matarían.

Esperé entonces que se acercaran un poco más y abrí fuego, con la mala suerte que le di al perro.  El enemigo abrió fuego hacia donde yo estaba, me levante, corrí tan rápido como pude, cayendo a un caño que tan solo me llegaba a las rodillas. Avance 100 metros caño abajo, cubriéndome del fuego logrando salir y subir a un filo. Cuando ya estaba en el filo, el fuego continuaba, pero pasaban alto, por lo que me sentí tranquilo; camine un rato hasta llegar a un lugar seguro y pasar la noche. Ya solo y en oscuridad absoluta no podía avanzar, siendo muy difícil orientarse al haber perdido rastro de los demás camaradas. 

A las 05:00 continué caminando, encontrando una carretera, la tome en dirección al norte. Camine lo que más pude, la noche nuevamente llego y opte por pedir posada en casa de un civil. Después de dos días logre encontrarme con los otros camaradas, no teníamos ni un rasguño. Contentos de estar vivos, pero con el dolor de haber perdido a Armando y Vanesa, les conté lo acontecido.

El perder camaradas es duro, el vivir constantemente en guerra es un poco triste, pero nunca será suficiente para desalentar nuestra lucha revolucionaria. 


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