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viernes, 5 de junio de 2015

Aciago amanecer



Por: Luis David Celis  
Guerrillero del BCJB / Una Situación Difícil

Sigilosamente se adentraba en la aldea, invadido por un lúgubre presentimiento. Su intuición le decía que el peligro ya le asechaba aquella madrugada  infernal, por eso sus ojos fieros escudriñaban con vivacidad felina cada rincón, cada esquina, cada estancia que hallaba a su paso, mientras  la luz del aparato penetraba con penosa parsimonia la espesa bruma que envolvía aquel pueblo, anclado entre las impetuosas montañas frías de la cordillera oriental. A solo unos cuantos kilómetros de distancia de allí, la blanca y relumbrante montaña de hielo bautizada con el pomposo nombre de Nevado del Cocuy parecía querer competir con el sol para ganarle en la tarea de arrebatarle a las tinieblas la supremacía que había mantenido sobre aquel poblado, durante doce eternas horas.

No obstante y a pesar de lo que se estaba fraguando en la periferia, en el centro del caserío todo seguía su curso normal. Nada alteraba la tranquila cotidianidad que caracterizaba la vida de los habitantes de la provincia norte, del departamento de Boyacá; los expendedores de carne atendían cortésmente a su clientela, los vendedores de tinto, desde sus cafeterías recién abiertas al público, ofrecían su producto a los pocos lugareños que transitaban a esas horas por las casi desérticas calles; alguno que otro estudiante que no había realizado la tarea del día anterior,  corría en busca de un compañero suyo para que le permitiera copiarse de él y evitar así quedar mal en el colegio, a cambio quizá le prometía costearle la gaseosa en los descansos o tal vez  ofrecerle sus buenos oficios para ayudarle a acercarse  a algún amor platónico de juventud o en su defecto a reconciliar un amor estropeado por algún desliz, y por la calle principal, efectuando su  matutino y ya rutinario recorrido hasta la cafetería de doña Berta, una octogenaria que si sabía de preparar café, montando su motocicleta KMX 225 cm3 color negro,  avanzaba lentamente Bayardo Torrealba convencido plenamente de  que algo andaba mal, toda vez que pasada la media noche los perros estuvieron ladrando, algo inusual en aquel apacible caserío.

Hacia 8 meses ya, que Bayardo había sido enviado allí,  por el estado mayor del frente 45 "ATANASIO GIRARDOT "de las FARC- EP. para que adelantara un profundo trabajo político-organizativo con las masas populares y reclutara nuevos combatientes,  a la vez que, debía llevar a cabo un concienzudo estudio socioeconómico de la región, con base en el cual, presentar propuestas tendientes a contribuir en la solución de los principales problemas sociales que aquejaban a los habitantes; sin olvidar el trabajo de inteligencia de combate y la preparación para eventuales enfrentamientos con el ejército cuando este hiciera presencia en el área. 

La no presencia de fuerza pública en la región, le había permitido a Bayardo  avanzar sustancialmente en el desarrollo de su plan; sin embargo, 15 días antes de aquel aciago amanecer, había sido desembarcado, en la cúspide de una montaña relativamente cerca al centro  de operaciones de Torrealba, un batallón de combate terrestre adscrito a la primera brigada del ejército oficial, lo que lo obligo a modificar parcialmente tanto su plan como su régimen particular.

Aquel 9 de septiembre, al llegar a la cafetería, Bayardo parqueo la motocicleta, unos 50 metros abajo justo al frente de una tienda  de ropa. Antes de entrar al local,  echó  un vistazo a su alrededor y después de comprobar que todo estaba en orden, decidió ir tras su bebida matutina predilecta. Cuando estuvo sentado, mientras esperaba a la anciana con el pocillo de tinto, reviso que su dotación, compuesta por una pistola 9mm, con 5 cargadores; una granada de fragmentación IM26, y un radio ICOM ICB 82, la cual llevaba ajustada a la cintura, con el cinturón del pantalón y cubierta con la chaqueta que a su vez, le servía de abrigo, estuviera en perfectas condiciones  y así poder responder efectivamente ante una eventual situación de combate.

Bayardo apenas si había probado el tinto, cuando, recibió una llamada telefónica, donde le informaban de la presencia, confirmada, del ejército a los alrededores del poblado. Según la fuente, ya habían bloqueado tres de las cuatro vías que comunicaban la cabecera municipal con las veredas y municipios adyacentes.

Ante el giro inesperado, más si intuido, que tomaron los acontecimientos, y en base a la información obtenida, Bayardo  decidió abandonar de inmediato el caserío, utilizando, craso error, la única vía que aún no había sido supuestamente ocupada por el enemigo, sin pensar que tan solo diez minutos después  se vería afrontando  uno de sus encuentros más reales con la muerte.  

Casi que volaba en su motocicleta, por la carretera que del pueblo  conduce al municipio de Macarabita, confiado de que ya se había librado del cerco enemigo,  cuando de improviso, vio aparecer  de la nada sobre la vía un individuo de camuflado y fusil a la mano que le hacía señal de pare. Bayardo creyó por un instante, que se trataba de un camarada suyo y disminuyo confiadamente la velocidad del aparato, pero al acercarse considerablemente al uniformado descubrió la cruel realidad. ¡Estupefacto! por tan fatídica sorpresa, frenó en seco la motocicleta  poniendo mecánicamente los pies sobre la tierra para mantenerse sobre el aparato, mientras el mercenario comenzó a avanzar sigilosamente hacia él.

Un escalofrió recorrió el cuerpo de Bayardo, quien por más conciencia que tuviese del peligro que le asechaba en ese instante, no lograba sacudirse del letargo que lo envolvió, al percatarse que se había metido en una emboscada. Solo observaba meticulosamente cada movimiento, cada gesto, cada paso dado por el militar en su lento avance hacia su posición.

Un sinfín de imágenes se proyectó en la mente de Torrealba, como si  se tratasen de  diapositiva que complementan un videoclip. Se veía capturado, siendo torturado o herido de muerte sobre la carretera o cerca de allí después de un furtivo intento desesperado por liberarse de las garras del enemigo.

El militar seguía avanzando, sin modificar en absoluto su actitud inicial. Ya solo lo separaban cuatro metros de su trofeo y  Bayardo no le veía ninguna intensión de detenerse, antes por el contrario, su actitud serena y decidida le indicaba, que estaba empeñado en llegar hasta él.

Un nuevo pensamiento asaltó la mente colapsada de Bayardo, mientras él libraba una feroz lucha interna, por sacudirse de ese estado de suspenso que le impedía  reaccionar positivamente ante tan apremiante situación. Esta vez se trataba de un plan en concreto, de retirada o si se quiere decir también de huida, aprovechando que conocía perfectamente los accidentes del terreno, pero… no encontraba como dar inicio a este.

Cuando ya faltaban solo tres metros para llegar a donde se hallaba Bayardo sobre su motocicleta, inmóvil como una estatua, el militar le grito quedamente "avance hijo de puta para requisarlo, sabemos que es un guerrillero." En ese momento, gracias al bramido del mercenario, Torrealba despertó de su letargo y sin pensarlo dos veces, mando mano a su pistola y disparo con certera puntería sobre la humanidad del acechante, sin darle tiempo siquiera, de defenderse con su arma de dotación. 

Seguidamente, arrojo la motocicleta hacia una cuneta y haciendo alarde de su lejana  ya época de deportista estudiantil, salto los seis metros que lo separaban de un talud de tierra que sobresalía en la orilla izquierda de la carretera para retirarse bajo su protección.

Solo cinco segundos tardo el resto de la tropa comprometida en la emboscada  en responder al ataque. El mismo tiempo que tardo el cuerpo sin vida del soldado profesional, en tocar tierra y Bayardo Torrealba en emprender su veloz carrera en procura de abandonar, cuanto antes,  el campo de batalla que le había impuesto el enemigo.

El rugido infernal, emitido por las ametralladoras y la fusilería que con furia disparaban si cesar los experimentados  contraguerrillas del batallón los muiscas, invadió  totalmente el espacio y un infinito de piedras volaban por doquier,  impulsadas por el impacto de las balas contra el suelo  que no conseguían dar blanco en las piernas de Bayardo  quien comprendió, enseguida, que la intensión de la tropa  era capturarlo vivo, toda vez que, le disparaban a nivel de las extremidades inferiores.

Bayardo solo había conseguido avanzar unos cincuenta metros  desde donde había iniciado su retirada  cuando tropezó con una piedra y se fue de bruces contra el suelo. Los mercenarios que lo seguían de cerca, gritaron al unisonó y con cierto tono de júbilo: "¡¡le dimos, le dimos al hp!!".

Como pudo, Torrealba levanto su cara ensangrentada por las raspaduras causadas al chocar contra la gravilla. A esas alturas ya no temía a la muerte, solo pensaba que si iba a abandonar este mundo aquel día,  debía hacerlo con honor, con dignidad, con gloria como mueren los valientes, los que han consagrado su vida a la causa de los pueblos oprimidos.  Entonces, apuntó su arma contra el pelotón que  se abalanzaba contra él,  con las armas ya silenciadas creyéndolo herido y disparo hasta que no le quedo un solo cartucho en el cargador del arma.

Tres soldados más se desplomaron sin remedio. Uno de ellos gritaba de dolor revolcándose sobre la carretera. Los otros dos, no sintieron siquiera  el impacto con la tierra, ni pudieron conocer como termino la persecución. 

Nuevas ráfagas de fusilería se escucharon y un nuevo deseo por liberarse de las temibles fauces de la muerte le permitió a Bayardo reemprender su retirada  en medio de un fuego cruzado  que esta vez ya no iba dirigido solo a dar blanco en sus piernas...
No tenía otra que abandonar la carretera si quería dejar de ser un blanco vulnerable. Así que, consciente de ello, Torrealba incremento la velocidad de su carrera hasta que su capacidad física se lo permitió y atravesó en un abrir y cerrar de ojos  no más de cien metros de extensión, hasta llegar a un bosquecillo  donde pretendió,  sin conseguirlo, adentrarse en él, para ocultarse de la vista de sus cazadores; empero, para su infortunio, el terreno sobre el que se levantaba dicho bosquecillo, era altamente fangoso y ante cada paso dado, se enterraba hasta más arriba de los tobillos. Así que después de varios intentos frustrados por buscar terreno firme, no pudo más que desechar su plan y regresar al potrero, abalanzándose, sin pérdida de tiempo, casi que de frente al pelotón que, sin dejar de disparar sus armas pretendía acorralarlo allí y darle muerte.  

Con la pistola en la mano derecha, la granada en la mano izquierda y la mirada fija solamente en la dirección en que corría, Bayardo logro atravesar en solo cuestión de segundos aquel potrero,   cubriéndose con unas cuantas  reses que pastoreaban allí, algunas de las cuales, fueron  alcanzadas por las balas del ejército, y atravesó nuevamente la carretera.  

Cuando ya casi alcanzaba  una pequeña colina, que se le avistaba como una salvación,  pues allí podría esta vez sí, perder de vista al enemigo, se encontró de frente con un soldado que a su vez pretendía impedirle la llegada  al cerro y quien  corría casi con la misma tenacidad con que lo hacía Bayardo. Entonces, ante el encuentro inesperado y al verle al guerrillero la pistola en la mano y en su mirada un brillo de tranquilidad y coraje,   el soldado se llenó de pánico y emprendió su retirada con la misma velocidad con que había llegado hasta allí, sin siquiera haber  intentado accionar su fusil contra Bayardo. Este comportamiento un tanto cobarde del mercenario, solo reflejaba el estado de ánimo, que  se estaba apoderando  de los militares inmersos en la operación, que en vano disparaban sus armas contra el guerrillero que se batía en retirada.  Pues el solo hecho de que, a pesar  de tenerlo tan cerca y de haber empleado contra él,  un nutrido volumen de fuego, no lo hubieran alcanzado aun, siquiera con un proyectil, les empezaba a causar cierto pánico,  cierto sentimiento de impotencia, de inferioridad frente a aquel ser que les peleaba con verraquera y que con solo una pistola, ya les había causado varias bajas.

Que sucedía? Que extraño ser era ese  que corría en medio de una lluvia de balas, sin ser tocado por una de ellas tan siquiera? se preguntaba en su interior la soldadesca,  quienes empezaban a dudar de su puntería y  efectividad y por supuesto a maldecir sus armas que solo estaban sirviendo para matar unas cuantas vacas de ordeño que pastoreaban por allí, en total estado de indefensión.   

Eso fue sin duda  lo que obligó al experimentado mercenario a huirle a Bayardo, una vez estuvieron frente a frente; no había podido con él  la acción compacta   de la compañía, menos iría a  poder él solo, alejado del grueso de su unidad, por lo que,  pensando en preservar su vida,  hizo suyo el axioma popular de que más vale que digan, que acá corrió un cobarde y no que digan que acá murió un valiente, y lo justifico mas cuando Bayardo, después de haberle cambiado   de cargador a la pistola, pues el que llevaba el arma estaba desocupado y no había tenido tiempo para relevarlo,  empezó a dispararle, más para deleitarse viendo como a cada disparo, el soldadito incrementaba la velocidad de su carrera que para darle de baja.

Dos horas más tarde, Bayardo   se hallaba seguro y totalmente ileso, lejos del peligro. Solo   unos quemonasos producto del rose de las balas, se podían ver en su chaqueta.
Había perdido quinientos mil pesos en efectivo, la motocicleta y la antena del radio de comunicaciones, pero le había dejado claro al enemigo, que sus fusiles y ametralladoras no son más que simples juguetes, frente a una pistola disparada por un guerrillero fariano, dotado  de una  inquebrantable moral de combate y una férrea convicción en la victoria.

Aquel día, Bayardo Torrealba, aprecio como nunca antes, las tácticas de combate suministradas por sus superiores en los entrenamientos militares, las cuales aplicó estrictamente en su retirada victoriosa.

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