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lunes, 1 de junio de 2015

La verdad sobre la desaparición del pueblo Nukak

"Queremos unirnos a la familia blanca,

pero no queremos olvidar las palabras de los Nukak".

Pía – Pe, indígena Nukak

Por Comando Compañía Marco Aurelio Buendía

Bloque Comandante Jorge Briceño

 

Siempre lamentaremos la pérdida de nuestras invaluables culturas precolombinas, las de nuestros padres, las de nuestras raíces, las de los indígenas que habitaban y poseían estas tierras que los conquistadores españoles usurparon violentamente. Con estos últimos llegó no sólo la muerte de nuestra lengua, de nuestras creencias, costumbres y visiones, sino la muerte de los mismos indígenas. No sólo nos mataron con sus virus y enfermedades, sus balas y tratos inhumanos, sino también con su cristianización y su educación, que no educaba sino que destruía la cultura, forzándonos a olvidar nuestra génesis a cambio de Adán y Eva.

Tras el anhelo de recuperar nuestra historia (la verdadera, escrita por nosotros mismos), y de recobrar nuestra verdadera cultura, procuramos indagar en lo poco que dejaron los que imponían la amnesia obligatoria.

Ahora no somos solo blancos, negros, indígenas sino también mestizos, mulatos, zambos y más; todos con raíces distintas que confluyen en una sola cultura que ahora quiere trastornar también el capitalismo en cabeza de los Estados Unidos.

Cuando el mundo globalizado supo a finales del siglo pasado de una tribu nómada que recorría las selvas fronterizas de Colombia y Brasil, cazando con dardos envenenados y recolectando frutos, se maravilló. No tardaron en reconocerla como "patrimonio cultural de la humanidad". Muchos nos alegramos porque de ellos podríamos conocer diversos aspectos de nuestra verdadera identidad y cosmovisión, y podríamos aprender de sabidurías y secretos milenarios. Quizás podríamos también conseguir que se relacionaran con nosotros sin perder su naturaleza. Se trataba de los Nukak Makú.

Pero el mundo civilizado no actuó en consecuencia, mucho menos los gobiernos de Colombia y Estados Unidos, quienes se empeñaron en usarlos para su propio beneficio, en detrimento de su cultura, sus costumbres y su vida. Los integrantes del pueblo Nukak, que se estimaron en el momento de su aparición en 1.200, hoy en día no pasan de 300, y lo peor, divididos en varios grupos, un comportamiento por completo ajeno a sus tradiciones.

Lo sucedido con ellos ejemplifica mejor que nada que los EE.UU., las transnacionales, los juiciosos antropólogos y el gobierno colombiano, en pleno siglo XXI, imitaron y superaron hasta el límite el comportamiento predador de los conquistadores españoles. Ellos y no las FARC-EP, como han querido mostrar ante la opinión pública, son los responsables de la desaparición del pueblo Nukak.

Los Nukak fueron destinados a convertirse en instrumento de la guerra contrainsurgente diseñada por el Pentágono y aplicada fielmente en nuestro país. Lo primero fue ubicar por los años 90 una pista secreta en la zona selvática que separa los ríos Guaviare e Inírida, sector en donde fueron concentrados la totalidad de Nukak, a objeto de apropiarse de su lengua para explotarla en códigos militares. Varios de ellos fueron extraídos y enviados a Norteamérica, como había hecho Colón a España 500 años antes. Incluso inventaron a Francis Makú, una modelo internacional de pasarela, a objeto de explotar su ancestro indígena en el mercado mundial. Entrenaron en tácticas de guerra a Monkiaro, líder de esa comunidad. Crearon una escuela militar para soldados Nukak Makú en la base de Barrancón, departamento del Guaviare. En ella murieron en 1994 cuatro de ellos, accidentados al manipular una bomba, cuando recibían entrenamiento de artillería en polígono con mortero.

Indígenas Makú recibieron allí entrenamiento para fuerzas especiales (guías, rastreadores y ubicación de objetivos), en cuya función se han tropezado con fuerzas guerrilleras que han logrado arrebatarles armamento de todo tipo, GPS, brújulas, mapas, etc. El gobierno colombiano, aprovechándose de la ingenuidad de los indígenas que apenas entraban en conocimiento del nuevo mundo, puso todo su empeño en convertir a una parte de los últimos nómadas, en mercenarios pobremente pagados, en virtud del desenvolvimiento que mostraban en la selva. Científicos de concepciones nazis utilizaron la antropología para penetrar en sus psiquis, gobernarla y ponerla al servicio de la guerra.

El procedimiento incluía su reclutamiento mediante campañas de salud y de evangelización. Tras extraerlos de su hábitat, los indígenas fueron recluidos en los centros y bases militares asignados. Convertirlos en simples soldados tenía a su vez otro propósito ladino. Extraer para siempre a los indígenas de sus resguardos en la serranía del Tunahí, significa dejar la vía libre para la explotación minero energética de las compañías transnacionales.

Los indígenas de las comunidades más perdidas, y eso vale no solamente para los Nukak, además de ser sacados de su hogar, son trasladados a instituciones y laboratorios estadounidenses, donde se los estudia como a conejillos de indias, para extraer de ellos hasta su información genética, incluyendo desde luego sus conocimientos ancestrales, pues son expertos conocedores de los secretos de la botánica, de los venenos, las curas y hasta de los alucinógenos que suministra el entorno misterioso de la selva.

La falta de atención médica indispensable para comunidades que no conocen ni resisten los virus y enfermedades del mundo exterior, parece no importarle al Estado que, al contrario, remata su actitud indolente con fumigaciones de glifosato sobre sus cabezas, argumentando la existencia de cultivos ilícitos por parte de colonos narcotraficantes, como suelen llamar a los campesinos que por necesidad de subsistir, tuvieron que comenzar a cultivar la coca. Los indígenas ni siquiera siembran esa mata, sino que son utilizados como simples recolectores de la hoja y explotados por patronos que con pagos muchas veces en especie, les suministran productos nocivos para su salud física, mental y cultural, como sucede con las bebidas alcohólicas.

El pueblo Nukak se encontró inmerso en una confrontación armada que nada tiene que ver con él. Los bombardeos, ametrallamientos y operaciones de las fuerzas militares ocasionan su migración a pueblos y ciudades, y con ella a su descomposición posterior. El abandono y la perfidia del Estado colombiano hace que los indígenas colombianos se encuentren a la deriva, sin soluciones a la vista para sus problemas, especialmente los relacionado con la prestación de servicios básicos, la protección de sus derechos y la preservación de su cultura.

La Organización Indígena de Colombia, ONIC, señala que: "la situación de los indígenas del Guaviare evidencia una violación continua de los derechos humanos al punto de perfilarse como un genocidio permanente." Lo cierto es que los habitantes de la selva, como traduce su nombre, quieren seguir siendo fieles a sus raíces y costumbres. Los guerrilleros de las FARC-EP, como tanta otra gente buena de Colombia que piensa más allá de la avaricia y el capital, estamos por la defensa de la existencia y la preservación de la esencia cultural de las comunidades indígenas, las cuales, de no ponerle freno a toda esta barbarie, en poco tiempo estarán solamente en nuestros recuerdos.

Montañas del oriente de Colombia, 31 de mayo de 2015.

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