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martes, 9 de junio de 2015

Los llamados a pedir perdón

Los alzamientos de un pueblo o parte de él contra un poder opresor, violento e injusto, siempre serán conductas justificadas y válidas.

Por Gabriel Ángel

¿Debió Cristo abstenerse de su prédica subversiva, porque las consecuencias inmediatas de su osadía, en tiempos del imperio romano y la intolerancia judaica, fueron su crucifixión y las posteriores persecuciones, que costaron la vida y el sufrimiento a miles de cristianos durante varios siglos? ¿Hubiera sido mejor afiliarse a uno de los cultos paganos, y desde dentro, con sumisión y tacto, procurar que las ideas dominantes evolucionaran en el sentido deseado? ¿Fue correcto desatar la ira de los poderosos y exponer multitud de seres a ella?

Los llamados padres fundadores de los Estados Unidos, que enarbolaron las banderas de libertad, igualdad y fraternidad entre los hombres, dejando por fuera a mujeres, indios, negros, chinos y latinos, ni siquiera dudaron acerca de su derecho a expandir los territorios de la federación hacia el oeste, a costa del destierro y el aniquilamiento de las comunidades ancestrales. Numerosas y variadas tribus indígenas se alzaron una y otra vez contra esa expansión conquistadora, en heroicas y desiguales luchas, que al final terminaron con su derrota y humillación definitiva.

La fuerza económica, militar y política de la nueva nación resultaba incontenible, como de hecho quedó demostrado tras décadas de sucesivas campañas de sometimiento. ¿Puede calificarse la resistencia indígena como un garrafal error histórico, por el que incluso cabría pedir perdón?

Los esclavos negros que huían de las plantaciones de caña en el Caribe, donde eran forzados a trabajar como bestias para sus amos europeos, o los que convertidos en cimarrones fundaron palenques en lo profundo de las hostiles maniguas, aquellos que asaltaban las haciendas de los señores, a objeto de hacerse a provisiones para su subsistencia, y que enfrentaron las partidas de soldados españoles y perros de caza destinados a despedazarlos, la mayoría de las veces pagaron su atrevimiento con sus vidas, en un ejemplar escarmiento aplaudido por las gentes de bien.

¿Se puede estar de acuerdo con quienes piensan que Benkos Biojó desperdició 20 años de su vida, en una lucha desigual contra los hacendados apoyados por la Corona española, sólo porque estos tras una engañosa promesa de paz lograron asesinarlo?

En una impresionante demostración de la fugacidad de la gloria, Bolívar pereció en Santa Marta antes de salir de Colombia, la grande, donde fue despreciado y ultrajado por quienes usurparon los frutos de su inagotable gesta contra la dominación extranjera y los abusos del poder. ¿Aun en su derrota, es justo pensar, como lo llegó a decir él mismo, que había arado en el mar?

¿Fueron arranques de necio idealismo su Manifiesto de Cartagena o su Carta de Jamaica? ¿Mejor hubiera sido para él, casarse con una noble española y vivir de las rentas de sus haciendas y minas, hasta envejecer y morir rodeado por sus hijos y nietos? La agitada vida de persecuciones, batallas, confiscaciones, conspiraciones, intrigas y muerte solitaria, ¿puede considerarse inútil?

Tras varios lustros de persecución política, Manuel Marulanda Vélez y cuatro docenas de colonos del sur del Tolima, víctimas de la más grande operación militar decretada hasta entonces en el país, justificada con el ridículo pretexto de combatir una república independiente, decidieron alzarse en armas contra el Estado, proponiéndose como meta la toma del poder para el pueblo. La solidaridad que su gesto desató entre las comunidades campesinas asediadas por la violencia y diversos sectores urbanos, así como la fidelidad a unos principios y a una táctica, terminaron por convertir a aquel grupo de quijotes, en una fuerza política y militar de considerable tamaño e influencia, capaz en ciertos momentos de estremecer los cimientos mismos del orden establecido.

¿Debieron haberse dejado aniquilar los colonos marquetalianos? ¿Haberse levantado en armas constituyó un error de lamentables consecuencias para todos? ¿La prolongada gesta de las FARC no ha costado la vida a miles de combatientes revolucionarios? ¿Acaso no ha sido invocada su lucha como la principal responsable de los peores crímenes de Estado en Colombia?

Los colombianos que llegamos pletóricos de entusiasmo a la Unión Patriótica, el nuevo movimiento político surgido de los acuerdos de paz de La Uribe, y que vimos caer asesinados a uno y otro dirigente y compañero de luchas políticas, en una inatajable marea de violencia y terror, ¿debíamos indefectiblemente morir, huir del país o abandonar nuestras ideas, porque alguien en las alturas del poder decidió que no teníamos derecho alguno a existir?

La tercera generación de compatriotas llegados a las FARC, como consecuencia de la despiadada actuación de las hordas paramilitares apoyadas con cinismo descarado por buena parte de las autoridades nacionales y regionales, ¿debió haber esperado en su humilde vivienda del campo, o en su barriada de la ciudad, el arribo de las bandas asesinas dedicadas a desterrar poblaciones enteras por el miedo a la muerte que repartían sin la menor discriminación? ¿Tenían que haber callado y admitido cuanta crueldad se presentaba ante sus ojos? ¿Cometieron la más grande equivocación al haber tomado el camino de la insurrección armada?

Si alguien en cualquier parte del mundo o de nuestro país, está esperando de parte de los guerrilleros de las FARC-EP, el repudio y la condena a nuestro más que justo levantamiento armado, está completamente desenfocado de la realidad. Nada de lo ocurrido en Colombia tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán o el ataque a Marquetalia, puede ser adjudicado a la responsabilidad de los colombianos del pueblo raso, que nos vimos obligados a empuñar las armas para defender nuestra vida y luchar por la construcción de un país mejor.

Los alzamientos de un pueblo o parte de él contra un poder opresor, violento e injusto, las resistencias legítimas a la arbitrariedad y el despojo, las acciones de hecho que son consecuencia de la perversa intolerancia de una clase que se hace al Estado para su propio beneficio, siempre serán conductas justificadas y válidas. A ningún rebelde puede, si no es desde la lógica de los amos, exigírsele que pida perdón por sus acciones. Si en cambio los poderosos reconocieran sus crímenes, se arrepintieran de ellos e hicieran cuanto estuviera a su alcance para reparar sus efectos, un nuevo y verdadero clima de paz comenzaría a asomar en el horizonte.

Montañas de Colombia, 7 de junio de 2015.

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