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miércoles, 17 de junio de 2015

Relato de Héctor, el explosivista de las FARC-EP en El Orejón

La gente de la zona sabe bien que el Ejército mató al guerrillero y a la muchacha, y sabe cómo lo hizo. Son las cosas que el gobierno calla.
Por Equipo Editorial Resistencia

24 años en las FARC-EP

Mi nombre es Héctor Pérez, guerrillero del 36 frente de las FARC-EP desde hace 24 años. Tengo 36 años. Tenía 12 cuando ingresé a la guerrilla, por mi propia voluntad, aunque en verdad no sabía nada de guerra ni de política. El conocimiento sobre la guerrilla era escaso. Comencé a ver guerrilla desde los 10 años, a esa edad pedí ingreso y no me quisieron recoger. Me dijeron que esperara a cumplir siquiera los doce.

Yo era un pelado que no tenía oportunidades de nada, ni estudiar ni progresar, sólo trabajar como una mula, sin oportunidades de aspirar a ser alguien en la vida. La única opción que veía era incorporarme a la vida guerrillera. Era el mejor camino que veía, porque los primeros guerrilleros que uno conoció fueron gente que se hizo coger el cariño de uno, eran como los hermanos o padres de uno. Eso lo motiva, encontrar gente que lo quiera y ayude sin interés alguno.

Mi familia era muy pobre. Desde los seis años me arrumaron sin futuro. Un año estaba con un tío, otro año con otro pariente, viví doce años en la vida civil rodando de aquí para allá. Eso era en el municipio de Campamento, en Antioquia. Tuve la oportunidad de ser guerrillero. He aprendido muchas cosas en la organización. Yo vine analfabeto a la guerrilla, sin saber nada, aquí aprendí a leer y escribir, aprendí las líneas de las FARC, a comprender el país y el mundo, distintas artes y tareas, como la de explosivista. Es algo que lo motiva mucho, porque en la guerrilla se aprende lo que uno quiera, no se necesita estar bien económicamente. Aquí hay hasta médicos.

En la vida guerrillera me han dado oportunidades de progresar. Me han dado toda la confianza. Fui caletero durante 8 años, encargado de las caletas, algo muy delicado, que lo motiva. He estado en casi toda Antioquia. En el oriente de Antioquia participé en varios combates, allí estuve 8 meses, en peleas como la de Cocorná y en la base de Dos Quebradas, pegadita a San Carlos. Me ha tocado estar mucho en la zona de Córdoba, como 5 años. Allí estuve en varias peleas. En Tierradentro fui herido en un combate con los paras. Con el Ejército peleé en La Rica, en Ituango. Me tocó la pelea en Porroso y muchas más. Después me tocó estar ocho años en el Chocó, en Urrao, por el área del 34, volver a Córdoba y así, en toda esa zona.

Aparte de caletero fui reemplazante de escuadra, comandante de la misma, luego de guerrilla y así hasta llegar a de compañía. Me dieron la oportunidad de estar en la dirección del Frente 36. Ahora me sorprenden con esta nueva oportunidad. Yo me hallaba al frente de un comando de combate por Briceño, cuando me llegó la noticia de que debía entregar la unidad y prepararme para venir por vía legal, pasando por Yarumal, Campamento, Anorí, hasta llegar a donde estaba el camarada Comandante del Frente. Esa vuelta me resultaba complicada, yo no estaba preparado para eso. Me dijeron que no me asustara, que la orden de captura me la habían levantado. Pero eso asusta, aún con la claridad de que se trataba de una misión más que tenía que cumplir. Un día cualquiera llegó por mí un compañero civil con una moto.

Camino a El Orejón

En el camino nos detuvo la Policía de Campamento. Nos requisaron. Comenzaron a preguntarnos de todo. Yo no vi otra forma sino hacerme el bobo, un loco o tonto que no hablaba ni entendía lo que decían. Mi acompañante aseguraba que yo era un enfermo, que sufría además de ataques. Los policías aseguraban que no me veían perfil de loco. Nos obligaron a seguirlos al Comando. Al verme detenido, la última oportunidad que vi fue ponerme a vomitar. No había comido ese día, así que hacía la fuerza y el gesto, aunque no lo conseguía. Los policías decían que les iba a vomitar el piso. Uno de ellos propuso que me soltaran y al final fue así. Así salimos de ahí.

Ahora nos tocaba pasar por Anorí, donde hay dos bases de Ejército. Preferí caminar varias horas por entre el monte, para salir a la carretera delante del pueblo. Al fin llegué al lugar donde se encontraba el Comandante del Frente. Ahí estaban los camaradas Pastor y Trujillo esperándome. Habían llegado de La Habana. Tuve una gran alegría al verlos. Ellos estaban dando una charla al personal sobre los diálogos en La Habana. Me pareció hasta gracioso, los jefes más importantes del Bloque traídos por el propio gobierno hasta ahí. Hacía mucho tiempo que no los veía. Cuando hablamos les relaté el caso de Campamento y nos reímos mucho. Con Pastor estaban ya Olmedo y Cristina, asignados a la misma misión que me correspondía a mí.

Me pareció hasta gracioso, los jefes más importantes del Bloque traídos por el propio gobierno hasta ahí.

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La nueva misión

Los camaradas procedieron a explicarme la misión. Se trataba de participar en un plan piloto de desminado en El Orejón, en Briceño. O sea que después de todo ese recorrido, me tocaba volver a la misma zona en donde yo trabajaba. Y montado en un helicóptero. La verdad eso, como guerrillero acostumbrado a vivir en el monte toda la vida, lo asusta a uno. Yo a lo mucho había montado en carro. Imagínese lo que es que llegue un helicóptero por uno y saber que tiene que embarcarse. Eso, aunque representa un estímulo, lo asusta. Pero como también venían los camaradas Pastor, Trujillo, Olmedo y Cristina, me sentía muy contento a la vez, entendía que tenía una misión importante. El viaje en helicóptero duró 12 minutos.

El grupo de civiles que nos recibió estaba muy contento, con algo de preocupación, porque no todos sabían qué era lo que estaba sucediendo.

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Donde aterrizó se llenó de guerrilla y civiles, fue una cosa muy bonita. Era en El Orejón, el lugar que estaba en el plan de desminado. Fue otro susto, porque ahí estaban un poco de militares, como seis. Me parece que algunos de ellos eran mandos de los que estaban también en la Subcomisión Técnica de la Mesa. O sea que iban de La Habana. Pero aparte había otros. De donde nos recogieron, nos habían acompañado los cubanos. Donde aterrizó el aparato estaba además la gente de la Cruz Roja, de Noruega e incluso del gobierno nacional. El grupo de civiles que nos recibió estaba muy contento, con algo de preocupación, porque no todos sabían qué era lo que estaba sucediendo.

Olmedo y yo quedamos ahí con el equipo de trabajo. El sargento del Ejército se quedó con nosotros. Los camaradas Pastor, Trujillo y demás se devolvieron. Con nosotros permanecieron los cubanos, los noruegos y la Cruz Roja, aparte de los de APN que también son noruegos. Lo siguiente fue un intercambio de ideas, para ponernos a trabajar lo más rápido. Al día siguiente hicimos unos entrenamientos en la cancha, tomar coordenadas, medir trayectos, trazar áreas que se medían con metros, es decir cómo era que se iba a trabajar en los sitios minados.

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La inesperada presencia del Ejército

El primer día del trabajo recibimos el informe de que el Ejército se encontraba a dos kilómetros. Ahí abajo. Eso era duro. Los acuerdos entre las FARC y el gobierno debían ser compromisos muy serios y uno pensaba que por ahí no iba a haber tropas de ninguna índole. Fueron como dos o tres días de continuas alarmas. Por los civiles nos enterábamos de que el Ejército cada día amanecía más cerca. Eso nos preocupaba. De acuerdo con la información que traían los civiles, los de la patrulla del el Ejército afirmaban que venían para la Escuela, que era donde nosotros estábamos. Afirmaban saber que Olmedo y Héctor estaban en El Orejón y que no les iban a permitir irse así de fácil. Yo le dije eso a Olmedo. Nosotros dijimos que hasta que no resolviéramos eso no nos podíamos ir a trabajar. Salieron dos de los del grupo de trabajo, extranjeros, a hablar con ellos. Y llegaron con la razón de que se iban a salir. Nosotros nos tranquilizamos.

Yo coordiné con el mando del comando, por radio, para que no fuera a quemarles un tiro si llegaba a verlos. 

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Al día siguiente, tras un pequeño entrenamiento y la llegada de una enfermera que ensayaba procedimientos de emergencia para el caso de un herido, teníamos todo ya listo para salir cuando llegó el dato que el Ejército estaba a 300 metros de nosotros. Podíamos verlos. Nos aprestábamos  para salir al Alto del Capitán. Los de la patrulla decían a los civiles que venían para donde nosotros. Hasta el sargento del grupo de desminado se mostraba inconforme y disgustado por la presencia del Ejército. Ninguno lo entendía. La tropa afirmaba que iba a pasar por el sitio donde íbamos a trabajar. El sargento tenía comunicación con ellos, y llamaron a algún general. Cuadraron las cosas para que el comandante de la patrulla saliera por otro lado.

Yo tenía comunicación con el comando de nosotros que opera en esa área. Me preocupé de coordinar con ellos para que no fuera a haber algún choque con esa patrulla. Los de la patrulla decían que iban a esperar la noche ahí, cerca del sitio donde íbamos a trabajar. Me percaté de que tenían temor de ser golpeados por la guerrilla cuando se movieran de ahí, en la carretera. Yo coordiné con el mando del comando, por radio, para que no fuera a quemarles un tiro si llegaba a verlos. Después de eso, ya se les comunicó a ellos y se fueron más tranquilos. Hubo un momento en que se perdió la comunicación con el comando, y tuve que pedirles que esperaran hasta lograr la coordinación final. El sargento fue y habló con el comandante de la patrulla y todo se solucionó con satisfacción. La patrulla se salió de la zona sin ningún inconveniente.

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La preparación para el desminado

El trabajo en sí no tuvo inconvenientes. En el campo nos dividimos en dos grupos. Olmedo en uno y yo en otro. Por donde me tocó a mí, los convidé a que sacáramos una bomba enterrada, para que la conocieran. La busqué y la encontré. Les propuse sacarla. Se mostraron bastante asustados. Se abrieron lejos del lugar, y yo terminé por sacarla solo. Quedaron muy impresionados, por el hecho de que yo hubiera encontrado la bomba, sin conocer exactamente el sitio donde se hallaba, y porque la saqué sin que estallara. Yo la saqué así no más, sin aparatos ni tecnología alguna, lo cual les pareció increíble. Uno de ellos me dijo que me necesitaban era vivo, que no me fuera a matar, porque después quién les daba la información sobre las otras minas.

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El día que yo saqué la bomba, el grupo de Olmedo también extrajo una mina, pero esa ya no funcionaba porque las ratas se le habían comido parte de los cables.

Las relaciones con el grupo

Las relaciones con el sargento fueron buenas. Él me contaba historias y yo le contaba a él. La dinámica del grupo fue excelente. Gozábamos todos. A veces uno no le entendía a todos esos extranjeros lo que decían, y ellos a veces tampoco le entendían a uno, tanto por el acento como por las palabras que usábamos. El sargento me contó una historia según la cual casi lo mata una bomba por allá en sur del país.

Había encontrado una caleta que tenía varias trampas. Tras estudiarla, concluyeron que ya no había problemas. Se confió y estuvo a punto de matarse. Tiene el cuerpo lleno de esquirlas de esa experiencia. De ahí aprendió a ponerle más fundamento al explosivo. Yo conté de la herida sufrida en la cadera un día que salí a minar un sitio estratégico para el Ejército. Ya se había posicionado dos veces ahí, y había caído en minas. Ese día el Ejército se emboscó después que pasé a minar y me sorprendió de regreso. Mataron al guerrillero que me acompañaba. Yo tenía dos tiros, uno en la espalda y otro en la cadera. En la retirada tuve que pelear contra los soldados que avanzaban a cogerme vivo. Un soldado que me seguía por el rastro de sangre se descuidó mirando el rastro y yo le disparé a unos diez metros. Al otro día los muchachos encontraron los rastros de sangre.

La siembra de minas y los accidentes

Yo les expliqué lo del asunto del minado. Las minas no sólo las siembra la guerrilla, por ejemplo en Las Lomas, un sitio cercano, donde hay una base del Ejército, hemos hallado minas de enredadera, puestas por ellos en los caminos. Las ponen de noche y las quitan en el día. Todo el Ejército que opera por esa región también pone minas, eso es una práctica habitual que niegan públicamente. También les expliqué las razones por las que nosotros minábamos. Es una necesidad. Una defensa. Pero yo soy explosivista desde hace muchos años. Cuando minamos lo hacemos con mucha disciplina, nunca sembramos una mina sin dar aviso a la población civil que puede salir afectada. Los civiles saben. Hay accidentes con vacas o mulas, por descuido de la gente. Pero en esa zona no ha caído nunca un civil en una mina.

La historia de la mujer que citó De La Calle

Voy a aclarar la historia de la mujer del campesino de El Orejón, que murió por la explosión de una mina, a la cual se refirió el doctor De La Calle en su intervención pública.

protesta-gobierno.jpgEl Ejército se acampó en  el filo del Alto del Capitán, que fue donde estuvimos midiendo trayectos para el desminado. Querían montar una base. Por ahí pasa el camino que cae a la escuela de El Orejón. Las tropas transitaban todo el día por ese camino, porque en el filo no hay agua y bajaban a buscarla para los alimentos y para el baño diario. Nos dimos cuenta de esa rutina. Un par de guerrilleros fue enviado una noche a sembrar dos pequeñas bombas, de las que activábamos entonces con frecuencias de radio. El Ejército ya tenía la información de que usábamos ese sistema, y lograba explotar las bombas que le sembrábamos, tenían su técnica.

Esa noche, los guerrilleros sembraron la primera bomba, y cuando terminaban de instalar la segunda, el Ejército, que rastreaba el terreno con distintas frecuencias, logró activarla. Uno de los muchachos murió instantáneamente por obra de la explosión, mientras que su acompañante quedó herido. Los civiles lo recogieron después. El Ejército permaneció en el filo, pero hizo muchos tiros durante el resto de la noche. El muerto amaneció tirado ahí. Resulta que el muchacho era de esa zona, bien conocido por la población, que lo apreciaba y quería. Se llamaba Edilberto, y nosotros lo llamábamos El General.

Son las cosas que el gobierno calla cuando se trata de echarle toda el agua negra a la guerrilla. Esa es la guerra.

La primera en reconocerlo, cuando se acercó a mirar qué había sucedido, fue la muchacha que murió, la mujer del campesino. La muchacha hizo bulla y poco a poco mucha gente se fue acercando a verlo. En algún momento, el Ejército, que rastreaba el terreno con las frecuencias, da con la de la otra mina y se produce su explosión. Afortunadamente no hubo más muertos, sólo la muchacha. Pero la mina la activó fue el Ejército, no nosotros, que ya teníamos un muerto y un herido sembrándolas.

La gente, enfurecida, recogió a la señora muerta y al guerrillero. Incluso discutió con el Ejército y no le permitió recoger el cadáver del guerrillero. Toda la gente de la zona conoce esos hechos. Sabe bien que el Ejército mató al guerrillero y a la muchacha, y sabe cómo lo hizo. Son las cosas que el gobierno calla cuando se trata de echarle toda el agua negra a la guerrilla. Esa es la guerra. Por eso pactar la paz resulta mejor para todos.

Montañas de Colombia, 13 de junio de 2015.

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