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sábado, 18 de julio de 2015

En el filo de la navaja.

Por: Carlos Antonio Lozada, integrante de la Sub-comisión Técnica

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Amanece hoy 18 de julio en Colombia, con titulares de prensa que informan de enfrentamientos armados en los departamentos del Cauca, Antioquia, Arauca y Huila, a solo dos días de iniciarse el cese al fuego unilateral decretado por las FARC-EP a partir del 20 de julio, cese al fuego que debe desatar un proceso mutuo de desescalamiento del conflicto armado.

En esa perspectiva, bien valen algunos comentarios, desde la perspectiva de la insurgencia, sobre los antecedentes de la actual situación y los alcances del acuerdo firmado entre los negociadores del Gobierno Nacional y las FARC-EP, bajo el título "Agilizar en La Habana y desescalar en Colombia".

Lo primero que hay que señalar es la dolorosa lección que deja el recrudecimiento de las acciones bélicas, después de que las FARC-EP se vieran obligadas a levantar su decisión de cese al fuego unilateral indefinido, decretado el pasado mes de diciembre; y aquí cabe preguntarse cuántos muertos, cuánto dolor, cuánta destrucción nos hubiéramos ahorrado si de parte del gobierno nacional se hubiera correspondido a este y otros gestos unilaterales de la insurgencia con un poco de generosidad y grandeza.

Pero no, primaron las vacilaciones gubernamentales frente a la ultra derecha guerrerista y la pretensión vana de las Fuerzas Armadas de aprovechar el inequívoco gesto de paz de la contraparte para sacar ventaja militar y ocupar de manera masiva posiciones en el terreno que de otra forma habría sido costoso alcanzar y mantener. Se confundió generosidad con debilidad.

La mayoría de columnistas y analistas que escriben desde los intereses del establecimiento atribuyen a las FARC-EP, la responsabilidad por el recrudecimiento del conflicto en las últimas semanas y sustentan sus argumentos en los hechos ocurridos en la vereda Buenos Aíres en el departamento del Cauca, donde murieron 11 soldados y otros más resultaron heridos, a lo que agregan que ya el gobierno había tomado la decisión de suspender los bombardeos.

Verdad a medias, porque lo cierto es que a la par que se suspendieron los bombardeos, por tierra se incrementaron las operaciones contra la guerrilla en tregua, al punto que en el momento en que se producen los hechos del Cauca ya pasaban de 30 los guerrilleros y guerrilleras muertos por acción de las tropas oficiales. Basta recordar los múltiples comunicados en que denunciamos dicha situación y los informes del Frente Amplio, sobre su labor de verificación para corroborar estas afirmaciones.

Justo es señalar que también hemos leído opiniones y escuchado voces importantes que reconocen que efectivamente la tregua de las FARC-EP si sirvió para algo.    

Lo cierto, es que a punto de comenzar un nuevo cese al fuego unilateral, esta vez acompañado del compromiso gubernamental de corresponder con medidas de desescalamiento, es de gran importancia recoger las enseñanzas de este pasado reciente que reseñamos y en ese sentido, cobra importancia la valoración e interpretación que cada una de las partes hace del propósito y los alcances del acuerdo para agilizar el trabajo de la Mesa y desescalar el conflicto.

A nivel militar esperamos que la orden de cese al fuego unilateral a partir del 20 de julio, dada por el Secretariado de las FARC-EP, esta vez sea correspondida debidamente por el gobierno y respetada en su espíritu por las Fuerzas Armadas.

A nivel político, la verdad es que las señales no son alentadoras, puesto que no es comprensible el tono de ultimátum que el Presidente Santos quiere darle a dicho acuerdo.

Pretender ponerle de manera unilateral un plazo de 4 meses al proceso, bajo el pretexto de que hay que agilizar las conversaciones tal y como quedó suscrito en La Habana, viola el espíritu de lo acordado porque afecta la confianza entre las partes, cuya recuperación es precisamente uno de los objetivos señalados en el documento firmado el pasado 12 de julio.

Pero es además, irresponsable por parte del Presidente, puesto que lo dicho equivale a ponerle una bomba de tiempo al proceso, al crearle falsas expectativas a la opinión, a sabiendas que la complejidad de los temas pendientes no permite que en un plazo tan breve puedan haberse evacuado.

Por ese camino, se marcha igualmente en contravía del acuerdo, toda vez que se termina afectando la confianza de los colombianos al ver que no se cumplen las falsas expectativas creadas por el gobernante.

Mientras el Presidente Santos mantenga el proceso de paz prisionero de sus ambivalencias e indecisiones seguiremos caminando sobre el filo de la navaja. 

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