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lunes, 13 de julio de 2015

Los malos debemos parecer las FARC-EP

Los malos debemos parecer las FARC-EP
Parece que llegados a los puntos de víctimas, justicia y terminación del conflicto la única alternativa viable fuera someternos al discurso del poder.
Por Timoshenko
De acuerdo con lo afirmado por el Presidente Santos en la presentación y reconocimiento de los nuevos comandantes del Ejército, la Fuerza Aérea y la Armada Nacional, sólo en los cinco años que se aproximan de su gobierno han sido eliminados 64 cabecillas de las FARC más unos 20 del ELN, los que califica como golpes contundentes o victorias de las fuerzas armadas oficiales, sin las cuales nosotros no estaríamos sentados en la Mesa de Conversaciones de La Habana.

No parece en realidad el lenguaje más adecuado para alguien que afirma estarse jugando su prestigio político en la búsqueda de la paz dialogada. A estas alturas del proceso, cuando desde diversos sectores se habla de crisis del mismo, conviene pensar en si no ha sido siempre esa actitud soberbia y violenta de los voceros estatales el obstáculo principal para la reconciliación, al tiempo que la verdadera causa de esta y todas las crisis de la paz en Colombia.

Para todos es claro que la confrontación actual, que pasa de los 51 años, constituye una tragedia nacional a la que debe ponerse fin. En las FARC estamos convencidos de que la inmensa mayoría del pueblo colombiano piensa de esa manera. No es con más con más sangre y dolor como los colombianos vamos a lograr salir de la larga noche de la violencia. Allí radica la importancia estratégica de las conversaciones de paz, se trata de hacer imposible la guerra.

Aseverar que Colombia cuenta con las fuerzas armadas más poderosas, mejor entrenadas, mejor equipadas de toda su historia, gracias a las cuales se logró por primera vez meterse a las madrigueras del enemigo para alcanzar los resultados obtenidos, y rematar luego definiendo el momento actual como la disyuntiva entre llegar a la paz, que es la victoria de nuestras Fuerzas Armadas, o continuar la guerra,poco habla de voluntad real de concertación.

En cambio deja entrever un ánimo cierto de imposición. Un ánimo que preocupa. Desde cuando se produjeron las primeras aproximaciones con el Presidente Santos a objeto de explorar las posibilidades de una salida dialogada al conflicto, pusimos de presente que debería instalarse una mesa de conversaciones, y que en ella deberían examinarse las causas que originaron la confrontación y seguían alimentándola. Para sanarlas definitivamente con un acuerdo final.

En ese espíritu se concertó el Acuerdo General de agosto de 2012. Cada uno de los puntos de la Agenda debía ser objeto de discusión y debate, con participación del pueblo colombiano además. Con el corazón en la mano nos preguntamos en qué hemos faltado nosotros a ese compromiso, por qué nos señalan todo el tiempo como de faltos de voluntad. Nuestras propuestas han sido producto del aporte de distintos sectores y organizaciones en los foros respectivos.

Nunca el gobierno nacional ha recogido propuestas de tales eventos y en cambio sí se ha opuesto de manera radical a la mayoría de ellas. Las salvedades de los acuerdos parciales se fundan en la afirmación categórica de los voceros oficiales, de que se trata de temas no contemplados en la Agenda. Y es de público conocimiento que aun firmados los acuerdos parciales, el gobierno nacional aprueba e impulsa proyectos constitucionales y legales abiertamente contrarios a ellos.

Fue el gobierno nacional el que se opuso terminantemente a cualquier posibilidad de cese el fuego, armisticio o tregua, haciendo prevalecer obcecadamente su tesis de conversar en medio de la confrontación. Y es él quien se enorgullece de las decenas de golpes contundentes a la insurgencia. Nuestros numerosos gestos de paz siempre han sido despreciados, como el cese el fuego unilateral decretado en diciembre pasado. Hay escándalo si no nos dejamos matar más.

Lo único que demuestran los hechos de guerra presentados desde la ruptura de nuestra declaración, es que no somos la fuerza derrotada y deleznable que pretenden todo el tiempo presentar en los grandes medios. Como una gota de agua persistente, el accionar de nuestra fuerza ocasiona cada día un cráter mayor en la roca. Es por eso que la propaganda airada del régimen neoliberal apunta a presentarnos como enemigos del pueblo de Colombia.

Pueblo del que provenimos y del que hacemos parte. Ni todo el poder de la alharaca mediática puede ensombrecer la realidad de que el mayor depredador de la naturaleza, en dimensiones asombrosamente irracionales, es el gobierno de la locomotora minera. Los páramos y selvas del país, el río grande de la patria, sus playas y costas se hallan en peligro inminente, sin que nadie en el alto gobierno o la gran prensa gima siquiera un tanto por ello.

Los habitantes pobres del Putumayo o Nariño, olvidados, despojados, perseguidos por un Estado que sólo obra en beneficio del capital transnacional, de pronto aparecen como las víctimas de una guerrilla insensata, cuando la realidad es que ese Estado jamás les ha suministrado el agua potable ni los más elementales servicios básicos. Las encuestas a los estratos altos de las grandes capitales del país, reflejan tan solo la ignorancia que estos poseen sobre las realidades de la otra Colombia.

Se apela a frases de cajón, sin ningún contenido real, para posicionar ideas en la mente de la gente, en cuyo nombre irresponsablemente se habla. El tiempo se agota o la paciencia tiene un límite, nada dicen acerca de medio siglo de sangre y dolor del pueblo colombiano. Lo que debe impacientarnos a todos son esos dramas horrorosos que nunca tocan a las elites del país, muchas de las cuales claman porque siga la guerra de la que tanto beneficio han obtenido.

Pese a todo, volvemos a manifestar nuestra disposición a un cese el fuego unilateral de un mes a partir del 20 de julio, con la esperanza de que el gobierno nacional por fin corresponda con un gesto humanitario equivalente. No puede ser indefinido por obra de la experiencia vivida, cuando se nos correspondió con operaciones terrestres a granel. Ya nos dicen que resulta insuficiente, que debemos acelerar también en la firma de los restantes acuerdos.

El doctor De La Calle nos lo dijo por medio de una entrevista periodística. En cualquier momento los voceros del gobierno no van a presentarse a la Mesa, el proceso debe terminar cuanto antes. Como si estuviéramos obligados a firmar lo que nos presenten en la Mesa, sin derecho alguno a objetar con nuestras posiciones. Como si llegados a los puntos de víctimas, justicia y terminación del conflicto la única alternativa viable fuera someternos al discurso del poder.

Además siempre hablan de cinco puntos de la Agenda, como si el sexto no existiera, como si llegado el caso se tratara de endosar lo planteado por el régimen. Otra señal preocupante. En cuanto a la aceleración, tampoco acabamos de entender por qué siempre nos la exigen, en público, mientras que en las reuniones de la Mesa se hacen los pesados, se retiran con frecuencia, no acuden, buscan pretextos para esquivar lo sustancial, retardan la redacción de los acuerdos.

Igual que en procesos anteriores los malos debemos parecer las FARC. Si el gobierno nacional lleva a la Mesa una propuesta sobre justicia transicional, nosotros estamos en el derecho de proponer la nuestra. De lo que se trata es de acordar, de parar y acabar con la confrontación. La guerra es una amenaza para el pueblo de Colombia, no solo para las FARC. Nuestra conciencia nos indica persistir en busca de acuerdos, sin doblar la cerviz. No compartimos la idea del Armagedón.

Montañas de Colombia, 11 de julio de 2015.

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